"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila" Mariano Moreno

jueves, 28 de mayo de 2015

RAMÓN DOLL: EL MALDITO DE LOS MALDITOS




  “A principios de los 60 conocí a Doll, compañero de luchas de Ernesto Palacio y de los Irazusta, miembro distinguido del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, crítico implacable de la mediocridad intelectual y política. Estaba ya viejo y carcomido por el Alzheimer, y lo encontré en una confitería "La Fe", que estaba, por entonces, en avenida Santa Fe y Junín. Lo cuidaba su hija y, a veces, surgía algún destello de su verba demoledora. Siempre me atrajeron sus trabajos recopilados en libro ("Acerca de una Política Nacional", "Lugones el Apolítico", "Policía Intelectual", "Las Mentiras de Sarmiento") y me tocó prologar uno de los reunidos en el volumen que le dedicó la "Biblioteca Nacionalista". Existe aún una gran masa de material inédito, disperso en diarios y revistas de la época, parte del cual había reunido Jorge Castellani para un segundo volumen de la "Biblioteca", que nunca se publicó. Hay una sabrosa anécdota dolliana que debo a otro gran amigo ausente, Roque Raúl Aragón. Raúl Scalabrini Ortiz venía de publicar en 1933 "El Hombre que está solo y espera". Este gran correntino, Scalabrini, había quedado encandilado por las "luces del centro", por el Buenos Aires bohemio de la época, y creía encontrar en cada varón solitario que mataba el tiempo en un café el elemento germinal del país. Tengo en la biblioteca la primera edición del libro, en cuya tapa dibujó José Sebastián Tallon los rasgos del solitario que espera: son, muy logrados, los del propio Scalabrini. Una noche, en un café, Doll y Scalabrini se cruzan y el primero manifiesta su poca atracción por el libro; Raúl lo desafía a realizar una crítica. Entonces, en "Claridad", publicación socialista, Doll se despacha contra esa búsqueda del "espíritu de la tierra", al que le fija domicilio en la esquina de Corrientes y Esmeralda, propiamente en el sótano del "Royal Keller". Y el implacable gordo decía:


"Chorro grueso de sensiblería, como esos beodos que se abrazan y se llaman "hermanos" al rato de conocerse... chorro grueso de lamentos macarrónicos en notas de bandoneón, cercano al que puede sentir el robusto ciudadano después de una "reunión" en que ha dejado el alquiler de su casa o el pipiolo de 18 años cuando ha perdido Racing... Ya tenemos el substrato afectivo del hombre de Corrientes y Esmeralda: es un pobre mozo sin vida interior alguna, de una vaciedad espiritual casi polar y que de tan vacío se aburre y de tan aburrido, se entristece y de tan triste se va al café. (¡Oh, paño de lagrimas, oh catedral, oh biblioteca y Universidad del hombre!) y allí, en el café, sigue bostezando frente a dos o tres marmotas, tan vacíos... y tristes como él. En los cafés no se aprende nada, ¡desengáñese de una buena vez, Scalabrini!. Esto es una biblia para el zonzaje"

¡Biblia para el zonzaje! Scalabrini (el "Petizo Bernini" Adanbuenosayres, la novela de Marechal) se sulfuró y retó a duelo al gordo. El encuentro fue en la clásica quinta de Delcasse, la "Casa del Ángel", donde hoy funciona un shopping, en el barrio de Belgrano (Cuba y Sucre). Doll era alto y pesado; Scalabrini, petizo y ágil; además, gran tirador de sable, arma elegida para el lance. Raúl, al salir para el duelo, prometió a su mujer traerle las orejas del gordo en un frasco; Ramón, fiel a su estilo, nada le dijo a su familia. Doll sólo sabía parar y presentar; se planta pétreo y aguanta a un Raúl que salta y ataca desde todos los ángulos. El lance se prolonga y, finalmente, Doll resulta herido en el antebrazo. El médico certifica que el desafío no puede seguir. Finale: Ramón Doll meando pacíficamente entre los arbustos, con su brazo vendado; más lejos, Scalabrini mandando al aire una puteada fenomenal, porque la presa se le había escapado y mantenía aún las orejas pegadas al cráneo. La historia cuenta que, aunque ese día no hubo reconciliación, al final fueron amigos.”

  Este texto que pertenece un fiel amigo de Ramón Doll (1896-1970), nos muestra de cuerpo entero como era ese abogado, periodista, ensayista de piel y hueso socialista. Cuando se dividió el Partido Socialista, se fue con los "socialistas independientes" (Antonio De Tomaso y Federico Pinedo), pero luego retornó al socialismo de Repetto. Más tarde, en 1936, se incorporó al nacionalismo.

  Julio Irazusta lo consideraba un precursor de las ideas del nacionalismo. En 1937 apoyó intelectualmente a la Alianza de la Juventud Nacionalista, que en 1941 cambiará su nombre por el de Alianza Libertadora Nacionalista. De entrañable vocación periodística, fue una de las plumas mayores de Nuevo Orden, que dirigía Palacio entre 1940 y 1942, de La voz del Plata, cuya dirección recaía en Rodolfo Irazusta, entre 1942 y 1943 y también del semanario peronista Política, conducido por Ernesto Palacio hasta 1946.   A partir de 1938 fue colaborador de la revista del Instituto de Investigaciones Históricas "Juan Manuel de Rosas".
 


  En 1939 se publica un libro clave de su autoría: Acerca de una política nacional, donde critica al liberalismo argentino, especialmente a la generación que elaboró la Constitución Nacional de 1853, a la que describe como una minoría extranjerizante que gobernó sin base popular, convirtiendo al Estado en "una especie de gerencia o agencia local de grandes empresas financieras y organizaciones internacionales". Tienen gran vigor en el libro citado sus denuncias a los privilegios de la prensa, especialmente los grandes diarios. También sus referencias a un vicio de la política argentina: el "curialismo" o "gobierno de los abogados".

   Doll apoyó activamente tanto a la revolución del 43 como a los gobiernos peronistas, ocupando cargos públicos. En 1943, el Ministerio de Hacienda de la intervención de Tucumán; entre 1944 y 1945 fue rector interventor de la Universidad de Cuyo; desde 1946 hasta 1955 se desempeñó como asesor letrado de la Fiscalía de Estado de la provincia de Buenos Aires, y asesor letrado de Transportes de la Capital Federal. Su actuación pública cesó a partir de la Revolución Libertadora y fue entonces que decayó su actividad intelectual. A partir de la aparición del semanario Azul y Blanco en 1956, dirigido por Marcelo Sánchez Sorondo, colaboró con artículos fieles a la línea fundamental de su pensamiento.

   En su juventud adhirió al anarquismo y así lo expresa su primer libro, El caso Radowitzky, elogiado años después por Osvaldo Bayer. Posteriormente como activo militante del Partido Socialista fue redactor de la izquierdista revista Claridad, donde comenzó a hacer gala de un estilo desmitificador y mordaz que ponía en ridículo sin retorno a consagrados literatos. De esta época data su agudo análisis de la obra de Ricardo Guiraldes Don Segundo Sombra y su caracterización de la figura de Paul Groussac.
  





   Socialdemócrata en lo político, mitrista en lo histórico y positivista en lo filosófico, son acompañados sus ensayos de un filoso democratismo, al encuentro siempre de un pensamiento auténtico. Confrontando por entonces con La gran Argentina de Leopoldo Lugones, condenó también a la persona de Enrique Ferri por su salto del socialismo al fascismo, camino que el mismo, sin saberlo, trágicamente recorrería.

  Su posicionamiento en 1931 del lado de la derechista, escisión encabezada por Federico Pinedo y Antonio De Tomasso en el Partido Socialista Independiente,  le provocaría cierto replanteo de perspectiva histórica y si bien vuelve al núcleo del partido, al poco tiempo comienza un nuevo trajinar.

   Es por el aporte de interpretaciones del pasado nacional, rescatado por una corriente historiográfica surgida dos décadas después y conocida como "revisionismo socialista", cuyos principales ideólogos fueron: Jorge Abelardo Ramos y Jorge Enea Spilimbergo.


   El itinerario político e ideológico de Doll es bastante peculiar, lo que provoca en el lector que aborda su obra cierta simpatía en su pensamiento inicial y una repugnancia decepcionante al ver la forma en que tan poderoso y profundo  pensamiento se humilla en la reacción desencantada sin vuelo.

   A fines de la década del 30´ la decepción colectiva que le provoca el suicidio de grandes personalidades argentinas, se suma en el caso de Doll al silenciamiento al que es sometido y a su perdida de fe en la transformación social por parte de las masas. Estas pesadumbres lo orientan a refugiarse en  el  Instituto de Investigaciones Históricas. Juan Manuel de Rosas, donde comparte su aislamiento junto a personalidades, antes por él denigradas, propias del nacionalismo patricio, Julio Irazusta y Roberto de Laferrere. Compañías que le harán volcar  sus simpatías en el conflicto mundial hacia las fuerzas totalitarias del eje. Comienza, de esta manera, su decadencia intelectual donde expone descaradamente antidemocratismo, antisemitismo y su, ahora, desprecio por las masas inmigrantes. Su colaboración en pasquines abiertamente reaccionarios y defensores del "Nuevo Orden" como Cabildo y El Pampero nublan definitivamente su aporte analítico, dejando lugar al prejuicio y al insulto propio del resentimiento y falta de esperanza.

  Publica en este marco, a principios de la década de los 40´, dos textos de poco aliento  Del servicio secreto ingles al judío Dickmann e Itinerario de la Revolución Rusa donde expone sin tapujos sus nuevas preocupaciones.

  Fue un bravucón, un peleador, un pedante y autosuficiente que criticaba a todos. Así se despachó contra políticos e intelectuales como Leopoldo Lugones: “Lugones resultó un hombre incómodo en materia política para un pueblo como el nuestro, que sufre inmensas taras educacionales y que está oprimido por un complejo de inferioridad motivado por el enfeudamiento económico al extranjero. Desde hace 80 años se nos viene diciendo que no somos bastante civilizados y que no hemos progresado lo bastante. Que somos indignos de la gran riqueza que nos deparó el destino y que si queremos ser algún día dignos, debemos entregarla aún más al progreso europeo y a la civilización europea. Vivimos humillados.”



  “Ahora, Lugones era un majestuoso cóndor de gigante envergadura que se pasó la vida haciendo maravillosos ejercicio de vuelo, anegándose en el infinito azul. Aquel alarde asombroso de vitalidad, como espectáculo de belleza ha sido genial -solamente su conversación era un poderoso dinamo de prodigiosa energía-, pero en el angosto, limitado y empequeñecido cerco de nuestra realidad política, lastrada por la acción de frenos inhibitorios determinados por nuestro vasallaje colonial, la vista del grandioso y armonioso dominador del aire, irritó. Esta es la verdad. Don Leopoldo tuvo y tiene millares de respetuosos admiradores de su talento, pero eso que se llama arrastre, eso que conquista la magia persuasiva del hombre que concita otros hombres para la minúscula empresa del diario acaecer, eso no tuvo.”

   Tras el golpe de junio de 1943 sus amigos nacionalistas le dispensan algunos cargos administrativos en la órbita estatal, espacio perdido ante el ascenso del movimiento de masas.  A partir de este momento un mutismo ante las nuevas problemáticos nacionales lo encuentran sin tener, prácticamente nada que decir hasta su muerte en 1970.

  En una oportunidad la  revista Confirmando describió a un Doll aquejado por el mal de Parkinson -ésta era su verdadero mal no el Alzheimer-  a quien  tras un portazo desdeña la invitación a conversar expresando; "¡Aquí no vive ningún Ramón Doll!". Refugiado ya en un misticismo de misa diaria y sumamente deteriorado. Un periodista de ese medio conociendo la situación escribió: "Ahora es él quien espera, solo, sin amigos el ultimo acto de su vida contradictoria, agitada por los mismos fantasmas.  Ramón Doll es definitivamente un personaje del pasado”


  Figura olvidada y despreciada por igual por la superestructura cultural que día a día señala a sus figuras de cuño liberal y/o progresista, Doll ostentaba una sagacidad literaria y agudeza política para señalar nuestra dominación.

  Salvo Norberto Galasso o Alberto Buela, son pocos los que hoy se atreven a estudiarlo o aunque sea citarlo.

   Señaló Norberto Galasso que en 1958 el semanario Azul y Blanco envió un reportero que recogió esta apreciación de Doll refugiado en el ostracismo: "... pido disculpas, pero hay gente que estamos abatidos del todo y para los cuales, ya hoy es demasiado tarde".



Publicaciones

* "Ensayos y Críticas", 1929
* "El caso Radowitzky", 1929
* "Crítica", 1930
* "Reconocimientos", 1931 (Premio Municipal de 1932)
* "Policía Intelectual", 1933
* "Liberalismo en la literatura y la política", 1934
* "Acerca de una política nacional", 1939
* folleto "Del servicio secreto inglés al judío Dickmann", en referencia al diputado socialista Enrique Dickmann, 1942
* folleto "Itinerario de la Revolución Rusa ", 1943
* "Lugones, el apolítico y otros ensayos", 1966 (compilación de Arturo Cambours Ocampo editado por A. Peña Lillo)

Colaboración periodística:

• Revista "Claridad" (socialista) como Redactor en los '30

• Periódico " La Vanguardia ", años '30

• Semanario "Señales" 1935-1936

• Periódico Nuevo Orden, que dirigía Ernesto Palacio entre 1940 y 1942

• Periódico La Voz del Plata, dirigido por Rodolfo Irazusta entre 1942 y 1943

• Periódico "El Pampero", de Enrique P. Osés, por mitad de los '40

• Revista "Nueva Política" que dirigía Juan Pablo Oliver, en los '40

• Revista "Cabildo" en los '40

• Semanario Política, de Ernesto Palacio (peronista) hasta 1946

  “A mi generación le han faltado críticos, porque los universitarios que hubieran podido serlos, se dedicaron a la cátedra acaso un poco asqueados de nuestra producción. No es posible hacer crítica sin dominio de eso que se llama cultura general y que un bachillerato bien trabajado es condición sin qua non para obtenerla. Un novelista o un poeta pueden vencer sin organización de ideas; un crítico, no. La falta de cultura universitaria es una gravísima dificultad para la crítica, sin decir que sea insalvable. Yo recuerdo el caso Julio Fingerit, audaz macaneador (y uso el término con toda propiedad; no puedo sustituirlo) que tuvo la osadía de presentarse como preceptor del arte de novelar, creyendo que el barullo, la incoherencia, la oscuridad, podían ocultar su escolar preparación. Sostengo que Fingerit era el primer engañado, creyendo que eso era una visión profunda del arte y el engaño era hijo de su deficiente autodidactismo. Un cursillo de preceptiva literaria en el 4to. Año del nacional, ligeramente realizado, hoy mismo lo haría enrojecer de vergüenza a Fingerit, ante la obra crítica.”

  “La generación que nos viene siguiendo, muchachos ya de 20 a 25 años, trae un elenco de críticos universitarios, estudiantes de filosofía y letras, de derecho, de medicina, en los que me parece observar una saludable repugnancia por mucho charlatán de café o de pasquín, de que nuestra generación adoleció. Enrique Anderson Imbert, José Bianco (hijo), Lisardo Alonso, León Ostrov, Enrique Mallea, Ignacio Anzoátegui, todos siguen o han terminado sus cursos en la Facultades, son inteligentes, pueden reírse de la sabiduría oficial…porque la conocen, y ¡cuidado!, pues vienen con odio a la pasquinada, a la improvisación periodística, a la polémica de la mesa de café, a la ignorancia agresiva, que fueron los dones de nuestra generación en materia de crítica.”

  “Y para la generación llamada nueva, no es ya la hora de estudiar, sino la de haber estudiado…”

Algunas notas sobre la crítica. 1933






  “Si el “Facundo” es biografía, novela, epopeya, historia o novela histórica o historia novelesca, ha preocupado como es lógico, a muchos críticos. En general, se ha resuelto que es todo eso mezclado y en definitiva, podría decirse que es un antecedente de las biografías noveladas puestas en boga en estos últimos años. Sarmiento suplió las omisiones y las miopías históricas, con formidables intuiciones estéticas, y estas intuiciones, mentiras científicas, pero verdades artísticas. Dieron al libro estilo y grandeza que sobreponen a los errores o prejuicios o anacronismos de que hemos hablado.”
  “La calificación estética es un asunto superficial”.

Las críticas del Facundo / La calificación estética del “Facundo”.

  “Si se reparan estas y otras críticas sobre el “Facundo”, se observa que todas incurren en el error de juzgar el libro por su contenido, por lo accidental y transitorio, material que utilizó Sarmiento para dar forma a una idea: la de que la vida argentina se desarrollaba como un flujo y reflujo de corrientes nacionales, autóctonas y corrientes extranjeras - entre la vida irracional, instintiva, vegetativa y la influencia de lo racional e imitativo que imprime Buenos Aires, sus “élites” dirigentes y pensantes al resto del país.”
  “Haber animado con personajes que puedan sustituirse en cualquier momento histórico, ese ritmo dramático de nuestra historia, es el mérito de “Facundo”.”

   “Todo lo demás, los juicios de valor sobre este o aquel concepto nacionalista, sobre si el gaucho era malo o bueno y sobre tal o cual bando político, no es lo permanente del libro que quedaría, siendo inmenso, si pusiéramos sí, donde Sarmiento dice no, o blanco donde dice negro. Pero haber bosquejado los antagonismos dramáticos que explican la dinámica de la historia argentina, es la gloria de Sarmiento.”


La significación argentina de este libro.

jueves, 30 de abril de 2015

VIVIANA GORBATO: NOCHE TRAS NOCHE



  El periodismo de investigación, considerado en la mayoría de los casos como una forma concreta y descarnada de presentar hechos asociados con la corrupción, acontecimientos políticos, sociales y culturales demasiado oscuros, historias mafiosas y entretelones farandulescos ligados al poder y al dinero; desnudó a través de esa plataforma una imagen que los comunicadores han utilizado hasta el hartazgo, mostrando ese submundo residual  no siempre lleno de felicidad. En ese camino donde se entrecruzaba la militancia partidaria y la denuncia vana, las editoriales tuvieron un período de esplendor desligadas de la pulseada con los autores de ficción. Entre el ensayo de denuncia y la crónica despiadada, este género fue encasillando temas de actualidad que el lector necesitaba conocer alejado de la certeza bíblica de los matutinos o las revistas semanales. El periodismo de investigación en Argentina, según el profesor Dafne García Lucero… “es explicable desde las implicancias que trajo aparejado un gobierno dictatorial (1976-1983), lo cual generó y -lamentablemente- propició una prensa de la dictadura. Esto entendido en dos sentidos en franca oposición: aquella prensa que apoyó el régimen y aquellos otros medios que desde sus páginas (no siempre publicadas) la cuestionaron y enfrentaron.

  Esta situación hizo que se ahondara aún más el descreimiento de la gente en los discursos, sean estos de la índole que sean, incluyendo los periodísticos.

  A su vez, parte de la prensa de la dictadura originó la denuncia y el claro posicionamiento ideológico por las empresas periodísticas y de los trabajadores de los medios, los periodistas.

  A esto se acostumbró el público: a leer denuncias y a buscar en los medios lo que desde el poder se intentaba mantener oculto.

 La apertura democrática en 1983 significó una revisión de la historia argentina, donde se intentó aclarar y conocer los hechos, pero también llegar a las pruebas de los mismos. Cito por caso, el juicio a la Junta Militar, la difusión masiva a través del Informe "Nunca más."

 ¿Cómo incorporó la población argentina el hecho de haber estado expuesta durante años a mentiras? Es un interrogante que excede este trabajo, pero indudablemente esto tuvo hondas repercusiones en el concepto de lo verdadero y de lo que se define como noticia.

  Aquí, se podría afirmar que la única respuesta para la prensa era un descrédito cada vez mayor.

 Pero, en el marco de instituciones jurídicas y políticas corruptas que no parecen haber llevado a cabo una revisión y superación de sus errores y omisiones, el periodismo argentino se erigió como el discurso social más creíble, en un marco claro de discursos no creíbles.

 ¿Es que, acaso, el periodismo hizo una revisión de sus actitudes y posicionamientos durante la dictadura? Creo que no. Entonces, ¿cómo fue posible que el periodismo fuera y siga siendo el discurso más creíble?

  Tal vez porque se rescató y mostró aquella parte de la prensa que enfrentó a la dictadura, la línea periodística de la denuncia, o tal vez, porque la gente nunca dejó de creer en lo que decían los medios: ni en los ’70 ni en los ’80 ni en los '90. Puede ser, pero sinceramente, la teoría de un receptor pasivo es muy difícil de sostener.

  Es más probable sostener que a pesar de no haber revisado sus responsabilidades y exponerlas públicamente, el periodismo se abocó a la tarea de superarse y de adaptarse a nuevos tiempos.

  El periodismo es una consecuencia de la modernidad: tanto por su apego a la verdad, como por su creencia en la objetividad. Pero, sobre todo, lo es, por presentar la realidad bajo la forma de noticia, descontextualizada, aunque con una apariencia de totalidad.

  En la actualidad, en el marco del desencanto y el fragmento, dentro del campo de los medios de comunicación, aparece el periodismo de investigación como un intento y una necesidad de reconstrucción de un discurso completo. Esto, se intenta con el aporte de un elemento fundamental: las fuentes de la documentación. A partir de aquí se busca completar el discurso periodístico y suplir las limitaciones de la objetividad. Gracias a la exposición de las fuentes se incluye al lector en el proceso de comprensión de los hechos, mostrándole los indicios y pruebas que el periodista investigador fue recogiendo y relacionando para descubrir lo oculto. De esta manera, se toma al proceso de investigación periodística como vía hacia la comprensión, tal como ocurre con el discurso moderno por excelencia, el científico.

  A su vez, con la exposición de los hechos y fundamentalmente con las pruebas, se mantiene la idea moderna de la verdad como meta.

 Es decir, que el periodismo de investigación puede entenderse como un intento de recuperación de los discursos completos, de los metarrelatos.

 En tiempos de la postmodernidad, se erige como una posibilidad discursiva moderna y al dar algunas seguridades, se torna confiable.

 Esta confianza se ahonda mucho más en un contexto sociopolítico como el argentino, cargado de engaños, desencantos y ávido de certezas y explicaciones”.




  También es cierto que esta forma de presentar las cosas sin maquillaje trajo una renovada mirada sobre cierta prensa hegemónica por donde pasaba la opinión de la sociedad. A veces las tapas de los diarios marcaban el camino a los políticos y los comunicadores se transformaban en verdaderos gurúes o pronosticadores del diario vivir. La elasticidad  de criterios permitió reorganizar una nueva dimensión donde ya no fue tan segura la primera plana de los matutinos y las opiniones sumadas a las críticas dejó paso a la polémica y al disenso.

   Dentro de este  marco de referencia  acudimos a María Seoane quien expresa que  "hubo varias etapas en los libros de investigación periodística - María Seoane,  es la autora de una decena de ellos, como La noche de los lápices y la biografía de Mario Santucho-; hasta promediar la década del 90, fueron decisivos los libros que analizaron y revelaron las razones de la violencia política, tanto de los civiles como luego del terrorismo de Estado durante la dictadura. Acompañaron e hicieron más pleno y consciente el juramento civilizatorio de Nunca Más. Después, llegaron otros, un aluvión de denuncias sobre la corrupción económica y política de la década menemista. Son libros que pusieron palabras a mucho de lo que no se había podido nombrar: muerte, violencia como acción política, asesinato estatal, corrupción, estallido social y político." Seoane entiende que estos libros "alimentaron una conciencia más democrática, ayudaron a creer más en la justicia, en la ley, en las instituciones. Que son bienes -precisa- que debemos regar entre todos, para desterrar la intolerancia y para que nunca más las armas reemplacen la política".

  Prácticamente la totalidad de los especialistas consultados -autores, periodistas, historiadores e investigadores, editores- mencionaron como símbolo de investigador de estas décadas al periodista Horacio Verbitsky y como tomo emblemático, su trabajo Robo para la corona.  De todas maneras la lista sería interminable y en ese aspecto nuestro espacio quedaría acotado.

  Siguiendo con esta línea, nos interesa ocuparnos de una periodista que trajinó este terreno con total dedicación. Viviana Gorbanto (1950-2005) no fue una anónima cronista, su paso por el periodismo dejó para todos nosotros un claro ejemplo de cómo mostrar la cotidianidad sin luces de colores y la mejor demostración es la vigencia de sus notas y crónicas, algunas material permanente de consulta en academias de periodismo o cátedras universitarias.  Tomemos como muestra la que sigue:





EL FANTASMA DE ROSENDO
Entrevista personal de la autora.

  “No Dardito nunca hubiera podido matarlo a Vandor. El padre nunca se lo hubiera permitido”, afirma, presurosamente, Gazzera cuando se lo interroga acerca de esta publicación de El Descamisado. El fantasma de Rosendo y del líder de la Operación Cóndor vuelven a aparecer en ese número del  órgano montonero. En un discreto recuadro se transcribe una carta del lector Ramón Sergio Cegain de Capital dirigida al director de la revista.

  El lector Cegain se refiere a una nota anterior publicada por el semanario donde se dijo que “oficialmente nunca se aclaró el crimen de Rosendo García, Blajakis y Salazar. Sólo el escritor Rodolfo Walsh –basándose en firmes testimonios- asegura que Augusto Timoteo Vandor fue el asesino de Rosendo García”.

  Cegain, a continuación, manifiesta haber leído el “libro de referencia y creo que los testimonios no son suficientes como avalan todas las afirmaciones del mismo. Como el resto de la nota me parece bien fundamentada, desearía saber si el párrafo mencionado tiene en cuenta la gente en que se valió Rodolfo Walsh para hacer el relato y si ustedes están en condiciones de avalar a su vez las opiniones del escritor sobre los hechos ocurridos en la confitería La real, de Avellaneda”,

  La respuesta firmada por el  “El Director”(Dardo Cabo) dice textualmente; “Nuestra calificación de firmas testimoniales refiriéndonos al libro de Walsh, se basan en la propia afirmación del autor del libro y en nuestra nota abarcan únicamente lo referente a lo sostenido por Walsh en cuanto a la responsabilidad de Vandor en este hecho. El resto del libro no es avalado por la dirección de la revista y corre por cuenta del autor del libro”.

  Los que hayan leído el trabajo de Walsh pueden entender sin problemas el sentido de este intercambio epistolar. Para Dardo Cabo, avalar totalmente las investigaciones de “¿Quién mató a Rosendo?”, equivalía a admitir que su padre Armando Cabo era el asesino de Salazar.

  Gazzera sonríe, enigmáticamente, y pide a la autora que se pare. En la pared, muestra orgulloso una carta de Perón dirigida a él donde se alude como correo a Dardo Cabo: “Fíjese lo que le muestro. Dardito no pudo haber sido. Yo me comunicaba con Perón a través de él después de la muerte de Vandor. No, el padre nunca le hubiera permitido que él o uno de los suyos lo matara”.





 NOCHE TRAS NOCHE 
 Fragmento

 Las anfetaminas formaron también parte de la tragedia de la excelente poeta Alejandra Pizarnik, una de las más importantes escritoras argentinas que es objeto de culto de las nuevas generaciones. En la madrugada del 25 de enero de 1972, Alejandra se suicidó tomando cincuenta pastillas de seconal sódico. Es una muerte ritual. Cuando sus amigos entraron a su departamento de la calle Montevideo, encontraron a sus muñecas maquilladas y entre sus papeles de trabajo, un texto perturbador: “No quiero ir más que hasta el fondo”. Fascinada por la imagen de los artistas malditos (Rimbaud, Artaud, Mallarmé), ella había querido construir “el poema del cuerpo con mi cuerpo”.

  Su primer contacto con las anfetaminas no tuvo nada que ver con la poesía. En la década del 50, cuando iba al colegio secundario, todos la recuerdan gordita, con el delantal arrugado y las medias caídas y granitos en la cara. La escritora Cristina Piña cuenta que “a pesar de que ya había empezado a tomar Parobes (remedio para adelgazar hecho a base de anfetaminas), en uno de los bolsillos del delantal guarda los restos de unos adorados sandwiches de mortadela que, pese a la batalla contra la gordura, no puede dejar de comer”. Alejandra no era gorda, sino gordita, pero su lucha contra los kilos de más tenía que ver con un ideal de flacura que luego consagraría a la modelo Twiggy -que pesaba 42 kilos y parecía un chico desnutrido de Biafra- como el símbolo de la belleza femenina moderna.

 Noctámbula empedernida, frecuentadora de cafés tanto en Buenos Aires como en París donde conoció a los más famosos escritores latinoamericanos y europeos, Alejandra Pizarnik abusó de las anfetaminas tanto para sostener su inspiración literaria como para combatir sus crisis depresivas. Pero su inicio en la adicción tiene que ver, como explica Cristina Piña, con su rebeldía frente a ese cuerpo que no condecía con sus búsquedas de belleza y espiritualidad.

 A Alejandra Pizarnik sus amigos la llamaban “La Farmacia” por su adicción a las pastillas. No pertenecía al circuito rockero y hippie, sino a los cafés de la calle Florida, a las reuniones literarias con Silvina Ocampo, Manuel Mujica Láinez, Elvira Orphée, Alberto Girri u Olga Orozco, su gran consejera. Era una marginal exquisita, que se rebelaba contra la sociedad burguesa y se sentía parte de una aristocracia del espíritu.

  Alejandra Pizarnik, como Tanguito y sus amigos, hacía también el culto al no dormir, ya que siempre trabajaba de noche. En 1965, Editorial Sudamericana publica su libro de poema La noche y sus trabajos en donde vuelca todas sus obsesiones.

En la noche, a tu lado,
las palabras son claves, son llaves
El deseo de morir es rey

Alejandra no concebía el amor como mañana radiante o como sol.

Tú hablas como la noche
te anuncias como la sed

Su vida y sus pasiones también tienen que ver con la oscuridad. Se define a sí misma como un puro errar nocturno:

he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos

  Con sensibilidad femenina, su biógrafa Cristina Piña señala cómo la gordura fue su obsesión hasta sus últimos momentos. Ella que siempre se había escondido bajo vestimentas estrafalarias (sweaters y pantalones holgadísimos, tres talles más amplios de los que se correspondían), en sus últimos días solía fotografiarse desnuda o abrir la puerta de casa en bombacha y corpiño para escándalo de sus visitantes. Mostraba su cuerpo, porque después de tantas anfetaminas se había convertido en una mujer delgada, aunque cercana a la locura.

  Alejandra Pizarnik no se puede comparar con Samantha, que con su ombligo al aire, dice por televisión que las “mujeres me envidian porque no tengo pancita”, pero es indudable que existe una relación entre drogadicción e ideales eróticos femeninos que persisten a través de los tiempos y reaparecen bajo distintas formas.

  En mi generación, la moda Twiggy coincidió con la venta libre de las anfetaminas como remedio para adelgazar. Descubro que los narcos vendían cocaína a las adolescentes en los Estados Unidos argumentando que era buena para adelgazar. 

  Actualmente, que se usa la onda cadáver o enferma, cuerpo esquelético y ojeras pronunciadas de tuberculosa como la modelo Stella Tenant, no es raro que la droga top sea el éxtasis, que se vendió hasta los años 20 como remedio anorexígeno.

  Leyendo a Antonio Escohotado descubro que en algunas versiones medievales las brujas no eran horribles señoras de cabellos desgreñados, sino esbeltas jovencitas conocedoras de filtros, ungüentos y pomadas capaces de inducir a trances y viajes hipnóticos. Esos ungüentos eran hechos a base de hachís, flores de cáñamo hembra, opio y solanáceas, hongos y setas visionarias. La piel de sapo, animal preferido de esas damas, contiene una droga llamada dimetilprimtamina o DMT, parienta lejana del actual “éxtasis”. Las brujas no eran saludables matronas, sino flacas anoréxicas que se pasaban la noche adorando a Satán. En vez de ir a las discos, se encontraban en Sabbaths en medio del bosque, pero como muchas adolescentes de ombligo al aire tampoco dormían hasta el amanecer.







MACOCO, EL PLAYBOY DEL SIGLO


 "Para ser playboy hay que tener mucha plata, cultura, amistades, simpatía, decencia y mundo. Los viajes son imprescindibles. Yo me río de los playboys criollos de ahora. ¡Qué van a ser playboys! Son garuferos, garuferos locales".

 "Una carrera de autos cada tanto, y después a emborracharse a 05. ¡Por favor!"- le comenta en una nota Macoco Alzaga Unzué al periodista Alfredo Serra en diciembre de 1967, poco antes de su muerte.

 Para Macoco, un playboy no es tal hasta que no haya participado de un safari africano y desconozca los placeres de dar la vuelta al mundo en el yate de un príncipe hindú.

 Es probable que muchos hoy ni siquiera sepan quién fue Macoco Alzaga Unzué, pero su nombre era ya leyenda en la década del '60. Cuando Alfredo Serra lo entrevista, vive casi de prestado en un modesto departamento de Barrio Norte, en Peña al 3100.

 No es exactamente el departamento de un playboy, o lo que se supone debe ser el departamento de un playboy.

 Es inútil buscar huellas de excitantes batallas contra el sexo femenino: no hay botellas vacías, ni vasos en el suelo, ni colillas manchadas de rouge, ni prendas sospechosas asomando por cajones mal cerrados.

 Los muebles denuncian un antiguo esplendor, aunque los pelos de Isabel, Alicia y Rayita, tres gatas que desde hace un lustro comparten la intimidad del dueño de casa, traten de desmentirlo clavándose tenazmente en el terciopelo rojo de los sillones.

 Cierto desorden aristocrático mezcla pesadas piezas de plata vieja con fotografías amarillentas de hermosas mujeres. Al pie de esas fotografías se lee casi invariablemente "Darling Mac" o "I love you".

 El playboy luce un cuerpo todavía atlético, casi 1,80 m. de estatura, enfundado en pantalones de hilo y una camisa azul con pintas blancas, pelo ralo engominado y ojos celestes continuamente ayudados por anteojos.

 Su fama de play-boy lo llevó a la ruina. Dos tías millonarias, horrorizadas por las andanzas de Macoco en Nueva York, lo desheredaron sin darle siquiera la oportunidad de defenderse.

 "Me perdí dos fortunas en tres segundos, los que tardó el escribano en firmar el nuevo testamento. Lo peor es que mis tías me desheredaron porque leyeron en los diarios norteamericanos que yo me había casado siete veces, cuando en realidad fueron solamente dos.

  Lo que pasa es que en EE.UU. un tipo no puede salir una semana seguida con una mujer sin que todos crean que se ha casado o que se casará con ella".

  Pero no son sólo siete matrimonios los que apuntalan el curriculum de Macoco.

  Por largos años, testigos de la Bs.As. de los años locos han repetido esta historia: "Un día, Macoco fue a Gath y Chaves a cambiar un par de guantes, pero en lugar de entrar caminando y por la puerta, entró en automóvil y por la vidriera. Después, en medio del escándalo, pagó los daños y se fue sin perder el señorío. Lo hizo porque sí, por pura diversión".

  Además otros biógrafos del playboy recuerdan sus picadas frente al hipódromo, que no dejaban dormir al presidente Marcelo T.de Alvear, su amistad con Al Capone, el caso de una rubia que quiso tirarse de cierto piso 25 y otros tormentosos acontecimientos que de algún modo duermen encerrados en polvorientos álbumes fotográficos.

  Su verdadero nombre era Martín Alzaga Unzué y había nacido en 1901 en Mar del Plata, de casualidad porque su padres estaban veraneando allí.

  El sobrenombre Macoco se lo puso su padre cuando era chico, pero años después en un viejo mapa de África descubrió que había en ese continente un lugar que se llamaba Reino de Macoco donde había todavía caníbales. (...)

  Conoció los mejores colegios argentinos y europeos, pero fue prácticamente echado de todos. Cuando dos tías lo dejaron internado en una escuela inglesa, no encontró mejor manera de liberarse que prenderle fuego a medio colegio.

  Gran entusiasta del automovilismo, corrió en importantes premios internacionales. En 1924, conoce al boxeador Luis Ángel Firpo y gracias a él frecuenta a los gánsters que manejan el negocio.

  "Llegué incluso a ser amigo de Al Capone ignorando realmente quién era. Un día, después que muchos amigos me vieron tomando copas con él, uno de ellos me dijo: '¿Vos sabés con quién andás, Macoco? Tené cuidado, ése es el tipo más peligroso de Norteamérica'. También estuve un tiempo con una rubia que era al mismo tiempo amiga de un notorio pistolero. Yo lo ignoraba, y creo que por eso me perdonaron la vida" - le explica con cierta maliciosa ingenuidad a Serra.

  Pasada la época gloriosa del Armenoville, Buenos Aires le parece chata. Entonces va y viene de París a Buenos Aires, como en un tranvía.

  Llegó a hacer cuarenta viajes de ida y vuelta. En los cabarets porteños, hacía cerrar las puertas y él pagaba todo el gasto de la noche. Se llevaba elencos enteros del teatro de revistas a sus aguantaderos.

 Conseguía permisos de importación intercambiando queridas por decretos o reglamentos, ya que era amigo de ministros y embajadores.

 Trajo los modelos más lujosos y la última novedad en coches de carrera. Introdujo los esquíes acuáticos y las primeras lanchas deportivas.

 Viajaba repentinamente a París nada más que para comer con Sarah Bernhardt. Otras veces viajaba a Norteamérica para administrar el laberinto de sus boites.

 Su verdadera fuente de ingresos, le confiesa a Serra, era el Morocco, el club nocturno más caro del mundo.


 "Pero esa historia empezó en 1926. Ese año conocí a John Perona, un ítaloyanqui que empezó como lavacopas y llegó a tener una fortuna.

 Tenía un spaghetti house, una cantina, en la calle 46 de New York. Allí, junto a una ventana, Luis Ángel Firpo comía media docena de platos de tallarines sin respirar, y una multitud lo miraba asombrada a través de la vidriera.

 Nos hicimos muy amigos y al poco tiempo abrimos el Bath Club, un cabaret de superlujo con bar giratorio: de un lado, despacho de bebidas; del otro, con sólo apretar un botón, espejos y bailarinas. Lo hicimos así para eludir las inspecciones de la famosa Ley Seca. Pero una noche de 1928, una banda de gángsters destrozó el club a hachazos porque nos negamos a comprarles su mala bebida".

 De todas maneras, el éxito obtenido los impulsó a seguir incursionando en la noche norteamericana.

 "En 1931, recorriendo la ciudad, descubrimos un local casi derruido que era de un anticuario. Lo compramos, lo decoramos, forramos los asientos con piel de cebra (un impacto increíble) y lo llamamos Morocco. Fue el más célebre y exclusivo del mundo entero. No hubo artista, periodista, millonario, príncipe o rey que no integrara la clientela. Ganamos una fortuna, pero tuve que retirarme porque la ley me exigía pagar impuestos dobles: por mis bienes en EE.UU. y en la Argentina".

 Antes de abrir el Morocco, Macoco Alzaga Unzué fue a un safari al África para cazar las cebras con cuya piel forraría los sillones del club. En el Morocco solían encontrarse Marilyn Monroe y Truman Capote.

 En 1941 Macoco se casa en segundas nupcias con Kay Williams, la más cotizada de las modelos de New York, que posaba para los anuncios de los cigarrillos Chesterfield. Tres años después se divorcian. Ella se casó con Clark Gable, al que Macoco llama " el orejudo".

 Entre sus hazañas, figura haberse traído El Lido completo de París a actuar a Buenos Aires y haber lanzado enanos desnudos por la calle Florida simplemente para divertirse.


 Viviana Gorbato creció en el seno de una familia judía de clase media alta. Cuando era adolescente hizo una revista con sus amigas de la escuela secundaria, formó un grupo de teatro, y ganó un concurso literario por un libro de relatos que nunca publicó. Típica rebelde acomplejada, desafiante siempre para esconder su timidez. Se graduó de profesora de Literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (Universidad de Buenos Aires) y sólo quiso escribir. Obtuvo un General Certificate of Education (Certificado General de Educación) en la Universidad de Londres. En sus primeros años trabajó como redactora publicitaria y posteriormente fue directora creativa en la agencia Johnson, Benton y Bowles. Ejerció como profesora de literatura hasta 1984. Cuando el periodista Jacobo Tímerman (1923-1999) asumió la conducción del diario La Razón, ella le escribió pidiéndole que le permitiera trabajar con él en su medio. Tímerman la contrató. Después trabajó de redactora en el semanario El Periodista de Buenos Aires, y publicó notas y colaboraciones en los diarios Clarín y Página/12, Arca de Sur y  Nuevo Sión. Ejerció la docencia sobre métodos de investigación periodística en la Universidad de Belgrano y en la UBA.







  En Fruta prohibida (2000) recorrió los circuitos de encuentro de los homosexuales, y recibió elogios y críticas; hubo quien cuestionó el libro comparándolo con «un paseo por el zoológico».

  Para escribir La Argentina embrujada... el supermercadismo espiritual de los ricos y famosos (1996) se infiltró en la secta Escuela de Yoga de Buenos Aires con la excusa de escribir un libro a favor del líder, Juan Percowich. El libro trató sobre mentalistas y gurúes y su influjo sobre figuras de la política y el espectáculo. Fue momentáneamente prohibido por un juez ante la demanda de una directiva de una escuela de yoga que aparecía fotografiada. Cuando el libro empezó a ser vendido en toda la Argentina, el juez porteño Luis Alberto Dupou prohibió a la editorial Atlántida su distribución. Días después, Gorbato participó en el programa Almorzando con Mirtha Legrand, donde expuso el problema de las sectas destructivas en Argentina. A raíz de estas declaraciones, debatió con Claudio María Domínguez ―seguidor de Sai Baba y promotor de sectas en Argentina, como la del pedófilo Maestro Amor― en un programa de espectáculos.

  "Escribí ese libro para prevenir a incautos sobre el fraude y la estafa. Yo digo que es un manual de autodefensa. Chesterton decía: «Cuando el hombre deja de creer en Dios, empieza a creer en todo»".

  Desde 2004, Gorbato dirigía el programa de radio Generaciones en conflicto, en Radio Cooperativa (Buenos Aires), junto con los periodistas Bruno Gerondi y Gabriel Zicolillo. 




 El 10 de mayo de 2005 sufrió una «descompensación grave» en su departamento en el centro de la ciudad de Buenos Aires. Fue asistida por paramédicos del SAME, pero falleció después de las 9 de la mañana. Ese mismo día se afirmó que «arrastraba una enfermedad» desde hacía tiempo.  En 2011, el escritor y sociólogo Juan José Sebreli (1930-) expresó en sus memorias que Viviana Gorbato se suicidó. Esta afirmación le trajo aparejado al autor la crítica de toda la familia de la escritora. Sin embargo, Sebreli concluiría que Viviana, desde hacía tiempo, era dependiente de psicofármacos y eso de la "descompensación grave" obedecía a la saturación de su organismo con drogas. 
  Está enterrada en el Cementerio Jardín de Paz, en Pilar (provincia de Buenos Aires).

  Su obra literaria es la siguiente:

1992: Vandor o Perón. Buenos Aires: Tiempo de Ideas.
1994: Los competidores del diván: el auge de las terapias alternativas. Buenos Aires: Espasa Calpe.
1995: Amor y sexo en la Argentina (en colaboración con Susana Finkel). Buenos Aires: Planeta
1996: La Argentina embrujada: el supermercadismo espiritual de los ricos y famosos. Buenos Aires: Atlántida.
1997: Noche tras noche. Buenos Aires: Atlántida.
1999: Montoneros, soldados de Menem, ¿soldados de Duhalde? Buenos Aires: Sudamericana.
2000: Fruta prohibida. Buenos Aires: Sudamericana.
2000: Vote fama. Buenos Aires: Sudamericana.

viernes, 27 de marzo de 2015

ARTURO CERRETANI: LA BRASA EN LA BOCA






  Para muchos, un excelente guionista; para otros, un crítico teatral del montón. ¿Importa la calificación?. En rigor, ni una cosa ni la otra. Noé Jitrik, Tununa Mercado, Rodolfo Giusti, Alberto Blasi Brambilla, quienes se dedicaron al estudio de su obra,  opinaron que fue  un autor atípico y heterodoxo, perteneciente a la Novísima Generación,  quien desarrolló una prolífera tarea en el campo de la tradición realista.
                                                                                                                                                                                                                                                                                
                                                                                                                             

  Cerretani trabajó durante muchos años como crítico literario y teatral en el diario La Razón. Publicó variada obra literaria: cuentos, novelas, obras teatrales, textos radiales, además de participar en la creación de quince guiones para el cine.

  A los 28 años obtuvo el Primer Premio Nacional de Teatro por la obra La mujer de un hombre, reconocimiento que le fue retirado semanas después por considerar la Iglesia que se trataba de una obra "inmoral". Decepcionado  se dedicó a la narración.

 Arturo Cerretani (1907-1986) encaró un rumbo personalísimo alejado de escuelas y grupos literarios logrando enorme originalidad en sus textos; tal  vez este sea su rasgo esencial, porque tuvo que transitar por caminos y senderos de difícil acceso, siempre sorteando obstáculos para alcanzar sus fines. Aquella Novísima Generación tenía todos los matices de un vanguardismo que como tal se chocaría con un esquema armado al que sólo la buena letra pudiera modificar. Lo “nuevo” debía ser distinto para superar la crisis y cambiar eso de “la vieja generación produce solo esporádicamente”. Ellos mismos sintieron que estaba probada su existencia por “la timidez y la sencillez de que hacen gala sus adeptos”, aunque esto sólo no alcanzó para ser vanguardia, había que demostrar ante la crisis, la realidad de un cambio, y en ese desafío Cerretani estaba comprometido.

   La obra de Cerretani debe estudiarse con cierto cuidado y necesariamente entender que fue una tarea desdoblada porque obligaba a separar su elaboración como narrador y autor teatral. El escritor inició su carrera aferrado al cuento, género del nunca se desprende. Él mismo reflexionó que el cuento constituye  un estado de ánimo, un acontecimiento, puesto en evidencia a través de una acción que se desarrolla ininterrumpida y vehementemente.





   Alberto  Blasi Brambilla al referirse a su trabajo literario expresa que “Si el escritor es el hombre que escribe y del cual no pueden nunca separarse ambos términos, la tarea que realiza al recorrer el camino que media entre la génesis de la obra y su desvinculación final de la misma, es el trabajo literario, su trabajo. Dicha tarea no es fácil de explicar; es diversa en cada uno de los momentos por lo que transita la obra.”

  “En Arturo Cerretani la narrativa se realiza mediante un largo juego de integraciones en un método que podríamos calificar de espiral. La gestación de una idea que pueda ser trasladada al plano de la narrativa se brinda en un momento cualquiera de su vida, por aquella vieja teoría que nos dice que la existencia no admite planos biológicos de separación entre uno y otro de sus aspectos esenciales. Pero la producción de una narración, no tiene en él el carácter de exclusiva actuación frente a la misma.”

  “…Cerretani reescribe en tiempos distintos lo que concibió en épocas también diversas; suponemos ahora que la tentación de volver a escribir lo ya publicado también existe en él y que, ante lo irrevocable del libro – limitación especulativa de la literatura- emergen nuevos relatos que, imbricándose en los anteriores, resultan su consecuencia lógica. Esta reescrituración, durante la cual agrega situaciones y hasta cambia novelas íntegras, se complementa con la inevitable corrección formal que todo escritor conciente de su arte realiza. Dichas correcciones, en su mayor parte, no incluyen trasposiciones ni cambio de vocablos, para dar con mayor acierto su pensamiento.”

  “…Por lo demás, todo el trabajo literario de Arturo Cerretani está influido por el modo operativo del dramaturgo.”




   Interesa en esta descripción también descubrir al hombre, al ser cotidiano que como observador de la realidad no dejó de lado la ciudad, su gente, el barrio, la familia. Acudimos entonces al testimonio de una carta que su hija  Marcia le envía a Arturo Blasi Branbilla y que este publica en  su libro dedicado al autor:
                                        
                             Buenos Aires, diciembre 13 de 1963

Estimado Blasi:
      
    < Me pide una de las cosas más difíciles que se le puede pedir a un hijo, y es que escriba sobre el padre “como lo ve”, “como persona”, algo que éste va a leer.
   
     En parte es un alivio hablar de papá como persona, porque confieso que desde el punto de vista de hija no lo vi nunca como literato. Como lectora objetiva si, y soy capaz de una tremenda objetividad, lo he leído, lo leo, y lo admiro como a muy pocos escritores (si me pusiera a hacer nombres, él -que además de orgulloso es modesto- no me lo perdonaría nunca). Pero le decía que para mí, papá nunca fue un escritor de prestigio: fue un padre, “mi papá” (con todo lo que la expresión puede tener de sentimental y ridícula a nuestra edad), un padre del que pude jactarme siempre ante mis amigos y a toda edad, pero siempre como persona, no como escritor.

     Debe haber sido mérito que nunca lo viera como “hombre de letras” sino más que nada como amigo. Y amigo de veras, con el que pude agarrarme a patadas más de una vez -de igual a igual- y terminar como si nada.

     Ya que hablo de peleas, aprovecho para decirle los defectos de papá, uno detrás de otro, después de plantarme durante tres días la duda de si debía hablar solamente bien (me parece cursi) o contarle verdaderamente como lo veo. Y bien: papá es arbitrario (pocas veces, pero cuando lo es, lo es en grande), susceptible (mucho, casi podría decir quisquilloso). Y nada más Blasi, antes hablé de orgullo, pero es un “orgullo Cerretani” que nos viene desde mi abuela (que nosotros sepamos) y es tan de tipo infantil y al mismo tiempo mezclado con la más ingenua modestia, que uno puede preguntarse si es orgullo verdaderamente o alguna otra cosa no calificada ni clasificada todavía.
 
       Con respecto a lo bueno, y después de meditarlo, lo arriesgo al ridículo. Y es porque pienso que nada puede mostrarlo y más que mostrarlo, hacerlo intuir por el que quisiera y pueda mejor.

        Un amigo que no es escritor, un hombre con los pies bien puestos sobre la tierra, comerciante sin nada de romanticismo, le dijo un día: “Cerretani, usted tiene algo de ángel”.  Y ahí está lo ridículo: un hombre de cincuenta y pico de años, con toda la barba, y que sea un ángel en parte. Pero es la verdad y por eso lo arriesgo a la sonrisa y me arriesgo a sus iras. Puede decirse que no conozco a nadie del tal fundamental inocencia, ni tan profundamente bueno como mi papá. Pero bueno de veras, y eso no quiere decir que dé limosna a mendigos, se enternezca con los niños, o llore ante las injusticias de la vida. Ser bueno desde adentro y con todo, se me ocurre a mí que es otra cosa y que usted lo va a comprender: un hombre que no tiene malicia, que no dice ni entiende la doble intención, que a fuerza de patadas aprendió a no confiar en la gente, pero con una honestidad en la que puede confiar cualquiera. ¿Pureza de palabra? Y bueno, debe ser eso nomás. Y si no es cierto que usted y mi padre me lo demanden…>





    Carlos Sforza, su amigo personal, lo recuerda a Cerretani de esta manera:              
 
  La amistad con Arturo Cerretani nació en la década del sesenta del siglo pasado gracias a la mediación del poeta y cuentista Luis Gorosito Heredia. En su correspondencia se manifiesta amigo, y en una de sus primeras cartas me dice “Permítame que le llame amigo”. Él, escritor ya consagrado, me ofrecía su amistad.

Sus narraciones

  Recuerdo que mi lectura primera de una novela de Cerretani fue su Retrato del inocente  publicada por Emecé en 1960. Tengo en mi biblioteca el ejemplar que me envió con una laudatoria dedicatoria en 1963 cuando yo pisaba los treinta años de edad. Esa novela, que comenté en su oportunidad, motivó una carta del autor a raíz precisamente de mi nota, y en ella Arturo me dice entre otras cosas: “(…) No voy a encomiar su penetración del libro, porque en última instancia me estaría ensalzando yo mismo por su conducto. Sepa solamente que la suya es una comprensión que conmueve al comprendido y lo deja agradecido por un rato largo, además de compensado con motivo de una cantidad de sinsabores (…)”.

   En 1944 Cerretani había publicado la novela El bruto con prólogo de Walter Santini en Los libros del mirasol. El prologuista dice que en la obra “(…) es factible sorprender la presencia constante de un extremado equilibrio rítmico, el que habrá de manifestarse, sin mengua alguna, en todas las situaciones, así como también en cada una de las actuaciones que se sienten obligados a realizar cada uno de los seres novelados”. Este libro obtuvo el premio Municipal de Literatura y la Faja de Honor de la SADE.

   En 1956 apareció en ediciones “doble p” su novela La violencia. En la solapa de esta obra, Carlos Prelooker sostiene que el libro “(…) no es solamente una novela de perdurable belleza. Es un clamor y un grito profundo. Una crítica acerba a lo que somos y aparentamos ser”. En la novela, el ultraje a Mara perpetrado por tres turbios personajes, es una muestra acabada de lo que puede llegar a consumar la bajeza del ser humano.

   En 1960 publicó La puerta del bosque (Editorial Goyanarte). Esta es una novela en la que los personajes exponen los lineamientos de la historia. Está presente en ella el mal. Y fracasa la lucha contra él “porque en el fondo implica un ataque a la vida, a la existencia física y metafísica del hombre”.

  En 1965 publica una de las grandes novelas sobre el Buenos Aires de la primera postguerra: El deschave. Allí Cerretani despliega su conocimiento de lo porteño, de la zona del puerto, del bajo, que hace posible que surgiera esta excelente obra. La vida orillera en los bajos del mítico Paseo de Julio, la situación ya lastimosa de la diezmada población negra y el típico personaje porteño: el guapo. Y en éste, el novelista muestra la revelación de una “sustancia espiritual inesperada” que es precisamente lo que da título a la novela: el deschave.




   En Editorial Galerna publica en 1967 una nouvelle: Un parque a la vuelta. Breve obra narrativa, con un estilo característico e impuesto del autor, en la que aparece, a través de los ojos de un joven, personajes que pululan en Buenos Aires.

   En 1977 publicó en Castañeda (en la misma colección en que apareció la primera edición de mi libro “De casas y misterios”) la novela Misterio de Beata Faragó, en que nuevamente el puerto de Buenos Aires y sus gentes, son retratados con sagacidad y excelencia por el autor.

    En 1983, por la Editorial de Belgrano, publica Pequeña suite. El personaje de esta narración es Pedro Ulrico Fontana Foá quien es conocido por las iniciales de sus nombres: PUFF. Desde esa expresión surge la personalidad del protagonista. Precisamente las aventuras o desventuras de PUFF sirven a Cerretani para mostrar facetas del ser humano, que esquematizadas o estiradas en Pedro Ulrico, corresponden a muchos rostros del ser humano En el personaje late el hombre en soledad. La obra la arma el autor con escenas divertidas, con verdadero juegos del lenguaje, con un acertado manejo de las situaciones creadas.

    He querido recordar algunas de las novelas y nouvelles de Cerretani para dar una muestra de su labor incansable de escritor. Podría agregar su Confesión apócrifa, La brasa en la boca (que mereció el Premio Nacional mencionado), La viaraza. Matar a Titilo.




   Como autor de obras de teatro, Cerretani publicó varias. Entre ellas La mujer de un hombre que mereció ser recomendadas para el Premio Nacional en 1940 y que, cuando no, por razones políticas y/o ideológicas fue objetada por el Ministro de Instrucción Pública y el autor desposeído del lauro. La casa sin dueño mereció el Premio ARGENTORES. En Tres dramas y un cuarto.  Cerretani publicó en 1964, en Ediciones SER, La casa sin dueño, La mujer de un hombre, La zona de sombra y La salud del viajero. Tengo a la vista los libros de Arturo Cerretani que ocupan un lugar de privilegio en mi biblioteca. Y el que reúne sus obras de teatros, lo abro y encuentro, con su infaltable tinta color verde, la dedicatoria que me hizo el autor: “Para Carlos Sforza estos Tres dramas y un cuarto, con la veterana admiración de A. Cerretani”

     Noé Jitrik reflexiona puntualmente: ¿Qué determina el estilo de un escritor?
Si "el estilo es el hombre", lo que determina el estilo de un escritor es lo que determina una subjetividad; en otras palabras, una confluencia compleja de factores a partir, desde luego, de una personalidad en la que ha incidido la pertenencia a determinado medio cultural, familia o clase, una lengua con sus particularidades, una decisión de escribir que no es fácil de explicar. Todo eso junto confluye en una mano que orienta su imaginario de una manera propia, que puede ser inconfundible, aunque también existe lo que se llama "estilo de época" y aún "estilo nacional", términos que permiten agrupar escritores cuyos estilos personales son diferentes.
 Un nombre que me parece que ha desaparecido del campo de atención de la crítica y de los lectores cultos en general es el de Arturo Cerretani, con una obra de primer nivel que tiene títulos como La violencia o La viaraza.




El deschave (fragmento)

I.- [...] Me convertí en escritor con el desparpajo de quien hace de sí un coleccionista. Primero, las maravillas del mundo me deslumbraron; y después, cuando tuve participación en ellas, fue también como si quedase segregado y dado a la contemplación de mí mismo en el acto de participar. Tengo anotadas paredes en mi archivo, hucha de ahorrador. Manos, caras, dedos, tales, pasos, piernas, dorsos, torsos, acciones y visiones. Y además las relaciones: una pared y otra, una persona y un papel floreado, una palabra contra otra palabra. Y de adehala los conflictos: esto contra aquello, y el todo enfrentado con lo de más allá. Mi tarea es de esa clase. A ratos pienso que el trabajo de escritor consiste en retener la propia vida y la vida de los demás y en estimar las relaciones; y que luego consiste en dejar correr las aguas por debajo de los puentes.

II.- [...] Es en estos ajetreados años cuando me doy el lujo de propalar a la marchanta, y con las voces de mi ciudad por cabal instrumento, bien o mal dichas, con justa o con bronca gramática, hombres con un clavel en la boca y, a raíz del clavel, pasablemente inmortales. Lirio no entiende, pero yo embalado voy al borde de su oreja matosa y le grito que lo importante es contar el cuento.




Retrato del inocente

Capítulo 1
  Se que a una hora desconocida del anochecer encarrilaron los vagones del corte de carga donde yo había hallado refugio. El convoy empezó a rodar y a rodar y, cuando quise adormilarme en un rincón sembrado de forraje con mi lindo animalito aprisionado contra el pecho, resultó que ahí adentro se encontraba también por lo menos dos sujetos. No habíamos llegado aún a Pagalday (primer apeadero luego de Pueblo Llano) cuando los vi encender un  cabo de vela y disponer el naipe para el juego. Me asusté, no voy a decir que no. Al principio, al verlos, tuve todo ese temor agarrotado en manos y piernas. Luego mi compañero y yo nos acostumbramos a esa luz de velorio, a las sombras movedizas y a esas cara puro pelo y grasa rubicunda de individuos sin gran malicia, capaces en la vida de marchar de un lado a otro y de hacer el mal sólo sin querer y de tarde en tarde.
 
    -No sea pazguato, ¿quiere?- debí susurrarle a mi Landrú querido cuando por momentos alzaba las orejas engarabitado y amagaba en maullido de alerta que podía echarlo todo a perder.

     Terminamos por adecuarnos al modo de suceder las cosas y por dormir lindamente y sin ser molestados mi Ladroncito y yo. Los linyeras se sulfuraron en dos o tres ocasiones, e incluso prometieron despacharse al otro mundo recíprocamente, aunque sin vomitar del cinto los cuchillos tamaños tal como esperé que harían. No pasó nada. Dormimos preciosamente, digo, y cuando al cabo de mucho rodar y de dormir como benditos por fin despertamos, fue en esta ciudad y en una estación de ferrocarril donde el tren no terminaba de caber y cuyo nombre conseguí deletrear de acuerdo con la enseñanza de mi abuela Alecirita Viacaba.

    Mis compañeros de viaje ya no se encontraban ahí. Debieron de abandonar el vagón durante el trayecto sin dejar otro rastro sino el forraje removido y un sello de sebo en el entablonado del piso. Una sota de bastos también, por negligencia.

    Leí en descomunal cartel, allá arriba: Constitución, decía en letras de palmo y medio, de acuerdo con la enseñanza de Acirita, buenísima vieja que en los antiguos tiempos tuvo sabiduría para ser entre otras cosas hasta maestra de escuela.

    Recuerdo que ya más de noche no se podía pedir, y que tanto Landrú como yo nos sentíamos despejados. El tenía hambre, creo. Se sabe: siempre tiene. Se le notaba el buche ahuecado en los pelos de la cola como puercoespín, y en la mirada de reproche, serena y ancha, endilgaba en los ramalazos del hambre nada más que para atormentarlo a uno. Me lo afirmé contra el pecho y enderecé con él hacia la parte abierta de la estación. Yo sentía en frío de la ciudad y él en cambio nada más, aparte de su regular apetito de toda hora y momento. Entre los dos formábamos una yunta de extraviados en un lugar turbulento donde no se sabía cómo empezar.




  Arturo Cerretani recibió en 1959 el Premio Nacional de Literatura y en 1980 obtuvo el Premio Sixto Condal Ríos. En 1984 recibió con Diploma de Mérito en Premio Konex.


   Falleció en Buenos Aires, en julio de 1986, a los 78 años de edad.