"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila" Mariano Moreno

miércoles, 2 de noviembre de 2011



 MUSEO DEL LIBRO Y DE LA PALABRA





HORACIO REGA MOLINA: EL CAMINO DEL SONETO


El siempre mágico mundo del poeta nos acerca necesariamente a un axioma: su obra es su biografía. En el caso de Horacio Rega Molina (1899-1957) la tarea creativa es tan descriptiva, tan declarada y testimonial,  que no podemos escapar a esa verdad que lo proyectó a la búsqueda de lo bello. El tono simbólico que uno advierte en su poética se ve reflejado en una temática directa, sostenida en el eje que hace equilibrar a la realidad cotidiana donde persiste alocadamente el amor mismo y la soledad. El escritor estaba preocupado por mostrar las sensaciones del movimiento, la luz, el color, las sutilezas cromáticas al describir un atardecer en esa ciudad babilónica con individuos sin ternura, donde el ser-real y el ser-ideal eran una fotografía quemada, un blanco y negro sin matices. Como diría su amigo, Conrado Nalé Roxlo: “Rega Molina era un enamorado de la forma vigilada y transparente”.
Se advierte en el poeta una doble visión subjetivada donde conviven su infancia aferrada a la ciudad de San Nicolás y la cartografía urbana de Buenos Aires. En ese aspecto el tono de su poesía es elegíaco y telúrico.
El creador se caracterizó por sublimar el soneto -las piezas más abundantes de su obra-, aunque también una enorme cantidad de poemas formados por cuartetas dan brillo a su tarea. La mayor parte de su poesía está escrita en endecasílabos, en heptasílabos y en alejandrinos. De lo que se desprende que Rega Molina fue un respetuoso de la rima.
Sin embargo, detrás de este hombre de rigurosidad extrema con su trabajo, aparece el otro Rega Molina que bien lo describe  Eduardo Pogoriles: “Era capaz de escribir los diálogos de la historieta El gato Félix en el diario El Mundo, enseñar castellano a los alumnos de bachillerato y anotar de paso -en algún boleto de tranvía- la semilla de un poema. Podía pasearse en camiseta y con barba de tres días por la redacción de El Mundo -donde fue crítico literario por tres décadas- para espantar a una mujer admiradora de sus versos. Era Horacio Rega Molina, un gran poeta argentino que amaba la disciplina del soneto, las bromas pesadas y el campo”.


Es sumamente importante para entender a Rega Molina como así también a todos aquellos poetas que podríamos encuadrarlos entre los años que van desde 1922 hasta 1930 aproximadamente, que las circunstancias sociales, políticas y económicas los hacen aparecer coexistiendo como ciudadanos activos bajo los mismos gobiernos (Irigoyen-Alvear). En su mayoría los decide tomar partido por determinados núcleos que se caracterizarían en los llamados grupos de Florida y Boedo. Florida con su dinámica de suprimir lo anecdótico y sublimar  la valorización de la metáfora y Boedo, insistiendo con su mensaje social y golpeando sobre la temática del marginal y del desprotegido. Es también muy cierto que no todos los creadores se alistaron en las dos tendencias y que incluso muchos, primero militaron en un bando y después aparecieron en el otro. De todos modos, en este contexto, lo significativo fue la evolución y maduración del trabajo literario y la ruptura de cierto lastre declamatorio. En ese aspecto el auge de la poesía logra ventaja sobre otras manifestaciones, esto se debe a que hay en el país y en el mundo un momento de crisis y de confusión de la humanidad, es decir que estamos ante un proceso de “nueva sensibilidad”.
Rega Molina se integró al grupo de Florida junto a Conrado Nalé Roxlo, Oliverio Girondo, Ricardo Molinari, Raúl González Tuñón, Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Norah Lange, Eduardo González Lanuza y al mismísimo Ricardo Güiraldes. También se sumó a los martinfierristas donde estrechó lazos de amistad con Nicolás Olivari, Jacobo Fijmann, Alfredo Brandán Caraffa, Roberto Ledesma, Carlos Mastronardi, Luis Franco y el intimista José Pedroni. Fue compinche de Roberto Mariani, César Tiempo y de Roberto Arlt, a quien despidió con un sentido poema en el Cementerio del Oeste, después de su muerte, representando a sus compañeros del diario El Mundo.
¡Si yo supiera todo lo que sabes
Lo que desde tu muerte has aprendido,
Lejos del canto y las palabras graves,
Fría la boca, inútil el oído!
A tu lado se plasman los matices
De la resurrección y mientras tanto
Te veo en tu centón de lodo y piedra
Acunado por  mórbidas raíces
Riéndote del ciprés y de la hiedra.

“El mono sabio”, como lo bautizaron sus compañeros del diario El Mundo, supo convivir en el ámbito de las redacciones y en la mística de esas calles que lo emocionaban cuando la madrugada lo llamaba al descanso. Ese diario que aparece a fines de mayo de 1928, traería una bocanada de aire fresco al periodismo hermético de La Nación y La Prensa. Una cofradía de audaces periodistas hizo dar un giro inesperado a la noticia fría y calculada. Rega Molina estaba entre los charlatanes que dominaban las calles buscando a los personajes trasnochados.
La editorial Haynes, ubicada en Río de Janeiro al 300, publicaba el diario El Mundo y las revistas Mundo Argentino, El Hogar y Selecta, además de imprimir toda clase de periódicos para terceros.
Rega Molina ya para entonces se había apasionado con el humor. En su paso por Crítica se encargó de traducir todas las historietas extranjeras que llegaban por agencia. Adopta el seudónimo de Remo Algani para mostrar esta faceta y con marcado brillo publica en la revista PBT su sección Tipos Populares.
Hace pocos años, el recordado Bernardo Ezequiel Koremblit, quien fuera un exquisito ensayista, notable periodista y humorista mordaz, en el homenaje brindado por la Academia Argentina de Periodismo a su trayectoria, en junio de 2006, reconoció que Horacio Rega Molina fue su maestro. Notoriamente sensibilizado, puntualizó: “de quien aprendí a ser temerario y osado ante cualquier dificultad literaria y periodística porque la timidez y la pusilanimidad reciben su castigo”.
Otro gran poeta, el sanpedrino Manuel Alcobre, quien fuera su entrañable amigo, lo recuerda así: “Su nombre seguirá vigente, como título de una vasta sinfonía de palabras que siempre dirán la belleza inextinguible de su espíritu. Era la suerte a la que aspirábamos, con poca fe, en prístinas tardes dominicales, al margen de la gran ciudad, necrópolis de muchas esperanzas”.
Es casi una obligación de nuestra parte traer también la palabra de Raúl González Tuñón cuando, dos años antes de su muerte, lo exalta  a su amigo en una conferencia brindada a sala llena en la ciudad de Rosario. El poeta de La calle del agujero en la media reconoce a Evaristo Carriego como el “iniciador” de la poesía argentina del siglo XX, a cuya sombra crecerían Baldomero Fernández Moreno y el “perdurable” en referencia a Jorge Luis Borges. Agrega González Tuñón: “Sin olvidar a los libros de los poetas de los años veinte, Nicolás Olivari, Gustavo Riccio, José Portogalo, César Tiempo y Horacio Rega Molina”.



Rega Molina fue un poeta amante de lo bucólico, incansable lector de los clásicos latinos, especialmente admirador de Quinto Horacio Flaco, un poeta reflexivo y satírico que supo interpretar como ninguno el elogio de una vida retirada y la invitación a gozar de la juventud. Siguiendo esta línea accedió a Quevedo, Góngora, Fray Luis León y  Garcilaso de la Vega. Pero de quien sin duda recibe su mayor influencia fue de Leopoldo Lugones, de él aprende la estructura del soneto y a la postre logra alcanzar  su estilo propio.
Su infancia transcurre en San Nicolás de los Arroyos, la ciudad situada en el extremo noreste de la provincia de Buenos Aires. Crece en el seno de una familia de clase media, propietaria de una confitería. El poeta recuerda ese ambiente ligado al aroma de pan caliente y a los dulces. Un poema rememora aquella lejana etapa:

BALADA DE UN DOMINGO DE MI INFANCIA

Mañana el maestro dará prueba escrita
(Mi infancia no tuvo sino días malos).
Sentada en un banco mi infancia recita:
Colón ha partido del Puerto de Palos.


Es día domingo. Llovizna. Hace frío…
…el cuarto es muy grande, yo estoy solo en él.
Parece que arrastra en el cuarto sombrío.
Su cola de seda la reina Isabel.


Es día domingo. Con una constancia
que más dolorosa no pudo haber sido,
sentada en un banco, repite mi infancia:
del Puerto de Palos, Colón ha partido.

Las seis de la tarde. Se encienden candelas.
Se cierran las puertas. La casa es distinta…
Dan miedo, dan miedo, las tres carabelas
la Santa María, la Niña y la Pinta.


Deja la ciudad a los 17 años peleado con su padre quien no entiende este ánimo de aventura y la decisión de ser poeta. Se advierte en su primera etapa que Rega Molina llega a la gran ciudad imbuido de la hegemonía lugoniana. Sus primeros textos son una radiografía de la pluma leopoldina y es el propio Lugones quien se asombra de su discípulo.
En 1919 Rega Molina da a conocer su primera obra La hora encantada. Ya en el segundo El poema de la lluvia (1922), con perfil propio, el maestro de Lunario sentimental le destina un elogioso comentario bibliográfico.
Hay una suerte de sentimiento partido en la obra de Rega Molina. Nunca termina de desprenderse de su  ciudad natal y tampoco logra aferrarse a Buenos Aires. Hablamos de un Rega Molina de pueblo y otro de ciudad, luchando constantemente entre versos sensibles que caen en la melancolía.

LA LETANIA DEL DOMINGO

Como es día domingo, por la ciudad me pierdo.
Busco una calle muerta para mi poca fe.
La calle tiene un nombre que ahora no recuerdo
porque en un mismo sueño lo supe y lo olvidé.

La calle es como un niño que por la vez primera
busca sin esperanza un juguete perdido.
Su manera de hablar fue antaño mi manera
y su cabeza rubia, yo también la he tenido.

Tristeza del domingo. La soledad me agobia
y de improviso siento la pena singular
de que, sin conocerla, yo he tenido una novia
que en este mismo instante me ha dejado de amar.

La calle se ha llenado de parejas furtivas...
Un ómnibus vacío compendia mis dolores,
y siento que las únicas manos caritativas
son las manos de bronce que hay en los llamadores.

El domingo es el drama del hastío y del ocio,
es un palo vestido con cintas y sonajas.
Deseo madrileño de poner un negocio
con un billar de lance y un mazo de barajas.

Es como esos jardines que hay en los hospitales.
Es la vulgar cadencia de una música en boga.
Tiene las etiquetas y los sellos usuales
de un frasco destapado que contuvo una droga.

Es, en cualquier esquina, el bastón y el sombrero
de un burgués que se mira los botines lustrados,
y la satisfacción de un sobrio jardinero
que anda por una calle con árboles podados.

Aparece, indeciso, al fin de la semana,
cual de una bocamanga la mano de un enfermo.
Y es también un hortera con alma veneciana
que va a remar, de tarde, al lago de Palermo.

Si adquiriera, de pronto, contornos personales,
con la necesidad de ganar su peculio,
sería un vendedor de tarjetas postales
en una librería del Paseo de Julio.

Es uno de los días más trágicos y crueles.
Triste como un desfile de Ejército y Armada.
(Hay también otro ejército con muchos coroneles,
y es el de Salvación, que no ha salvado nada.)

Domingo, el almanaque te anuncia al rojo vivo
pero tú necesitas un color con sordina,
como un farol chinesco, será decorativo,
pero la luz que arroja no viene de la China.

Yo lo suprimiría, sin cargo de conciencia,
suprimiría el día y el hombre endomingado.
Pero es fatal, como esa ridícula frecuencia
con que se da un tropiezo en un patio alfombrado.

También suprimiría la calle, en la que exponen
los árboles urbanos su edilicio follaje.
¿Qué será de la calle cuando ellos la abandonen
para formar, más lejos, otro nuevo paisaje?

Guiñándome su ojo de vidrio en la capota
pasa un coche vacío, reumático, terroso,
la luna, sobre el cable de una esquina remota,
ha colgado su antiguo letrero luminoso.

Y el domingo es como una lata de caramelos
que en el atardecer ha sido terminada.
La calle se proyecta, entre los rascacielos,
como una galería de ciudad sepultada.

Entonces interpreto, bajo la trapisonda
de las calles lascivas y la innumera gente,
los ojos enlutados de la mujer que ronda
y atisba, tras los vidrios del cafetín, un cliente.

El domingo, en estado comatoso y de fiebre
me ve, sin domicilio, caminar con desgaire;
he sido mi arquitecto, mi albañil y mi orfebre
mas la ciudad no admite castillos en el aire.

Pero qué importa, en medio de gritos y de fugas,
ya la edificación, sin ruido, se desploma,
y en un encogimiento de pliegues y de arrugas
la ciudad se desinfla como un globo de goma.




AL POETA ANDRÉS DEL POZO, QUE ME ENVIÓ UNA BALDOSA DE LA CASA NATAL DONDE NACÍ

Oh tú, que al repertorio de mis penas
envías de mi casa una baldosa,
en la que el tiempo, que jamás reposa,
fijó recuerdos y detuvo arenas.

Pequeño territorio donde apenas
cabe mi pie, y adolescente rosa
por su color; y por su forma, losa
del primer niño que se ahogó en mis venas.

Cuando pienso en el patio y su rumores,
en el hueco dejado, y que así rueda
hasta mi amor, abandonando amores,

en parecida soledad me encierro,
pues desde ahora todo lo que queda
fuera de esa baldosa es mi destierro.

En 1923 el poeta sacude con  El árbol fragante, editado por el autor en un momento político donde el clima social estaba enrarecido y Alvear  emprendía la realización de numerosas obras públicas.
En la Unión Cívica Radical se profundizaba la división entre “peludistas” y "antipersonalistas" y Jorge Luis Borges irrumpía con Fervor de Buenos Aires.
En Italia se disuelven todos los partidos políticos con excepción del fascista. Hitler frustra un golpe en Alemania y Ortega y Gasset funda la Revista de Occidente.
Rega Molina lejos de la tormenta nos invita a soñar.

NOCTURNO DE LOS CUENTOS INFANTILES
En la noche, he deseado, distendida la mesa,
sobre los duros brazos apoyar la cabeza

y quedarme dormido como si fuera un niño.
Tener un dulce sueño, como un viejo cariño,

en que pasen cantando parejas de soldados,
en que vuelen estrellas y pájaros dorados.

Ya se fueron los tiempos de la niñez florida
donde nuestra cabeza se quedaba dormida

junto a la dulce lámpara, en un sitio cualquiera...
Oh, si Dios me dejara soñar lo que quisiera.

PÓRTICO
Lector, si algo en mi libro falta o sobra
merced te pide mi emoción contrita.
Sólo se alcanza a ver después de escrita
la imperfección humana de la obra.
Así también, sin parecer herido,
bajo el sol que lo dora con su llama,
si el árbol tiene seca alguna rama
sólo se sabe cuando está florido.
En 1925 Rega Molina presenta La  víspera del Buen Amor y recibe el espaldarazo de Leopoldo Lugones. El aval de su maestro lo acredita en el ambiente cultural y lo pone a la altura de las voces más representativas de ese período junto a José Pedroni y Conrado Nalé Roxlo.

LA HERMANA
En esta noche clara de verano
que en un sopor de fuego nos abrasa,
qué bien se está, bajo la luz escasa
del velador, junto al oscuro piano.

Todo esto es dulce, y por mi mente pasa
el deseo infantil de ser tu hermano,
y caminar, llevado de la mano,
por las habitaciones de la casa.

Tú me comprendes, rubia compañera,
y en tu sonrisa inmóvil y hechicera
adivina, con íntima ventura,

que no te has olvidado todavía
cuando en la infancia generosa y pura
yo era tu hermano y tú la hermana mía.

Ese mismo año gana el Premio Municipal de Poesía y en 1928 se presenta con Domingos dibujados desde una ventana. Tres años después Rega Molina regresa con Azul de Mapa y en 1936 retorna con La posada del león (misterios dramáticos en tres actos). Poco antes de terminar la década aparece Sonetos con sentencia de muerte y otros poemas de arte menor y su consagratoria Oda Provincial.


ODA CON UN CABALLO PATRIO

El caballo encontróse de pronto con que le faltaba el cuerpo del jinete.
Ninguna afirmación entre el cenit y su lomo.
Bravocea al desafío atávico de las distancias.
Su indeleble trote era merced innecesaria
pues hecho estaba al peso de una imagen cuyo nombre
hacía volver la cabeza al enigma
aunque era como el árbol, que ya nace descrito
y patriarcaba, dichosa, en el vino nuestro de cada pulpería.
Las riendas perdían ataduras de la soledad
acariñado el amarillecer del pasto fundido al suelo como sarro
en esa fosca noche
en que una estrella le roba el fuego a otra estrella.
La bien hinchada luna olía a frutos del país.
Entonces se detuvo, levantó la testa, dilató los ollares,
miróse luego los cascos que malhirieron el sentido dinástico de las flores
olió su propio olor de fogata de cuero,
y se reconoció potro nacido a cuatro rumbos,
aquella mañana, cuando el oírse como en los primeros tiempos
el versículo veintiocho del Génesis
los hacendados pusieron en el fuego los hierros de marcar.
Su condición de bestia caída, expulsada del paraíso de las bestias
tórnose portentosa al dejarle la sombra
tan sólo las formas más salientes
como esos objetos envueltos en un lienzo.
La mitad de la noche parecía haber encontrado el buen camino
de su estado a la espera de un acto, de una súbita
iluminación del espíritu nocturno.
Y pensó:
Todos los días hay alguien que resucita.
En ese mismo instante fue tomado de las riendas
hacia un espacio de otra geografía equivalente a su tamaño,
crecido milagrosamente en el lugar donde estaba
con límites de palenques florecidos por la fiebre de la madera
porque las tierras donde nacen y mueren los caballos
son las favoritas de Dios.

Horacio Rega Molina el 13 de setiembre de 1941 fue un entusiasta colaborador en los Juegos Florales de San Nicolás, la ciudad que nunca olvidó, organizado por la Sociedad Protectora de la Orfandad y presidida entonces por la señora Paca Hermosa de Córdova
A mediados de 1942 el poeta entrega La vida está lejos (misterio dramático) y seis meses después aparece un grupo de ensayos breves y glosas reunidos en La flecha pintada. Una nueva antología cierra el año: Raíz y Copa, editado por Losada.


A partir de este momento comienzan ciertos cambios en su vida, en rigor todo tiene que ver con el período de crisis que constituye un cambio decisivo en la historia argentina. Estamos en presencia de un desarrollo social y política que impulsaría transformaciones que dejarían huella en toda la sociedad. Nacía el peronismo y ya nada sería igual.
El malestar en las calles se advertía por la adopción de medidas de carácter autoritario: clausura de diarios, intervención de universidades, detención de sindicalistas tildados de “comunistas”, disolución de los partidos políticos, en defensa de la moral cristiana se implementaría la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en la escuelas, se censuran ciertas letras de tango y se comienzan a prohibir textos y autores.
El 27 de octubre de 1943 el Coronel Juan Domingo Perón es nombrado director del Departamento Nacional del Trabajo, luego convertido en Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Aquí comienza otra historia.
Durante 1945 Rega Molina despierta a su público con un texto distinto: Polifemo o las peras del olmo (misterio dramático pastoral en 4 jornadas).
En mayo de 1946 Rega Molina visita San Nicolás como escritor consagrado y se hermana con el Grupo Arroyo del Medio en la Casa del Acuerdo, en un recital memorable. El autor llega con su nuevo poemario Patria del Campo, que lo da a conocer en su tierra antes que en Buenos Aires.
Rega Molina paulatinamente se va acercando al peronismo, la figura de Evita le despierta interés. Es la propia Eva Duarte quien lo invita a participar de una peña de escritores que se reunían una vez por semana en el Hogar de la Empleada, en Avenida de Mayo 869. Allí vivían mujeres del interior que llegaban a Buenos Aires sin recursos económicos. Los viernes, junto a otros escritores, cenaban y después leían sus trabajos. Muchas veces Eva los acompañaba y los estimulaba para que no abandonaran la tarea de despertar el espíritu creativo.
Al autor lo reconocen en 1951 con el Gran Premio Municipal de Poesía y el Primer Premio del PEN Club, la asociación mundial de escritores fundada en Londres en 1921 para promover la amistad y cooperación internacional entre sus miembros de todo el planeta. Casi simultáneamente publica Sonetos de mi sangre.
Ese año fue significativo para el poeta. El 8 de setiembre se anunciaba la aparición del libro La razón de mi vida de Eva Perón. Una semana después la Casa Peuser confirmaba el adelanto: “Ediciones Peuser se honra en brindar al lector una obra ansiosamente esperada, de indiscutible valor literario y de gran interés político”.
Estas líneas figuraban en la solapa de una edición de 300.000 ejemplares – la más importante en la historia editorial de la República Argentina – impresa en la segunda quincena de septiembre y lanzada el 15 de octubre de 1951. Al acto concurrieron el Presidente de la Nación, Juan Domingo Perón y entre otros, José Espejo, quien era por entonces Secretario de la CGT y representante del sindicato camionero. El libro fue presentado por Rega Molina a quienes muchos lo señalaban como el “ghost writer” que prestó su pluma para plasmar el libro. Según su amigo Carlos Selva Andrade esto fue una gran mentira. Rega Molina solamente se encargó de darle la bienvenida al texto por pedido de Raúl Apold, el jefe de prensa del gobierno peronista.



Meses después, el gobierno intentó internacionalizar la obra de Evita, pero las más importantes editoriales se negaron a imprimirla. La CGT repudió públicamente esta postura, que fue encabezada por las firmas norteamericanas.
Evita se encontraba en la última etapa de su enfermedad terminal y a través de esta obra relató su autobiografía explicando "las raíces íntimas de su gran amor por el pueblo" y por el hombre a quien había decidió acompañar, Juan Domingo Perón. A los pocos meses, Evita moría.
Este hecho marcaría en la vida de Rega Molina un estigma que no lo abandonaría por el resto de sus días. Ya la salud de poeta comenzaba a dar su primer alerta y una suerte de retiro voluntario se impuso innecesariamente. En 1954 lanza su Antología poética que se une a la Colección de poemas.

MORTALIDAD

En esta urbana reclusión avara
en que me desconsuela estar conmigo
no quisiera que el campo me tomara
ni ocupar el lugar donde está el trigo.

No quisiera ser agua, turbia o clara,
pájaro que a su canto busca abrigo
como si fuese amor lo que cantara
como es indiferencia lo que digo.

Todo es mortal y se me va muriendo.
¿Cómo escucharme yo? ¿Cómo escucharte
si no comprendes y si nada entiendo?

Ni siquiera a la voz desconocida
que me dice, desde ninguna parte:
acércate que el cielo está con vida


COSAS

La perilla del timbre,
el sillón de baqueta,
y la mesa de mimbre
sobre la que gotea una maceta.

Dejadme que entre todas
esas cosas recuerde,
un retrato de bodas
en un marco de terciopelo verde.

Y el viejo aparador con guarniciones,
que en memoria del tiempo que ha corrido,
conserva en sus cajones
un pedazo de pan endurecido.

Mi corazón, con lágrimas piadosas,
se conmueve ante la naturaleza
de todas estas cosas,
que no son tristes, pero dan tristeza.

PATRIA DEL CAMPO
Rojas, azules, verdes, amarillas.
El pico abierto, el ojo entrecerrado.
Canta el punzante gallo y en astillas
rompe su canto un aire congelado.
Endardada en la niebla comarcana
allá lejos la iglesia monologa.
Eternamente, desde la campana,
como un hilo de miel, cuelga la soga.
Arde dentro en marea parecida
a la de celestiales resplandores,
la vela donde está reproducida
la imagen de la Virgen, en colores.
Ven a ver la hendijuela que me toca
de esta puerta sin llaves ni cerrojos;
el humo azul que sale de mi boca,
la paloma que me entra por los ojos.
¡Ay del poder vivir entre las cosas
hechas por Dios, como también deshechas,
donde las rosas no son más que rosas,
de serlo, y de su nombre satisfechas!
Patria del campo para el que no tiene
que esperar, y no espera, ni ha esperado.
Y llama al ángel, que en seguida viene
o por el cielo, o por el río, a nado.
Patria mía del campo, que se esconde
entre taimados frutos, y hace acopio
de bienestar en estas casas, donde
toma el nombre como fuerza de propio.
El color categórico de granja
en las ventanas y postigos sopla
del comedor, por el que la naranja
se pasea, lo mismo que en la copla.
Solo estoy. Ni me tienta ni preocupa
la refacción, que espera, casi fría.
La cabecera de la mesa ocupa
el cielo, comensal del mediodía.
Y pienso que esta paz es la guardiana
de todo bien, de toda cosa bella.
Y mi mano acaricia una manzana
y hasta se deja acariciar por ella.
Aquí todo perdura, en el sentido
fundamental de la cosmología;
ponte un pájaro muerto en el oído
y escucharás su canto todavía.
Aquí no importa el vaho de la nada,
la defunción gratuita a pino y yeso,
si la fosa común fue ya ensayada
en el hotel con camas desde un peso.
¡ Ay! Yo quiero morir entre arboledas,
morir al filo de las casuarinas. ¡
Llevadme en carro cuyas cuatro ruedas
sean cuatro coronas y de espinas!
¡Ay!, yo quiero morir en este manso
comedor, de frescura y gruesa lumbre,
junto al ajo que crece sin descanso,
junto a la pera que destila herrumbre.
Y quiero los teñidos redondeles
de los vasos, la mácula que amengua
la desbordada cal de los manteles,
y el picotazo del ají en la lengua.
Aquí quiero quebrar mi aburrimiento
con ese sobresalto: la gallina,
y el pejerrey, magnífico y sangriento
como un rey de baraja en la cocina.
Aquí quiero la inédita pereza
que da el río, por valles y por sierras.
Lo natural de la naturaleza, y las tierras
que aún se llaman tierras.
Aquí, por solo amar, tuyo es lo que amas.
El campo junta. Ventarrones chocan.
Y hay cielos de distancia entre las ramas
de árboles que parece que se tocan.
Aquí el vino está lleno de rumores,
y al volcarlo en la cuba de madera,
oyes el habla de los viñadores
y el ruido del racimo y la tijera.
Aquí, al cabo de siegas y de trillas,
contra la tapia de ladrillo rancio,
la madre sienta al hijo en sus rodillas
eternizando su último cansancio.
¿Qué cuadro has de pintar? Ven.
No te importe pincel, paleta, espátula, tablero.
El gallo, tan jurídico en su porte,
posa para la tapa del tintero.
En palmípedas hojas de lechuga
tiembla el rocío. Vuela ya la urraca.
La húmeda paja del establo enjuga
el llanto del caballo y de la vaca.
Ven, que para cualquiera rebeldía
tienes dorada pólvora de estambres,
te da el cañaveral fusilería
y el abrojo electriza los alambres.
Patria del campo es esta, para goces
de una igualdad contada con plurales.
Si vienes, no me llames dando voces
y búscame apartando los trigales.


Horacio Rega Molina queda excluído, la Revolución Libertadora dará crédito a otros escritores y silenciará a quienes habían adherido al peronismo. Enfermo de tuberculosis fallece el 24 de octubre de 1957. En 1966 la Editorial Eudeba lo rescata en su libro Serie del Siglo y Medio con un estudio preliminar de Manuel Alcobre. Ya en 1994 la Editorial Plus Ultra edita sus dos libros póstumos Oda de Vivac y de un caballo y Conservación del Fuego con prólogo de Alberto Blasi Brambilla, donde se observa a un Rega Molina desembarazado de la rima clásica del soneto y clarificado con un verso libre.
El 2 de julio de 1996 por iniciativa de sus coterráneos, el Concejo Deliberante de San Nicolás dispuso la designación de Día de la Cultura Nicoleña, el 10 de junio, fecha del natalicio de Rega Molina.
Había escrito: Déjenme así, mi corazón no pide nada más/ pues no hay vida tan hermosa/ como la que uno para sí decide./ Mi arcilla es mía, nadie hará otra cosa.
Su poesía está viva y entre nosotros, al alcance de la mano, en espera, aguardando un momento de calma en un café de esta Buenos Aires frenética o en el silencio trémulo de una tarde de siesta en San Nicolás de los Arroyos. 


1 comentario:

  1. El poema Arlt de Rega Molina que pusierom es un soneto por lo tanto esta incompleto, falrta un cuarteto, el segundo. Lic. y Prof. Gaston M. Espaniol

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