"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila" Mariano Moreno

lunes, 3 de septiembre de 2012


AMELIA BIAGIONI  Y LA SILENCIOSA PERDURABILIDAD DE LA PALABRA.

Amelia Biagioni (Gálvez - Santa Fe, 1916  / Buenos Aires, 2000) es una escritora que escapa a las clasificaciones. Como expresa Valeria Melchiore en su ensayo, la poeta estuvo “allegada en sus inicios al neorromanticismo posterior al cuarenta, coetánea del surrealismo y del invencionismo -vertientes con las que, a pesar de las diferencias inzanjables, es factible percibir cierto «aire de familia»-, en las antípodas del objetivismo, del nacionalismo y de la poesía social y comprometida -si consideramos estos rótulos en sentido estricto-, la producción poética de Amelia Biagioni se resiste a las categorizaciones de la crítica que, por otra parte y salvo raras excepciones, no se ha detenido a profundizar en esta trayectoria peculiar y de alcances tan inusitados”.

Cristina Piña, en el prólogo del libro Cazador en trance y otros poemas  destaca que “Escasísimos textos suyos quedan fuera del conjunto señalado, lo que da cuenta, por un lado, de su negativa a participar de grupos literarios consolidados y, por ende, de sus publicaciones periódicas; y, por otro, del cuidadoso proceso de selección que precedió a la difusión de su obra. De hecho, y a modo de confirmación de esta última hipótesis, es preciso subrayar que la obra de Biagioni resulta casi magra si la comparamos con la de algunos de sus contemporáneos, sobre todo teniendo en cuenta que su trayectoria abarca casi cincuenta años. Sin embargo, el tiempo que media entre libro y libro son causa y consecuencia de uno de los rasgos más evidentes y originales de su producción: la ruptura y la experimentación constantes”.

La familia Biagioni, asentada en la ciudad de Gálvez, en el centro-sur de la provincia, ubicada a 81 km de la ciudad de Santa Fe, eran descendientes de aquellos inmigrantes piamonteses que llegaron al territorio con afán de trabajo. Los Biagioni  junto a muchos nativos, se incorporaron a una tierra donde dejaron su esfuerzo plasmado en las concesiones que cultivaron, en los talleres de los pueblos, en el tendido de vías férreas y otras obras esenciales para la transformación de esa urbe. La corriente inmigratoria italiana, procedente de las regiones del Piamonte y Lombardía, era preponderante en la composición de la población durante la primera época, la cual se integraba también con un importante grupo de nativos. A lo largo de todo este período existe una pujante actividad comercial, marcada por la incipiente industria que en los primeros años se limitó a la fidería, el molino harinero y las ladrillarías. Otra destacada fuente de trabajo, fue la empresa ferroviaria. En ese ámbito rural Amelia transcurrió sus primeros años de vida ocultando su verdadera vocación. El único recurso con que contaba la joven escritora era escribir poemas a escondidas y valerse de un seudónimo para publicarlos.

Amelia cursó el magisterio en Rosario y el Profesorado de Letras en la Escuela Normal Nro. 1 de Profesores de Ciencias, en Letras y Lenguas Vivas “Dr. Nicolás Avellaneda”, graduándose en 1936. Con el título bajo el brazo regresó a Gálvez para ejercer la docencia secundaria. Debido a su  capacidad de persuasión  logró convencer a sus padres que su camino estaba en esa dirección. De no ser por su perseverancia, hubiera sido una calificada educadora, reconocida en su pueblo por las damas de la sociedad de beneficencia y casada seguramente con algún empleado bancario o un agente municipal.

Analía Pinto define  la trayectoria de Amelia Biagioni enmarcada en tres períodos. El primero, vinculado aún a la poesía del 40, de corte intimista y ligado a una estética más bien clásica donde se destaca su inclinación hacia el soneto. Un segundo momento de transición, cuyo libro emblemático es El humo y un último, en que la ruptura estética es completa y se profundiza en cada nueva entrega. Dice la ensayista: “Mientras que en Las cacerías (1976) la ruptura es aún más temática que formal, en Estaciones de Van Gogh (1984), auténtica biografía poética del pintor, y Región de fugas (1995), la autora rompe también los moldes formales y apuesta por quiebres de todo tipo (sintácticos, gramaticales, espaciales) pero sin perder jamás su natural don de cántaro”.

Amelia trabaja como educadora mientras secretamente escribe poemas, enseña literatura española y se atreve con un taller de escritura para niños en la periferia de su pueblo. No está decidida a dejar la ciudad. La retiene el miedo a pegar el salto a la gran urbe donde sería una simple provinciana. Si bien escribe desde pequeña recién a los 30 años, encerrada en el seudónimo de Ana María del Pilar, da a conocer sus trabajos. De aquella época se registra su poema Color de Mayo en Gálvez, publicado en la revista El Hogar del 8 de agosto de 1947.
Estamos en un momento de acomodamiento social y cultural, hay un nuevo relato, un desarrollo todavía no mensurado. La generación del 40, como quedó clasificada, tuvo excelentes narradores y poetas. El verso aún era descriptivo, lo nostálgico y lo memorioso se presentaba con Vicente Barbieri, Olga Orozco, León Benarós y Alfonso Solá González. La narrativa se alineaba en el idealismo de María Granata, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar y Manuel Mujica Láinez y el realismo tomaba  cuerpo con Ernesto L. Castro, Ernesto Sábato y Abelardo Arias; sin dejar de lado a los costumbristas urbanos como Joaquín Gómez Bas y Roger Plá.

Amelia Biagioni sabe que su futuro será duro y el camino estará minado de problemas, pero el destino quiso que la joven poeta se cruzara con José Pedroni, otro oriundo de Gálvez, quien residiera durante la mayor parte de su existencia en Esperanza, en la misma provincia de Santa Fe,  su ciudad adoptiva, y en la cual escribiera la mayor parte de su obra poética. Pedroni incentiva a Amelia de la misma forma que alguna vez Leopoldo Lugones lo estimuló a él. Gracias al señalamiento del maestro, Biagioni deja el anonimato y comienza a utilizar su verdadero nombre, reúne sus poemas y a instancias de Pedroni los publica bajo el título de Sonata de Soledad, en 1954. Por esta obra recibe la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).

Lluvia

Llueve porque te nombro y estoy triste,
porque ando tu silencio recorriendo,
y porque tanto mi esperanza insiste,
que deshojada en agua voy muriendo.

La lluvia es mi llamado que persiste
y que afuera te aguarda, padeciendo,
mientras por un camino que no existe
como una despedida estás viniendo.

La lluvia, fiel lamido, va a tu encuentro.
La lluvia, perro gris que reconoce
tu balada; la lluvia, mi recuerdo.

Iré a estrechar tu ausencia lluvia adentro,
a recibir tu olvido en largo roce:
Que mi sangre no sepa que te pierdo.



Amelia fue una mujer tímida, poco expresiva, de comunicación precisa. Tenía una mirada melancólica y una sonrisa cerrada. Era insegura y esa historia de la muchacha del interior mudada a la gran ciudad la sobrecogía. Buenos Aires parecía inalcanzable y el solo hecho de dejar sus afectos, las raíces y la tranquilidad, le generaron un verdadero desarraigo que puede observarse en muchos de sus poemas. Tal vez esta carta de José Pedroni que transcribimos, nos ayude a perfilar esos primeros momentos en la vida de Biagioni, justamente cuando dejara su tierra y se marchara a Buenos Aires.



Esperanza, 13 de diciembre de 1954


Amelia Biagioni


Estimadísima colega y amiga:


            Hoy recibí la carta de usted, fechada el 10. Elena me la había anunciado. Ambos, Elena y yo, le agradecemos sus amables palabras.


            Le devuelvo firmada, su solicitud de socio de la SADE. La he firmado con el mayor gusto. Comparto su pensamiento de completar la ficha en Buenos Aires. En la capital le será fácil obtener la otra firma. No creo, por lo demás, que en la SADE se ajusten demasiado a los reglamentos, en punto, a esa formalidad. Ellos mismos le resolverán toda dificultad.


            Elena y yo le deseamos toda suerte de felicidades. En medio de los triunfos que le auguramos, no nos olvide. En especial, desearía que no olvide aquello que, impulsado a proteger su numen, me permití decirle acerca de la dignidad del oficio y del deber de la inteligencia. El nobilísimo destino del canto está lleno de exigencias. Si le señalé el riesgo y le hablé de aquello a que está obligado el artista, es porque creo en usted. Defienda la luz que lleva, aproximándola pura a quienes necesitan de ella. Puede haber con esa forma de conducción, alguna espina –las habrá, sin duda−; pero ese es el camino del mensajero auténtico. Avanzando por él, sin pensar en la notoriedad o la recompensa, tiene sentido nuestra vida y nos hacemos dignos del don recibido. Los ojos del pueblo dicen siempre si vamos o no descarriados. No olvide los ojos del pueblo, mi buena amiga. Mire siempre allí para orientarse. Déjese llevar por ellos. 


            Elena le envía sus cariños, que uno a mis afectuosos saludos.
                                                             José Pedroni



Con el empuje que le brinda la edición de su  obra, Amelia viaja a Buenos Aires. Es un momento de crisis, la sociedad está fracturada, la literatura dividida. Ivonne Bordelois explica: “es una época en donde la polémica, la conversación, los debates y encuentros culturales, y sobre todo la trayectoria de múltiples revistas de distintas procedencias ideológicas y estéticas, daban cuenta de una movilidad y energía socioliteraria y crítica muy peculiar". Agrega: "En esos años el juego era más abierto, podías ser amiga de Victoria Ocampo, pero también lo eras de gente que recién estaba empezando. No es como ahora, que hay que ser amigo de Beatriz Sarlo. En ese entonces no era uno solo el que tenía la pelota; eras tan amiga de los marginales como de los consagrados. Recuerdo esas peleas maravillosas en Contorno y en Sur, aquel debate tremendo que tuve con Victoria Ocampo. Hoy la gente se trata bien, pero por atrás se clavan el puñal”.



Los días en Buenos Aires  no le serán gratos. Está a punto de regresar a Santa Fe cuando la llaman para cubrir un cargo docente. Comienza otra historia. El contacto con alumnos le renueva la vida, vuelve a esos momentos mágicos  e irrepetibles ligados a las aulas de su ciudad natal. Casi como señalada por una luz mágica se le abren las puertas de los diarios La Prensa, La Nación y la Revista Internacional de Poesía; conoce a Manuel Mujica Láinez, Enrique Banchs, Jorge Luis Borges, Vicente Barbieri, Conrado Nalé Roxlo, quienes la relacionan con el ambiente literario, pero Amelia no es afecta a las reuniones y siempre encuentra un justificativo para evadir cualquier invitación. Esta forma de moverse en la gran ciudad, alejada de las tertulias literarias, no le impidió trascender como escritora. Siempre se desempeñó como docente y esos largos espacios de tiempo entre un libro y otro no fueron fatales en su obra.


Durante la primera etapa de su producción se la comparó con Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni. Luego su obra va a dar un giro importantísimo al volverse un espacio autónomo. Va evolucionando su poesía hasta ser considerada revolucionaria por sus colegas y admirada por los más jóvenes.





Es cierto que si se compara la producción de Amelia Biagioni con la de otros poetas contemporáneos, podrá parecer escasa; sin embargo hay que considerar que el tiempo transcurrido entre obra y obra se deben fundamentalmente a dos razones: la necesidad de ruptura y la constante experimentación.
En el recuerdo hay muchas Amelias, la que aparece posando para la foto en casa de Antonio Requeni rodeada de poetas y amigos –María Elena Walsh, Oscar Hermes Villordo, Jorge Calvetti y Alfredo Veiravé, entre otros–, la que se preocupaba porque el ruido del ascensor molestaba el descanso de Augusto Roa Bastos en el Hotel Bauen a comienzos de los años noventa, cuando el escritor paraguayo venía a Buenos Aires a presentar sus libros, la que elegía sábanas celestes para regalarle al hijo recién nacido de un escritor amado al que le atribuía el haberla ayudado a encontrar el título de uno de sus libros: Región de fugas, la que compraba ravioles de espinaca a los que llamaba Popeyes siempre en la misma casa de pastas de la calle Corrientes, la que usaba anteojos negros y llegaba del brazo de su amiga María Victoria Suárez a ver a Olga Orozco, la que cuidaba con devota cotidianidad los geranios amarillos que le había regalado Borges y también aquella otra Amelia, quien ya muerta recibía flores blancas de parte de un antiguo admirador, un galán incondicional de pelo canoso que siempre iba con un ramo gigante a escuchar a Fernando Noy cuando la recitaba.
Sea cual fuese el recuerdo, Amelia, con su pelo lacio, suave, fino, primoroso y de color irreal, se mantenía atenta y acompañaba siempre desde el rincón menos visible. Una delicia íntima la entretenía.
Dueña de un humor extravagante y también pueblerino, “A marido regalado / no se le mira el príncipe”, le gustaba decir que Alejandra (Pizarnik) era la dolorosa, Olga (Orozco) la hechicera y ella la cósmica.
Le agradaba retornar sobre lo escrito, corregía y volvía a corregir sus poemas ya editados “una palabra corrige al mundo, una coma de más molesta al cielo” pero por sobre todas las cosas le encantaba, amparada en su bucólica timidez, trasmutarse en nadie.


El azul

Si te acercas
a su reino ovalado,
la puerta
te engulle suavemente,
y adentro
en lugar de la puerta
está la ley,
que ordena:

Hay que fijarse al tema azul
cantando sin pasado:
“Azul, azul, azul”,
y alcanzar la soga que pende azul
y enroscarla en el propio cuello
distraído,
y apoyando un pie, un párpado azul
-con el otro encogido-
en el vacío azul,
en su mano sin palma,
darse un gran envión
en torno al eje, al ojo azul,
girar desarrollándose
sobre la mano del vacío azul,
y cantar sin pasado:
“Azul, azul, azul”,
hasta que llegue el miedo,
o el rojo con espuma.





En 1957 aparece La llave que recibe el Segundo Premio Municipal de Poesía en 1958. Paralelamente se reedita Sonata de Soledad.


Transcurrió una década para que El Humo (1967) le valiera el Primer Premio Municipal de Poesía y mención en el Certamen Nacional de Poesía, trienio 1967-1969.


A El humo se ha referido Alejandra Pizarnik en una carta enviada a Amelia Biagioni que publicó Ivonne Bordelois:


[...] porque cada verso y cada palabra han sido llevados (padecidos) hasta su máxima tensión, y con toda la carga de sus sentidos plurales, estos poemas son un lugar -o un espacio- de reunión. Por eso, imagino, invocas a la dura poesía con términos lujosos y trágicos como si fuera la muerte; y por eso, imagino, ser poeta es, entre otras cosas, poseer esta virtud [...] de adueñarse de la máxima paradoja [...] Paradoja que consistiría en que el más solitario, por obra y gracia de “alados Discursos”, crea un lugar -el poema- en donde otros solitarios se reúnen, se reconocen (en tanto afuera llueve y es invierno). Tus poemas fueron siempre para mí lugares pero nunca lo fueron como ahora, gracias por EL HUMO.


No resulta llamativa la seducción que este libro ha ejercido sobre Pizarnik dadas las coincidencias con su propia concepción del poema como un lugar, como instancia de salvación. Para Pizarnik, desde un principio, “[...] la poesía es una auténtica patria del hombre y el camino privilegiado de construcción de la propia subjetividad”.


Julio Castellanos también acerca su opinión sobre Amelia Biagioni.  Nos aclara que la escritora cumple con la poesía “uno de sus altos designios: ser la interrogación vibrante que nos hace posibles. Ser expresión de desautomatización del sentido, sorpresa poética pura”.




Las cacerías aparece en 1976 y recibe el premio Jorge Luis Borges de la Fundación Argentina para la poesía. Biagioni -al decir de Ivonne Bodelais- “soslayó los tonos confesionales, panfletarios o herméticos en los que naufraga tanta poesía en nuestro tiempo: escribió con grandeza, con misteriosa claridad, con musicalidad única, sobre los grandes temas del ser humano contemporáneo, desde el gran escenario que le proporcionaba la incesante y ávida lucidez de su mente privilegiada. Nada en ella fue pequeño, salvo su delicada figura de geisha iluminada. A Biagioni le faltaba el espíritu de la negociación, la obsecuencia y el compromiso: en El humo denunció sin tapujos "el valle del lucro" adonde descienden tantos. Ella carecía de tiempo y espacio para las pequeñas intrigas; era impaciente con los calculadores y los mediocres, a los que discernía a la distancia, y de los que se protegía con aquella tan suya y modesta altivez”.




Enrique Pezzoni, quien con enorme lucidez escribió sobre el lenguaje poético de Biagioni, se refirió así a su obra Las cacerías:"Su ritual celebra el encuentro del fragmento con el todo, de la cercanía con la distancia; son las nupcias de lo irreconciliable consigo mismo. Los versos oscilan así, entre el himno y la fórmula mágica que ilumina sin cesar la creación, mostrándola inclusive en sus aspectos más feroces: a través de la muerte, todo está en marcha hacia sí mismo" y agregó "Pocos poetas han visto como ella la grandiosidad de ese monólogo múltiple que es el existir como búsqueda, la asunción del cambio como testimonio único de lo inmutable".


Estaciones de Van Gogh llega en 1981 y en 1987 recibe por este trabajo el Segundo Premio Nacional de Poesía. Valeria Melchiore defina la obra valorando que “la intertextualidad se constituye como el eje estructurante del libro. Biagioni recupera el legado epistolar del holandés. De esta manera, y adoptando en muchos de los poemas la voz del pintor, le concede la palabra. El sujeto poético, metamorofoseado en Vincent, asume su condición errante desde el comienzo: <Ahora debo partir/ ser para siempre mi alejado/ y aún no sé si es más fuerte el caminante o el inmóvil>.



En el bosque

Cada día una ráfaga me empuña
procurando mi identikit.
Siempre traza el rumor
que llega a la espesura y sopla:

Soy mi desconocida.

Tal vez
tu mensajera sin memoria
o tu evasión,
sopla el pájaro espejo
cancelándome.

Tan sólo sé
que el bosque errante de los nombres
es mi hogar.


Su última obra Región de fugas se publica en 1995. Amelia ya está cansada. Se jubila como docente con el cargo de vicedirectora. Se recluye en su departamento de la calle Corrientes y desde el piso 13 mira la ciudad, esa enorme mole de cemento que tanto la disgustaba.




Encuentro

Fue en Corrientes y San Martín
Y en un rato de otoño.
Después que el prodigioso atardecer
Borró murallas de cotizaciones
Cerró el tiempo
Y extendió un bosque lila.
Allí supe
Que hay lugares sin hora
En donde el agua y el aceite
O Bach o Villa Lobos
O los pasos de los diversos
Comparten aura.

En aquel bosque lila
Vi a dos hombres distintos y perennes
En sus páginas y en sí mismos,
Dos de las varias escrituras
De Buenos Aires.

Inesperadamente
Los singulares, encendidos
Por los dos mundos del crepúsculo
Se divisaron en un claro,
Con ademán volando
Se saludaron en el oro,
Al lila refluyeron
Y caminaron
Alejados y acercados
Por hojarascas paralelas.

Uno extraviaba entre los árboles
Su agonía quemante
Y el otro dispersaba entre los pájaros
Su agonía funámbula.
Pero tendiendo.
Cada uno en su letra
Y oyendo a la diversa,
Roberto y Macedonio
Desandaban
Maravillados de escucharse.

Hasta que se atraparon.
Hasta que cada cual se oyó en el otro.
Hasta que hubo
Una sola escritura
O pasión
O senda,
Y por ella los dos se fueron.

Le dice a Enrique Butti: “Ya no escribo; temo que no escribiré más. Mientras hubo angustia hubo vitalidad. La angustia obliga a la acción, al movimiento, me llevaba a la escritura; lo que es terrible es la indiferencia, la impasibilidad, la inacción del limbo. La poesía es una visitante; viene cuando quiere y se va cuando quiere”.

Su deseo era volver a Gálvez, al lugar íntimo que le vio crecer: “Vuelvo a Gálvez como un elefante a su última morada”.

Amelia Biagioni recibió los premios Esteban Echeverría (1985), José Manuel Estrada (1939) y Alfonsina Storni (1999). Por la totalidad de su obra poética se la reconoció en 1984 con el Diploma al Mérito en Poesía Fundación Konex. Colaboró en los principales suplementos literarios de los diarios nacionales y en las revistas Sur, Revista de Occidente (Madrid), Internacional Poetry y Review de Estados Unidos.



Falleció el 19 de noviembre de 2000, un día domingo, tal como lo había profetizado en uno de los poemas de su libro La Llave: "Aquí no hay reloj que marque / calma, ni para sufrir. / Sólo el domingo a la tarde puedo morir".


Episodios de un viaje venidero, fue el poema póstumo que apareció en el diario La Nación el 3 de diciembre de 2000. Biagioni había muerto unos días antes.
En los soles culebras grullas sollos
no me aguarda lo negro:
la muerte no es la muerte
es un salto cromático
en la infinita metamorfosis.
La noche es sí la noche
ese pozo que pasa deletreándose
para que yo degluta
la oculta historia de la luz.
Cuando me lame con sus ojos y cabellera
me despilfarro
me ubicuo
profetizo
y traduzco los humanos poemas
todavía no escritos.
Y hay un río en la luna desde donde
aparezco y desaparezco
en todas las orillas de la tierra
capaces de croar.

sábado, 4 de agosto de 2012


ROGER PLA: EL SOÑADOR PASIONAL





La calle Corrientes todavía alberga librerías de viejos que suelen contar con esos palimpsestos que sólo son acariciados por enfermos buscadores de tesoros. Hasta no hace mucho tiempo, aquellos caminantes solían aferrar bajo el brazo más de un ejemplar que escondían con cierto recelo. Parecían ladrones que temían ser descubiertos por otros malhechores que se dedicaban a “marcar” a los principiantes en el arte del saqueo literario. El tiempo de las oportunidades fue modificándose, la sociedad cambió y los emporios abarrotados con libros quedaron reducidos a “locales de oportunidades” con un stock francamente pauperizado y tristemente menospreciado. Junto con los textos desaparecieron los personajes típicos y la obra teatral se quedó sin público, con un escenario vacío, desolado, mortal.


La calle Corrientes recicló su fisonomía, el olor a pizza cayó sepultado entre el moscato agrio y las bebidas energizantes; el aroma de la aceitosa hamburguesa del Imperio se mezcló con las páginas desteñidas de ciertas novelas que sobreviven entre CD de cumbia villera, rock setentista, merchandising barato, manteros enojados por la falta de extranjeros y vendedores africanos con valijas de relojes truchos, quienes trajeron un clima diferente a la cultura popular. Diría un nostálgico: “Corrientes ya no es la misma”.

Este panorama nada tiene que ver con aquella época donde los verseadores populares consumían la madrugada a fuerza de vino triste y lectura socialista. Los escritores caminaban sus veredas y se detenían en los cafés para corregir el borrador de su último capítulo. Los voceadores de los diarios castigaban los oídos con los titulares. Las prostitutas reinaban sin necesidad de un tratamiento de belleza. Esa angustia existencial que invadía la mente de muchos inspirados era un crédito propio de los trabajadores de las letras. Hoy las preocupaciones literarias marchan en otro sentido, no hay códigos, se puede escribir sin decir nada y ese “nada” se transforma en genialidad.


Hablamos de la calle Corrientes por el solo hecho de poner un ejemplo, pero bien podríamos ocuparnos del barrio, de los suburbios, del trabajo, de la enseñanza.

En este andar cargamos en la mochila a muchos gladiadores secretos que los manuales de literatura se empeñan en ocultar. Se perdieron los polígrafos homéricos. Es que el vértigo de las redes sociales expulsa a los tranquilos escribientes y la palabra guglear se transforma en meritoria, en salmo espiritual, en voz respetada.

Lejos de los ordenadores y los teléfonos inteligentes estaría sin duda Roger Pla (1912-1982), un bohemio a quien le debemos una serie de novelas magistrales, críticas de arte sin desperdicio, crónicas periodísticas arltianas, un humor irónico y la capacidad de transformarse en humilde tallerista, formando a muchos jóvenes en el camino de las letras. Ese hombre conocía de memoria las veredas de la calle Corrientes, sabía de los rincones más insólitos, de los bulines más reos, de la noche iluminada que se apagaba con el sueño tardío. Ese autodidacta era también un excelente guionista, un calificado redactor de textos publicitarios y decididamente un pasional.





Nacido el 8 de octubre de 1912, en Rosario, dos meses después de la muerte de su padre, tempranamente sufrirá el vacío afectivo que aparecerá sistemáticamente en su obra. Su madre desolada ante este destino fatal decide mudarse a la casa de su hermana, donde el pequeño se criará entre tíos y primos. Es su hermano Cortés quien lo protegerá y tratará de encaminarlo, pero Roger es un iracundo, un rebelde que no quiere estudiar ni atarse a un trabajo formal.


Desde niño escribía versos. (…) Había publicado algunas prosas en Rosario, y a los diecisiete años un cuento bajo seudónimo en una insólita revista agraria que se llamaba Páginas Rurales (…) A los diecinueve años tuve listo un libro de poemas que proyectaba publicar con el título de Canción del poeta que muere. (…) Sobrevino la época de crisis. Rompí o sepulté todo lo hecho y empecé a rumiar una novela. En 1929 me había trasladado a Buenos Aires, al colegio Nacional Rivadavia, pues mi familia se fue a Europa, donde estuvo varios años. Al regreso falleció mi tía y volví a Rosario. (…)


Es sumamente interesante descubrir al autor a través de su diario. Lamentablemente esta literatura de testimonio es poco conocida. Los textos rescatados por algunos especialistas nos hablan de un período de anotaciones entre 1930 y 1945.


Analía Capdevila, una de las dedicadas investigadoras sobre el autor, resalta la existencia de tres cuadernos de su diario íntimo. El primero recoge entradas que van del 9 de noviembre de 1930 al 8 de diciembre de 1932; en la portada, debajo de las iniciales RP, a modo de título se lee “Mi libro. 1930.31-32”. En la carátula del segundo cuaderno, Pla consignó “1935-1942. Buenos Aires”, aunque la última entrada corresponde al 27 de febrero de 1943; en cuanto a la primera, como al cuaderno le faltan las diez primeras hojas iniciales, que fueron arrancadas, desconocemos la fecha de su inscripción (la que quedó como primera después de la expurgación correspondiente al 7 de noviembre de 1935). El tercer cuaderno, el más breve, recoge entradas que van del 11 de junio al 25 de enero de 1945.


Otra opinión concreta es la de Alberto Giordano, cuyas investigaciones sobre los diaristas resulta enriquecedora. Al respecto Giordano expresa: < ¿Qué sentido tiene llevar un diario para quien lo escribe, es decir, para alguien que de todos modos escribe muchísimo, porque su profesión es escribir?” (Elías Canetti). La principal estrategia crítica de la que eché mano en los últimos años para ensayar lecturas de diarios de escritores consistió en mantener abierta esta pregunta, activos el asombro y la curiosidad que alientan su enunciación. ¿Qué acciones y qué pasiones despierta la práctica del diario cuando la sostiene alguien que “escribe muchísimo”?

Más que lo específico de un género en el contexto de las llamadas “escrituras del yo”, me interesa la figura del diarista como alguien, o algo, que el ejercicio de la notación incidental va componiendo, hasta darle la consistencia de un carácter, mientras secretamente lo deshace en el flujo misterioso de lo impersonal, cuando sus actos cobran, para el que lee, valor de gesto.

Por diario de escritor entiendo, cuando salto de la evidencia empírica a la arrogancia conceptual, un diario que, sin renunciar al registro de lo privado o lo íntimo, expone el encuentro de notación y vida desde una perspectiva literaria y desde esa perspectiva se interroga por el valor y la eficacia del hábito (¿disciplina, pasión, manía?) de anotar algo en cada jornada. Aunque por lo general la sitúen en el borde externo de los márgenes que delimitan su actividad, la práctica del diario plantea a los escritores problemas específicos de técnica literaria, ligados a la conciencia que han adquirido de los poderes y los límites del lenguaje cuando se propone representar o capturar de algún modo fragmentos de vida, como así también les plantea cuestiones más mundanas, ligadas a las posibilidades o los riesgos de la autofiguración (¿a través de qué imagen se lo reconocerá, la de un egotista impenitente, la de una moralista o la de un experimentador –según la trillada metáfora del diario como laboratorio?). Cuando hablo de perspectiva literaria, pienso entonces, a la vez, en exigencias institucionales determinadas históricamente, y en los requerimientos del deseo de literatura (deseo de un encuentro inmediato entre vida y escritura) que liga secretamente al escritor con su obra.>



Dice Pla en uno de sus ingresos testimoniales: Es curioso: hace unos días se ha instalado en mí la fría certeza de que seré célebre. Me deja indiferente esta idea, no como antes. No me envanece. Y se la siente con la tranquila parsimonia de aquel que sabe que ha de cobrar una deuda, cierta satisfacción, pero ninguna sorpresa, ningún deslumbramiento (1 de agosto de 1944)


Aquel regreso a Rosario en 1929, le abre el camino a una nueva faceta. Estaría en total cercanía con la cultura de la ciudad hasta 1936. Allí se nuclea con los grandes artistas de su época -entre ellos Antonio Berni y Leónidas Gambartes- y se convierte en uno de los más reconocidos críticos de arte de su ciudad. Comienza a dar clases de literatura, se inclina al periodismo, escribe cartas por encargo, se ocupa del horóscopo para una revista del corazón, inventa recetas que copia de revistas extranjeras y se presenta como guionista de historietas. En esta última disciplina sus trabajos en Rosario no quedaron documentados. Su vínculo real parece limitarse a un breve período de colaboración con la Editorial Columba, que en 1953 adaptó en un Álbum de Intervalo su novela Paño verde (con dibujos de Guillermo Dowbley), mientras que en materia de guiones originales escribió con el seudónimo de “Nico Pons” los de la serie protagonizada por el gendarme Paco Almiral (1953) y es muy probable que haya realizado los de Black Hood, un enmascarado que dibujó Oscar Fraga y también Eugenio Colonesse.

Con respecto a su amistad con los maestros de la pintura, tengamos en cuenta que Pla no tenía una formación académica, sin embargo, sus crónicas dejaron el sello de un observador consecuente. Aquí uno de esos trabajos:



LA VETA HUMORÍSTICA EN GAMBARTES



Aproximadamente entre 1937 y 1941,Gambartes ejecuta una serie de cartones en los que deja testimoniada una actitud a primera vista insólita, tan diferente es de la que preside el resto de su obra, hasta ese momento –y más aún a partir del decenio siguiente- más bien dramática, o al menos grave, en el sentido rilkeano del término, aquel que implica un impulso de gravitación profunda hacia abajo, hacia la escondida raíz de las cosas, y que de modo tan persistente y notable caracterizara a sus mitoformas, sus payés, sus cromos al yeso posteriores al cincuenta. Se trata de témperas de un color lujoso, generalmente de dominancia cálida –aun los azules, los cielos están llenos de luz- y de un dibujo figurativamente firme, de líneas amplias y definitorias, destinadas a narrar una anécdota inspirada con frecuencia en temas infantiles o vinculados a la mitología o la literatura infantil a veces tejida directamente alrededor de un hecho cotidiano. El aspecto lúdico del cartón, dado tanto en la forma y el color como en la anécdota narrada, consiste en el primer grupo, en el modo de comentar el tema infantil, con la diversión y la gracia que puede encantar a un niño; pero, a la vez, con un trasfondo irónico que implica ciertas alucinaciones a la condición humana en general, trasfondo donde justamente se pone en movimiento la veta humorística del pintor, y que sin molestar la contemplación del niño –esto es, sin transgredir los límites de la literatura infantil– actúa tan solo para el adulto.

Los títulos de estos cartones de 1937, por ejemplo, revelan claramente el carácter y la temática de las temperas: “Historias de Piratas”, “La Vuelta de Buckle Jones”, “Catálogos de la Rabona”; lo mismo ocurre con cartones del año siguiente, como “Sábado inglés en Naipelandia” y “Kindergarten de Pepe Parlante” o “El último viaje de Simbad el Marino”. (…) Lo insólito de estos cartones es más aparente que real. Sí, Gambartes no fue un pintor anecdótico. Inclusive, el humorismo dado narrativamente –quizás ni siquiera la actitud del humor– está ausente de su obra pictórica. Pero aquí y allá asoma, no solo en sus figuras anteriores al cincuenta sino en alguna figura en el paisaje, alguna yuyera, inclusive en algún payé, un resabio quizás de humor mudo, un humorismo al que se le prohíbe abrir la boca, un humor al que se le ha arrancado la lengua. En otros términos, el goce de pintar, la diversión del oficio junto a la contemplación remotamente crítica –quien haya conocido a Gambartes no podrá separar jamás de su imagen ese trasfondo crítico, inclusive algo sardónico que lo habitaba permanente–, pone a veces en sus dioses olvidados o en sus génesis o en sus fósiles algo grotesco, algo en la estructura misma de su lenguaje, que no está lejos de esa zona no necesariamente amarga pero tampoco necesariamente alegre donde comienza la mueca del humor. (…)

La nutrida serie de anécdotas de Gambartes donde brillaba el ingenio, a veces del sarcasmo, son una especie de ilustración biográfica de este rasgo de su espíritu. Que no contradice en absoluto, como pudiera parecer, esa gravedad de su obra en la que está presente el misterio y hasta cierto sentido patético, sino trágico, de la existencia. Pero aquel espíritu incisivo, aquella aptitud para la observancia sagaz, que ve de una mirada el anverso y el reverso de las cosas –quizás en el fondo el humor sea otra cosa que un descubrimiento inesperado y súbito del reverso de las cosas– sólo podía quedar inactivo en nuestro artista a condición, como dijéramos antes, de que se le arrancara la lengua.

25 de marzo de 1973

Dando continuidad a su autobiografía transcribimos: Allí conozco a Berni (1929), que acababa de regresar de París: Vanguardia, Marx. Formamos un grupo con otros jóvenes. Entre ellos están Gambartes, Sívori, Grela, Píccoli. Luego amigos de toda la vida. Yo no era en modo alguno estudioso, ordenado o retraído. Mas bien experiencias tumultuosas, callejeras, juergas, episodios sentimentales dramatizados.(…). He abandonado los estudios y mi hermano suprime su subsidio.



Toda esta suerte de libertinaje prepotente tenía una raíz: el desamparo. Roger quemará etapas de su vida castigado por el desamor. Aquella pérdida primitiva donde la figura del padre quedaría relegada a un álbum familiar terminaría cerrándose con la muerte de su madre: Uno siente que adentro se ha roto un resorte. Algo ha cambiado en el mundo. La vida tiene otra expresión. Sin duda, flotando en el mundo, ha quedado mi propia humanidad, sola, divorciada para siempre de la infancia.

Este mundo intrincado de Roger Pla estará permanentemente latente, en carne viva. Habíamos dicho que era un pasional y todo quedará demostrado: Vuelvo a Buenos Aires y empiezo Los Robinsones. Mi breve pasado está hecho escombros. La casa de infancia ha desaparecido. Esto es 1936. Mi madre ha muerto. Trabajo en mi novela seis años mientras me mantengo haciendo periodismo.

Para este momento Roger comienza a trabajar en el diario El Mundo y se tutea con esos poetas y narradores que hicieron escuela en la literatura popular. Pla descubre el mundo de la noche porteña, la madrugada poética, la calle en toda su dimensión y la amistad de esos vagos soñadores que como él deliraban con el verso latente.

En un trabajo de Juan Pablo Bertazza, donde el autor señala la semejanza entre Roberto Arlt y Roger Pla, encontramos una excelente justificación para colorear este momento: “Si bien el rosarino Roger Pla no es epígono, parricida ni discípulo de Arlt –en todo caso, sí sabemos que lo admiraba en su juventud, cuando su eximio compañero de El Mundo ya era un novelista de renombre–, es probable que el no contar hoy con la celebridad que su calidad merecía se deba en gran parte a que Arlt ya había ocupado ese sitio. Como si esa misma condición de huérfano de padre, o incluso hijo póstumo que pintan todas sus biografías (el padre de Pla murió dos meses antes de que él naciera), hubiera dejado a su obra simbólicamente desamparada.

Las semejanzas entre Arlt y Pla son muchas, o varias al menos. Van desde lo biográfico hasta ciertas marcas de estilo y, obviamente, la hegemonía de esa angustia existencial que cargan casi todos sus personajes. Además de acusarse a sí mismo de padecer una melancolía al mejor estilo Erdosain, Roger Pla fue también autodidacta y voraz lector de traducciones baratas de novelas clásicas. También como Arlt, no pudo terminar el secundario, por lo que muy joven empezó a ganarse la vida con el periodismo gráfico. En cuanto a su literatura, al igual que sucede con el autor de Los siete locos, su obra vagamente se enmarca y desmarca con la misma facilidad de las banderas de Boedo. Incluso Pla también se quejaba de que nadie advirtiera el prolífico trabajo que lograba hacer contrarreloj, aunque nunca citara la famosa frase del cross a la mandíbula.

Sin embargo, Arlt y Pla también tuvieron sus diferencias: entre agosto y noviembre de 1941, en la página 6 de El Mundo discutieron en torno de lo que debía ser la nueva novela. Mientras Pla defendía la existencia de personajes o criaturas lo más vivas y complejas posible en detrimento de la trama, Arlt decía que lo más importante era conservar el argumento porque, de lo contrario, una novela corría el riesgo de transformarse en una sucesión de estados de ánimo, una galería de retratos. Lo interesante, más allá de este entredicho que no pasó a mayores (pero, al parecer, disgustó al joven Pla) es pensar hasta qué punto aquellas posturas representan hoy por hoy sus obras. Si El juguete rabioso es el prototipo de esa trama que tanto defiende Arlt, no sería demasiado errado postular que Los siete locos se acerca peligrosamente a esa característica que ensalza Pla.”

De lo que sí estamos completamente seguros es que Roger Pla fue un escritor sustancialmente comprometido con lo social, con el malestar de la época y su obra siempre estará teñida de una angustia visceral que el rosarino depositará en la estructura de una serie de personajes urbanos traumatizados. Debemos entender que Pla fue parte de esa nueva cara del realismo que impactó en la literatura a partir de la irrupción del peronismo.

Como la mayoría de estos escritores de pluma caliente, Pla se maquillaba para no mostrar debilidad, pero en lo íntimo, en el silencio atormentado, reflexiona:

Me ahogo. Me falta luz.

Vivo en la más crasa incomprensión. Todos mis familiares me resultan extraños. No sé qué piensan de mí. Que soy un loco, lo piensan muchos. Que río por cualquier motivo, que soy un mal genio y que hago mil disparates al día.
Quiero alejarme de todos.
Además me fastidian sus problemas. Quiero irme solo. Solo.
Sé que nadie me quiere.
Ellos quizá están convencidos que me quieren. Pero es distinto.
Lo dije una vez y lo repito: mi gran tragedia, se sintetiza en esto: “Tuve mil padres y no tuve ninguno.”
Sin embargo, me queda un consuelo. Es puramente estético.
Pude escribir de mi vida, muchas páginas interesantes.


Los trabajos de Roger Pla analizados por Analía Capdevila nos acercan a todo este mundo íntimo. Su ensayo Roger Pla, la novela total es sumamente criterioso, pero también resultan significativos los aportes de Juan Carlos Ghiano en una reedición de Los Robinsones y el estudio preliminar sobre toda la obra de Pla, realizado por Orfilia Polemann, que se incluye en la edición póstuma de su última novela Los atributos. De esta obra extraemos un fragmento:

EL MADAME SAFÓ

Había un requisito previo para ser admitidos en el Safo. Un examen a través de la mirilla de su gran puerta de cedro labrado. Roque y yo, tiesos bajo la gran marquesina de cristal que destellaba de luces, resistimos la prueba. La puerta se abrió, y entramos. Un grandote de smoking se hizo a un lado. Y nos sumergimos en un corto corredor, muy ancho, piso y zócalo de mármol, macetas y flores a los costados, una puerta cancel de cristales tallados, abierta, y, junto con todo eso, una frescura de atmósfera perfumada rescatándonos de la canícula que hasta entonces había estado quemándonos la piel. Rumor de ventiladores por todas partes, voces discretas, sin gritos, la amplia, enorme recepción —cien metros cuadrados de un patio, una especie de impluvium pompeyano con la excepción del techo de vitraux sostenido por columnas corintias—, sofás y divanes diseminados con gusto, gran estufa de bronce, ahora apagada, en el centro, curiosa mansión que se prolongaba, a los costados y al fondo, en pasillos y quien sabe cuántas habitaciones, parejas y grupos sentados o de pie, mujeres cruzando lánguidamente ese espacio con una belleza que aún no había empezado a marchitarse, suaves bajo las ropas traslúcidas de soirée, casi aladas, piernas perfectas surgiendo por la hendedura de los vestidos, firmes sobre los pies también firmes en los zapatos de raso, de seda, elevados sobre tacones Luis XV. Una estudiada distinción planeaba sobre todas estas mujeres y el menor de sus movimientos, y Mme. Safó, en seguida supe que era ella, como una marquesa, enarbolando su larga boquilla de espuma de mar y virolas de oro, avanzando hacia nosotros.

—Enchantée. Moi, je suis Mme. Safó


Entre sus obras podemos citar: Los robinsones (1946), Faja de Honor de la SADE, El duelo (1951), Paño verde (1955), llevada al cine en 1973 por Mario David, Las brújulas muertas (1960), Intemperie (1973) y, póstumamente, Los atributos (1985). Pla había publicado una novela policial con el seudónimo de Roger Ivnes. Titulada en su edición original por el sello Jackson La diosa de la venganza llora, fue reeditada casi 20 años más tarde en la entrega 279 de la colección El Séptimo Círculo, dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, como El llanto de Némesis. En 1969 sale en la editorial Vigil el ensayo Proposiciones. Hacia el final de su vida pública el libro de poemas Objetivaciones, del cual hace una muy pequeña tirada para sus alumnos y seres allegados. Como crítico de arte escribió, entre otras, las monografías Diderot y sus ideas sobre pintura (1943), Gambartes, y La pintura pompeyana. Como crítico de arte ha producido múltiples ensayos, entre los cuales se destaca el dedicado a su amigo Antonio Berni. Incursionó también en la dramaturgia. En este género su obra más importante fue Detrás del mueble (1942). En 1981 Torres Agüero Editor, sello hoy desaparecido, preparó un precioso librito, maravilla tipográfica, reuniendo en versión de Roger Pla compilaciones de textos de Charles Baudelaire, algo periféricos para los siempre lectores de sus dos o tres obras canónicas. Se tituló Consejos a los jóvenes escritores y Proyectos de prólogos para Flores del mal.



“Casi al mismo tiempo que escribe Intemperie, Pla está embarcado, como ensayista y estudioso de la literatura, en dos proyectos importantes”, escribe Analía Capdevila en su estudio preliminar. “El primero es un ciclo de charlas semanales para Radio Nacional de Buenos Aires, titulado La Novela Nueva hacia una Nueva Forma. Para esta misma época es convocado por Boris Spivacov, director del Centro Editor de América Latina, para dirigir Capítulo, la Historia de la Literatura Argentina, una obra colectiva que sale entre 1967 y 1968”.

Esta experiencia sería revolucionaria. En una oficina de la calle Piedras y Avenida de Mayo se reunían para perfilar la colección que marcaría un hito en la edición de libros. Cada semana el público recibía un fascículo más un libro a un precio sumamente accesible. Esta idea hizo que la literatura se socializara y dio oportunidad a un sinnúmero de nuevos autores para que pudieran publicar.

Capdevila consigna que para esta obra en fascículos trabajan profesores y críticos literarios que habían renunciado a sus cátedras luego de la intervención de la Universidad por el dictador Juan Carlos Onganía, y que la lectura final de cada capítulo está a cargo de uno de estos destacados profesores: Adolfo Prieto. No profundiza sin embargo Capdevila en cuál pudo ser la relación de una novela tan programáticamente nacional, popular y modernista como Intemperie con las ideas afines del grupo Contorno, al que Prieto pertenecía. ¿Por qué Contorno se ocupó tanto del rescate de Arlt y dejó en la sombra a Pla, que para colmo escribía mucho mejor?

Pese a que el estudio preliminar de Capdevila no responde a estos interrogantes, combina sin embargo rigor académico y amena lectura. Aún distanciándose de la intensidad del biografiado mediante cierto desapasionado sesgo posmoderno, no deja por ello de revalorar y poner en foco a una figura relevante de su época pero desconocida para las generaciones más jóvenes. Figura que encarnó, al igual que Arlt, un oficio casi completamente desaparecido en el ámbito local: el del escritor que vive de su pluma. A destajo. Sin cátedras ni cargos. Y que en sus casi inexistentes ratos libres se las ingenia para desarrollar una obra innovadora. Una obra, además, que va tejiendo una saga donde los vínculos entre los personajes conectan los diferentes libros entre sí.




Las dos primeras novelas de Pla, Los Robinsones (1946) y El duelo (1951) son novelas de crisis, novelas de ideas y, en algún sentido, novelas de artista, la morosidad de cuyas conversaciones entre los personajes retorna en el drama trágico Las brújulas muertas (1960). Su novela póstuma, Los atributos (1985) regresa al mundo arrabalero con una historia de la vida real, cruzando ficción y no ficción. Es su única novela rosarina y está ambientada en los años `20 y `30, la época de su juventud. En 1969 (coincidiendo nada casualmente con la escritura de Intemperie, el ciclo radial sobre Nueva Novela y la obra para Capítulo) salió por la Editorial de la Biblioteca Popular Vigil su ensayo Proposiciones. En 1982 alcanza a ver publicado Objetivaciones, un libro de poemas del que Osvaldo Svanascini editó 300 ejemplares.




En la década del `70 Roger Pla aparece ligado a la publicación Mitomagia, una revista que alcanza a editar 15 números. En mayo de 1973 es convocado para desarrollar un proyecto que marcaría a toda una generación: aparecía la revista Crisis. Roger Pla sería el primer Secretario de Redacción y Julia Constela la Secretaria General. Entre los redactores estarían: Julio Huasi, Eduardo Baliari, Mario Szichmann y Orlando Barone.

Fue miembro del Rotary Club de Ramos Mejía -Pla vivía en esa localidad con su famila-.Posterior a su muerte la institución organizó diversos concursos literarios para los cuales otorgaba un importante premio a los concursantes. Dicho premio fue denominado "Premio Roger Plá" a partir de 1982 en homenaje al escritor.

Miembro también de la SADE, organizó distintos talleres literarios y de narrativa, ocupación que continuó realizando en forma independiente hasta unos pocos meses antes de su muerte.

Fallece el 28 de junio de 1982, víctima de un cáncer de pulmón.



RECUERDO AL INSTANTE DE MI MUERTE

Fue tal como lo había deseado.

La noche de verano,

los pies sobre el banco,

el cuerpo en la reposera, tomando la forma de la lona,

la boquilla apretada entre mis dedos con sus hilos de humo.

Tenía doblado bajo la nuca el brazo izquierdo

y el derecho, la columnilla rojogris hacia lo alto,

apoyado el codo en la madera.

Desde lejos, las estrellas golpeaban con sus nudillos en mis ojos.

Entonces el espacio aspiró con fuerza y contuvo el aliento.

La inmovilidad sujetó sus espasmos en la copa de los árboles,

la casa vertical fue un panal de abejas en el aire.

El poste de la luz, en cruz, cruzó los brazos.

Apareció en el cielo el sol, sin contradecir, amable, la lenta noche,

y sonrió el creciente de la luna con un sarcasmo bondadoso.

Pensé que no era decoroso seguir con los ojos abiertos ante tanta belleza,

y bajé los párpados.

Sin impertinencia,

con suavidad,

la boquilla se desprendió de mis dedos.

EL EDITOR AGRADECE AL ILUSTRADOR DANTE BERTINI, EL DIBUJO QUE ACOMPAÑA ESTA CRÓNICA QUE FUE REALIZADO ESPECIAMENTE PARA HOJAS DEL ABANICO.
BERTINI, SIENDO MUY JOVEN, TRABAJÓ EN LA DIAGRAMACIÓN DE LA REVISTA MITOMAGIA Y RECUERDA CON PROFUNDO AFECTO A ROGER PLA.