"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila" Mariano Moreno

lunes, 3 de septiembre de 2012


AMELIA BIAGIONI  Y LA SILENCIOSA PERDURABILIDAD DE LA PALABRA.

Amelia Biagioni (Gálvez - Santa Fe, 1916  / Buenos Aires, 2000) es una escritora que escapa a las clasificaciones. Como expresa Valeria Melchiore en su ensayo, la poeta estuvo “allegada en sus inicios al neorromanticismo posterior al cuarenta, coetánea del surrealismo y del invencionismo -vertientes con las que, a pesar de las diferencias inzanjables, es factible percibir cierto «aire de familia»-, en las antípodas del objetivismo, del nacionalismo y de la poesía social y comprometida -si consideramos estos rótulos en sentido estricto-, la producción poética de Amelia Biagioni se resiste a las categorizaciones de la crítica que, por otra parte y salvo raras excepciones, no se ha detenido a profundizar en esta trayectoria peculiar y de alcances tan inusitados”.

Cristina Piña, en el prólogo del libro Cazador en trance y otros poemas  destaca que “Escasísimos textos suyos quedan fuera del conjunto señalado, lo que da cuenta, por un lado, de su negativa a participar de grupos literarios consolidados y, por ende, de sus publicaciones periódicas; y, por otro, del cuidadoso proceso de selección que precedió a la difusión de su obra. De hecho, y a modo de confirmación de esta última hipótesis, es preciso subrayar que la obra de Biagioni resulta casi magra si la comparamos con la de algunos de sus contemporáneos, sobre todo teniendo en cuenta que su trayectoria abarca casi cincuenta años. Sin embargo, el tiempo que media entre libro y libro son causa y consecuencia de uno de los rasgos más evidentes y originales de su producción: la ruptura y la experimentación constantes”.

La familia Biagioni, asentada en la ciudad de Gálvez, en el centro-sur de la provincia, ubicada a 81 km de la ciudad de Santa Fe, eran descendientes de aquellos inmigrantes piamonteses que llegaron al territorio con afán de trabajo. Los Biagioni  junto a muchos nativos, se incorporaron a una tierra donde dejaron su esfuerzo plasmado en las concesiones que cultivaron, en los talleres de los pueblos, en el tendido de vías férreas y otras obras esenciales para la transformación de esa urbe. La corriente inmigratoria italiana, procedente de las regiones del Piamonte y Lombardía, era preponderante en la composición de la población durante la primera época, la cual se integraba también con un importante grupo de nativos. A lo largo de todo este período existe una pujante actividad comercial, marcada por la incipiente industria que en los primeros años se limitó a la fidería, el molino harinero y las ladrillarías. Otra destacada fuente de trabajo, fue la empresa ferroviaria. En ese ámbito rural Amelia transcurrió sus primeros años de vida ocultando su verdadera vocación. El único recurso con que contaba la joven escritora era escribir poemas a escondidas y valerse de un seudónimo para publicarlos.

Amelia cursó el magisterio en Rosario y el Profesorado de Letras en la Escuela Normal Nro. 1 de Profesores de Ciencias, en Letras y Lenguas Vivas “Dr. Nicolás Avellaneda”, graduándose en 1936. Con el título bajo el brazo regresó a Gálvez para ejercer la docencia secundaria. Debido a su  capacidad de persuasión  logró convencer a sus padres que su camino estaba en esa dirección. De no ser por su perseverancia, hubiera sido una calificada educadora, reconocida en su pueblo por las damas de la sociedad de beneficencia y casada seguramente con algún empleado bancario o un agente municipal.

Analía Pinto define  la trayectoria de Amelia Biagioni enmarcada en tres períodos. El primero, vinculado aún a la poesía del 40, de corte intimista y ligado a una estética más bien clásica donde se destaca su inclinación hacia el soneto. Un segundo momento de transición, cuyo libro emblemático es El humo y un último, en que la ruptura estética es completa y se profundiza en cada nueva entrega. Dice la ensayista: “Mientras que en Las cacerías (1976) la ruptura es aún más temática que formal, en Estaciones de Van Gogh (1984), auténtica biografía poética del pintor, y Región de fugas (1995), la autora rompe también los moldes formales y apuesta por quiebres de todo tipo (sintácticos, gramaticales, espaciales) pero sin perder jamás su natural don de cántaro”.

Amelia trabaja como educadora mientras secretamente escribe poemas, enseña literatura española y se atreve con un taller de escritura para niños en la periferia de su pueblo. No está decidida a dejar la ciudad. La retiene el miedo a pegar el salto a la gran urbe donde sería una simple provinciana. Si bien escribe desde pequeña recién a los 30 años, encerrada en el seudónimo de Ana María del Pilar, da a conocer sus trabajos. De aquella época se registra su poema Color de Mayo en Gálvez, publicado en la revista El Hogar del 8 de agosto de 1947.
Estamos en un momento de acomodamiento social y cultural, hay un nuevo relato, un desarrollo todavía no mensurado. La generación del 40, como quedó clasificada, tuvo excelentes narradores y poetas. El verso aún era descriptivo, lo nostálgico y lo memorioso se presentaba con Vicente Barbieri, Olga Orozco, León Benarós y Alfonso Solá González. La narrativa se alineaba en el idealismo de María Granata, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar y Manuel Mujica Láinez y el realismo tomaba  cuerpo con Ernesto L. Castro, Ernesto Sábato y Abelardo Arias; sin dejar de lado a los costumbristas urbanos como Joaquín Gómez Bas y Roger Plá.

Amelia Biagioni sabe que su futuro será duro y el camino estará minado de problemas, pero el destino quiso que la joven poeta se cruzara con José Pedroni, otro oriundo de Gálvez, quien residiera durante la mayor parte de su existencia en Esperanza, en la misma provincia de Santa Fe,  su ciudad adoptiva, y en la cual escribiera la mayor parte de su obra poética. Pedroni incentiva a Amelia de la misma forma que alguna vez Leopoldo Lugones lo estimuló a él. Gracias al señalamiento del maestro, Biagioni deja el anonimato y comienza a utilizar su verdadero nombre, reúne sus poemas y a instancias de Pedroni los publica bajo el título de Sonata de Soledad, en 1954. Por esta obra recibe la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).

Lluvia

Llueve porque te nombro y estoy triste,
porque ando tu silencio recorriendo,
y porque tanto mi esperanza insiste,
que deshojada en agua voy muriendo.

La lluvia es mi llamado que persiste
y que afuera te aguarda, padeciendo,
mientras por un camino que no existe
como una despedida estás viniendo.

La lluvia, fiel lamido, va a tu encuentro.
La lluvia, perro gris que reconoce
tu balada; la lluvia, mi recuerdo.

Iré a estrechar tu ausencia lluvia adentro,
a recibir tu olvido en largo roce:
Que mi sangre no sepa que te pierdo.



Amelia fue una mujer tímida, poco expresiva, de comunicación precisa. Tenía una mirada melancólica y una sonrisa cerrada. Era insegura y esa historia de la muchacha del interior mudada a la gran ciudad la sobrecogía. Buenos Aires parecía inalcanzable y el solo hecho de dejar sus afectos, las raíces y la tranquilidad, le generaron un verdadero desarraigo que puede observarse en muchos de sus poemas. Tal vez esta carta de José Pedroni que transcribimos, nos ayude a perfilar esos primeros momentos en la vida de Biagioni, justamente cuando dejara su tierra y se marchara a Buenos Aires.



Esperanza, 13 de diciembre de 1954


Amelia Biagioni


Estimadísima colega y amiga:


            Hoy recibí la carta de usted, fechada el 10. Elena me la había anunciado. Ambos, Elena y yo, le agradecemos sus amables palabras.


            Le devuelvo firmada, su solicitud de socio de la SADE. La he firmado con el mayor gusto. Comparto su pensamiento de completar la ficha en Buenos Aires. En la capital le será fácil obtener la otra firma. No creo, por lo demás, que en la SADE se ajusten demasiado a los reglamentos, en punto, a esa formalidad. Ellos mismos le resolverán toda dificultad.


            Elena y yo le deseamos toda suerte de felicidades. En medio de los triunfos que le auguramos, no nos olvide. En especial, desearía que no olvide aquello que, impulsado a proteger su numen, me permití decirle acerca de la dignidad del oficio y del deber de la inteligencia. El nobilísimo destino del canto está lleno de exigencias. Si le señalé el riesgo y le hablé de aquello a que está obligado el artista, es porque creo en usted. Defienda la luz que lleva, aproximándola pura a quienes necesitan de ella. Puede haber con esa forma de conducción, alguna espina –las habrá, sin duda−; pero ese es el camino del mensajero auténtico. Avanzando por él, sin pensar en la notoriedad o la recompensa, tiene sentido nuestra vida y nos hacemos dignos del don recibido. Los ojos del pueblo dicen siempre si vamos o no descarriados. No olvide los ojos del pueblo, mi buena amiga. Mire siempre allí para orientarse. Déjese llevar por ellos. 


            Elena le envía sus cariños, que uno a mis afectuosos saludos.
                                                             José Pedroni



Con el empuje que le brinda la edición de su  obra, Amelia viaja a Buenos Aires. Es un momento de crisis, la sociedad está fracturada, la literatura dividida. Ivonne Bordelois explica: “es una época en donde la polémica, la conversación, los debates y encuentros culturales, y sobre todo la trayectoria de múltiples revistas de distintas procedencias ideológicas y estéticas, daban cuenta de una movilidad y energía socioliteraria y crítica muy peculiar". Agrega: "En esos años el juego era más abierto, podías ser amiga de Victoria Ocampo, pero también lo eras de gente que recién estaba empezando. No es como ahora, que hay que ser amigo de Beatriz Sarlo. En ese entonces no era uno solo el que tenía la pelota; eras tan amiga de los marginales como de los consagrados. Recuerdo esas peleas maravillosas en Contorno y en Sur, aquel debate tremendo que tuve con Victoria Ocampo. Hoy la gente se trata bien, pero por atrás se clavan el puñal”.



Los días en Buenos Aires  no le serán gratos. Está a punto de regresar a Santa Fe cuando la llaman para cubrir un cargo docente. Comienza otra historia. El contacto con alumnos le renueva la vida, vuelve a esos momentos mágicos  e irrepetibles ligados a las aulas de su ciudad natal. Casi como señalada por una luz mágica se le abren las puertas de los diarios La Prensa, La Nación y la Revista Internacional de Poesía; conoce a Manuel Mujica Láinez, Enrique Banchs, Jorge Luis Borges, Vicente Barbieri, Conrado Nalé Roxlo, quienes la relacionan con el ambiente literario, pero Amelia no es afecta a las reuniones y siempre encuentra un justificativo para evadir cualquier invitación. Esta forma de moverse en la gran ciudad, alejada de las tertulias literarias, no le impidió trascender como escritora. Siempre se desempeñó como docente y esos largos espacios de tiempo entre un libro y otro no fueron fatales en su obra.


Durante la primera etapa de su producción se la comparó con Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni. Luego su obra va a dar un giro importantísimo al volverse un espacio autónomo. Va evolucionando su poesía hasta ser considerada revolucionaria por sus colegas y admirada por los más jóvenes.





Es cierto que si se compara la producción de Amelia Biagioni con la de otros poetas contemporáneos, podrá parecer escasa; sin embargo hay que considerar que el tiempo transcurrido entre obra y obra se deben fundamentalmente a dos razones: la necesidad de ruptura y la constante experimentación.
En el recuerdo hay muchas Amelias, la que aparece posando para la foto en casa de Antonio Requeni rodeada de poetas y amigos –María Elena Walsh, Oscar Hermes Villordo, Jorge Calvetti y Alfredo Veiravé, entre otros–, la que se preocupaba porque el ruido del ascensor molestaba el descanso de Augusto Roa Bastos en el Hotel Bauen a comienzos de los años noventa, cuando el escritor paraguayo venía a Buenos Aires a presentar sus libros, la que elegía sábanas celestes para regalarle al hijo recién nacido de un escritor amado al que le atribuía el haberla ayudado a encontrar el título de uno de sus libros: Región de fugas, la que compraba ravioles de espinaca a los que llamaba Popeyes siempre en la misma casa de pastas de la calle Corrientes, la que usaba anteojos negros y llegaba del brazo de su amiga María Victoria Suárez a ver a Olga Orozco, la que cuidaba con devota cotidianidad los geranios amarillos que le había regalado Borges y también aquella otra Amelia, quien ya muerta recibía flores blancas de parte de un antiguo admirador, un galán incondicional de pelo canoso que siempre iba con un ramo gigante a escuchar a Fernando Noy cuando la recitaba.
Sea cual fuese el recuerdo, Amelia, con su pelo lacio, suave, fino, primoroso y de color irreal, se mantenía atenta y acompañaba siempre desde el rincón menos visible. Una delicia íntima la entretenía.
Dueña de un humor extravagante y también pueblerino, “A marido regalado / no se le mira el príncipe”, le gustaba decir que Alejandra (Pizarnik) era la dolorosa, Olga (Orozco) la hechicera y ella la cósmica.
Le agradaba retornar sobre lo escrito, corregía y volvía a corregir sus poemas ya editados “una palabra corrige al mundo, una coma de más molesta al cielo” pero por sobre todas las cosas le encantaba, amparada en su bucólica timidez, trasmutarse en nadie.


El azul

Si te acercas
a su reino ovalado,
la puerta
te engulle suavemente,
y adentro
en lugar de la puerta
está la ley,
que ordena:

Hay que fijarse al tema azul
cantando sin pasado:
“Azul, azul, azul”,
y alcanzar la soga que pende azul
y enroscarla en el propio cuello
distraído,
y apoyando un pie, un párpado azul
-con el otro encogido-
en el vacío azul,
en su mano sin palma,
darse un gran envión
en torno al eje, al ojo azul,
girar desarrollándose
sobre la mano del vacío azul,
y cantar sin pasado:
“Azul, azul, azul”,
hasta que llegue el miedo,
o el rojo con espuma.





En 1957 aparece La llave que recibe el Segundo Premio Municipal de Poesía en 1958. Paralelamente se reedita Sonata de Soledad.


Transcurrió una década para que El Humo (1967) le valiera el Primer Premio Municipal de Poesía y mención en el Certamen Nacional de Poesía, trienio 1967-1969.


A El humo se ha referido Alejandra Pizarnik en una carta enviada a Amelia Biagioni que publicó Ivonne Bordelois:


[...] porque cada verso y cada palabra han sido llevados (padecidos) hasta su máxima tensión, y con toda la carga de sus sentidos plurales, estos poemas son un lugar -o un espacio- de reunión. Por eso, imagino, invocas a la dura poesía con términos lujosos y trágicos como si fuera la muerte; y por eso, imagino, ser poeta es, entre otras cosas, poseer esta virtud [...] de adueñarse de la máxima paradoja [...] Paradoja que consistiría en que el más solitario, por obra y gracia de “alados Discursos”, crea un lugar -el poema- en donde otros solitarios se reúnen, se reconocen (en tanto afuera llueve y es invierno). Tus poemas fueron siempre para mí lugares pero nunca lo fueron como ahora, gracias por EL HUMO.


No resulta llamativa la seducción que este libro ha ejercido sobre Pizarnik dadas las coincidencias con su propia concepción del poema como un lugar, como instancia de salvación. Para Pizarnik, desde un principio, “[...] la poesía es una auténtica patria del hombre y el camino privilegiado de construcción de la propia subjetividad”.


Julio Castellanos también acerca su opinión sobre Amelia Biagioni.  Nos aclara que la escritora cumple con la poesía “uno de sus altos designios: ser la interrogación vibrante que nos hace posibles. Ser expresión de desautomatización del sentido, sorpresa poética pura”.




Las cacerías aparece en 1976 y recibe el premio Jorge Luis Borges de la Fundación Argentina para la poesía. Biagioni -al decir de Ivonne Bodelais- “soslayó los tonos confesionales, panfletarios o herméticos en los que naufraga tanta poesía en nuestro tiempo: escribió con grandeza, con misteriosa claridad, con musicalidad única, sobre los grandes temas del ser humano contemporáneo, desde el gran escenario que le proporcionaba la incesante y ávida lucidez de su mente privilegiada. Nada en ella fue pequeño, salvo su delicada figura de geisha iluminada. A Biagioni le faltaba el espíritu de la negociación, la obsecuencia y el compromiso: en El humo denunció sin tapujos "el valle del lucro" adonde descienden tantos. Ella carecía de tiempo y espacio para las pequeñas intrigas; era impaciente con los calculadores y los mediocres, a los que discernía a la distancia, y de los que se protegía con aquella tan suya y modesta altivez”.




Enrique Pezzoni, quien con enorme lucidez escribió sobre el lenguaje poético de Biagioni, se refirió así a su obra Las cacerías:"Su ritual celebra el encuentro del fragmento con el todo, de la cercanía con la distancia; son las nupcias de lo irreconciliable consigo mismo. Los versos oscilan así, entre el himno y la fórmula mágica que ilumina sin cesar la creación, mostrándola inclusive en sus aspectos más feroces: a través de la muerte, todo está en marcha hacia sí mismo" y agregó "Pocos poetas han visto como ella la grandiosidad de ese monólogo múltiple que es el existir como búsqueda, la asunción del cambio como testimonio único de lo inmutable".


Estaciones de Van Gogh llega en 1981 y en 1987 recibe por este trabajo el Segundo Premio Nacional de Poesía. Valeria Melchiore defina la obra valorando que “la intertextualidad se constituye como el eje estructurante del libro. Biagioni recupera el legado epistolar del holandés. De esta manera, y adoptando en muchos de los poemas la voz del pintor, le concede la palabra. El sujeto poético, metamorofoseado en Vincent, asume su condición errante desde el comienzo: <Ahora debo partir/ ser para siempre mi alejado/ y aún no sé si es más fuerte el caminante o el inmóvil>.



En el bosque

Cada día una ráfaga me empuña
procurando mi identikit.
Siempre traza el rumor
que llega a la espesura y sopla:

Soy mi desconocida.

Tal vez
tu mensajera sin memoria
o tu evasión,
sopla el pájaro espejo
cancelándome.

Tan sólo sé
que el bosque errante de los nombres
es mi hogar.


Su última obra Región de fugas se publica en 1995. Amelia ya está cansada. Se jubila como docente con el cargo de vicedirectora. Se recluye en su departamento de la calle Corrientes y desde el piso 13 mira la ciudad, esa enorme mole de cemento que tanto la disgustaba.




Encuentro

Fue en Corrientes y San Martín
Y en un rato de otoño.
Después que el prodigioso atardecer
Borró murallas de cotizaciones
Cerró el tiempo
Y extendió un bosque lila.
Allí supe
Que hay lugares sin hora
En donde el agua y el aceite
O Bach o Villa Lobos
O los pasos de los diversos
Comparten aura.

En aquel bosque lila
Vi a dos hombres distintos y perennes
En sus páginas y en sí mismos,
Dos de las varias escrituras
De Buenos Aires.

Inesperadamente
Los singulares, encendidos
Por los dos mundos del crepúsculo
Se divisaron en un claro,
Con ademán volando
Se saludaron en el oro,
Al lila refluyeron
Y caminaron
Alejados y acercados
Por hojarascas paralelas.

Uno extraviaba entre los árboles
Su agonía quemante
Y el otro dispersaba entre los pájaros
Su agonía funámbula.
Pero tendiendo.
Cada uno en su letra
Y oyendo a la diversa,
Roberto y Macedonio
Desandaban
Maravillados de escucharse.

Hasta que se atraparon.
Hasta que cada cual se oyó en el otro.
Hasta que hubo
Una sola escritura
O pasión
O senda,
Y por ella los dos se fueron.

Le dice a Enrique Butti: “Ya no escribo; temo que no escribiré más. Mientras hubo angustia hubo vitalidad. La angustia obliga a la acción, al movimiento, me llevaba a la escritura; lo que es terrible es la indiferencia, la impasibilidad, la inacción del limbo. La poesía es una visitante; viene cuando quiere y se va cuando quiere”.

Su deseo era volver a Gálvez, al lugar íntimo que le vio crecer: “Vuelvo a Gálvez como un elefante a su última morada”.

Amelia Biagioni recibió los premios Esteban Echeverría (1985), José Manuel Estrada (1939) y Alfonsina Storni (1999). Por la totalidad de su obra poética se la reconoció en 1984 con el Diploma al Mérito en Poesía Fundación Konex. Colaboró en los principales suplementos literarios de los diarios nacionales y en las revistas Sur, Revista de Occidente (Madrid), Internacional Poetry y Review de Estados Unidos.



Falleció el 19 de noviembre de 2000, un día domingo, tal como lo había profetizado en uno de los poemas de su libro La Llave: "Aquí no hay reloj que marque / calma, ni para sufrir. / Sólo el domingo a la tarde puedo morir".


Episodios de un viaje venidero, fue el poema póstumo que apareció en el diario La Nación el 3 de diciembre de 2000. Biagioni había muerto unos días antes.
En los soles culebras grullas sollos
no me aguarda lo negro:
la muerte no es la muerte
es un salto cromático
en la infinita metamorfosis.
La noche es sí la noche
ese pozo que pasa deletreándose
para que yo degluta
la oculta historia de la luz.
Cuando me lame con sus ojos y cabellera
me despilfarro
me ubicuo
profetizo
y traduzco los humanos poemas
todavía no escritos.
Y hay un río en la luna desde donde
aparezco y desaparezco
en todas las orillas de la tierra
capaces de croar.

3 comentarios:

  1. como siempre, gracias
    una poeta enorme que no recordaba

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    1. Dante:Muchísimas gracias por tu comentario. Me da gran placer que todos recordemos a Amelia Biagioni.

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  2. Maravilloso recuerdo de AMELIA BIAGIONI. Gran poeta.Muchas Gracias. Carlos M.

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