"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila" Mariano Moreno

miércoles, 2 de febrero de 2011

BICENTENARIO DE LA BIBLIOTECA NACIONAL


MERCEDES ROSAS: LA  ESCRITORA PERDIDA
Juan Manuel de Rosas no era un adicto a la lectura. Sin embargo, tenía respeto por los hombres de la cultura. No se puede negar que para un individuo de las características del hacendado, cierto clima libresco le molestaba, y si a esto le sumamos que en el seno de su familia, la atrevida de su hermana y la iracunda de su sobrina osaron incursionar en el terreno de las letras, complicaba aún más el malestar del político.
Rosas siempre descalificó a su hermana Mercedes por entender que sus apuntes literarios no tenían valor y además los desconsideraba por tratarse de escritos nacidos de la pluma de una mujer. Debemos entender que en aquella época el rol femenino no permitía ciertas licencias y, sobretodo, esto de escribir novelas románticas, tarea solo reservada para la capacidad masculina.


A toda esta tempestad debió enfrentarse Dominga Mercedes Rosas de Rivera (1810-1870) quién firmó su obra María de Montiel con el anagrama M. Sasor. Publicada en la imprenta La Revista, en 1861; un ejemplar único se preserva en la Biblioteca Nacional. La dedicatoria, por sí sola, nos invita a recorrer sus páginas: “Doctor Luis J. De la Peña: me permito dedicarle la novela que publico; es mi primer ensayo; su mérito es muy poco, lo confieso, no está exenta de faltas, pero no temo que sea un juez demasiado severo y que aceptará mi humilde trabajo”.
Cierta prensa prejuiciosa por mucho tiempo se dedicó a desestimar la novela por considerar que el único mérito de su autora era el cercano vínculo con Rosas. En ese terreno, el propio José Mármol, satiriza a Mercedes y se burla despiadamente de las condiciones de la escritora.
Lo cierto es que Dominga durante las temporadas que pasaba en la estancia La Ensenada, se entregaba de lleno a la lectura y escritura, influida por la literatura romántica de la época. De esa preparación surge el esquema de una novela casi folletinesca que muestra la vida y costumbres pintadas por una dama que recrea los recuerdos de su juventud vividos antes de 1830 y cuyo principal protagonista era un oficial que cayó muerto en la batalla de Ayacucho, ese 9 de diciembre de 1824, donde se dio libertad al Perú y también al Alto Perú, que después se llamó Bolivia. La obra tiene el matiz de una recreación histórica, contada desde la tranquilidad del llano y estructurada como un manojo de aventuras y compromisos románticos. Hoy sería lo que llamamos una ”novela del corazón”, adecuada para leer en la playa o en el salón climatizado de un hotel ¿La obra tiene compromiso político? Maria de Montiel no es una obra militante. Sencilla, directa, lenta en muchos pasajes, es un texto propio de la época, una novela melodramática, sostenida con los vaivenes de las luchas patrióticas.


Mercedes tuvo una vida activa. En 1834 se casa con el doctor Miguel de Rivera, destacado médico quien realizó estudios académicos en París con el doctor Guillaume Dupuytren, maestro de cirujanos de la época. En su casa, solía organizar reuniones que con el tiempo tomaron la característica de salón literario, donde un grupo selecto de participantes daba a conocer sus escritos.
Lucio Victorio Mansilla, recordado por su obra máxima Una excursión a los indios Ranqueles, político, escritor y periodista, entre otras cosas, hijo de Lucio Norberto Mansilla, héroe de la batalla de la Vuelta de Obligado y de Agustina Ortiz de Rosas, hermana menor de Juan Manual, tuvo palabras no muy elogiosas sobre Mercedes y el doctor Rivera: “Era mi tío de origen boliviano, descendiente del malhadado Atahualpa, muy moreno; su hermana Marcelina, idem; y mi tía blanca y rubia, muy hermosa, lado por el que no brillaba la cuñada, asaz gorda”. Su hermana, Eduarda Damasia, en cambio, siempre  admiró a Mercedes y a decir de las voces cercanas, era la sobrina predilecta. De hecho su inclinación por las letras nace de la identificación con su tía.
Como muchas de las obras de este período, el reconocimiento llegaría tiempo después. Mercedes soportó el peso de haber sido la hermana de Rosas y  su literatura cargó con esa cruz. Durante el régimen rosista ser rebelde era un desafío. En el caso de las mujeres la historia pasaba por el sistema de sumisión y en este aspecto no había tampoco excusa para la consaguinidad. Señalada y acusada, la “Safo Federal”  perseveró en su intento y en ese camino sus escritos fueron criminalizados. Un soneto partidario la convirtió en objeto de burla en la novela Amalia de José Mármol, provocándole una desazón que años más tarde le recriminó al autor cuando lo conoció personalmente.
Bien vale transcribir Escenas de la mesa, Segunda parte, Capítulo 11 de la obra en cuestión para observar el descrédito del escritor:
  
La señorita de Rosas ocupaba una de las cabeceras de la mesa; a su izquierda estaba el señor ministro de Hacienda Don Manuel Insiarte, y a su derecha el señor ministro de Su Majestad Británica caballero Mandeville, que poco antes había dejado en su casa a Su Excelencia el señor Gobernador, después de haber tenido el placer de verlo en su mesa en el convite diplomático dado en celebración del natalicio de Su Majestad la reina Victoria, igualmente que al señor ministro Arana, que después del banquete hubo retirádose a su casa, algo incomodado del estómago.
En seguida del señor Mandeville estaba Doña Mercedes Rosas de Rivera, y frente a ella su hermana Agustina, teniendo a su izquierda al señor Picolet de Hermillon, cónsul general de Cerdeña; seguían después todas las principales señoras de aquella reunión federal, colocados entre ellas algunos personajes notables de la época, y conservándose los demás caballeros, unos de pie tras las sillas de las señoras, otros formando grupos en los ángulos del comedor.
Frente a la señorita Manuela, en la cabecera opuesta de la mesa, estaba sentado el general Mansilla.
Un silencio, apenas interrumpido por el ruido de la porcelana y los cubiertos, inspiraba un no sé qué de ajeno al lugar y al objeto de aquella reunión, y ponía en conflicto a la parte más crecida de los asistentes, en medio de ese silencio de funerales. ¡Era de verse la pantomima de aquellas señoras esposas de los heroicos defensores de la santa causa, al llevar cada bocado a su boca!
El tenedor se levantaba del plato con una delicadeza tal que parecía entre los dedos el fiel de una celosa balanza, pronto a inclinarse al más ligero accidente. El pedacito de ave o de pastel era llevado a los labios con la misma delicadeza con que una persona de buen gusto lleva a las narices una delicada flor del aire, y los indecisos labios lo tomaban tiernamente, después que los ojos habían girado a derecha e izquierda para ver si alguien notaba el pecado capital de comer cuando se está para ello en una mesa.
Todos los preceptos del catón éranse allí escrupulosamente cumplidos: el cubierto, siempre sobre el plato, y sobre el plato siempre lo que en él se había servido; esperando todos que alguien preguntase, para contestar; y como nadie preguntaba, ninguno de los convidados hablaba una palabra.
Había allí, sin embargo, una dama que comía más libremente que las otras; y era la señora esposa de Don Antonio Díaz, personaje célebre de la emigración oriental que acompañó a Buenos Aires al ex presidente Oribe. Esta señora, madre de preciosas hijas que allí estaban, se entretenía en comerse medio budín, como postre de una piernita de pavo y de una tierna pechuga de gallina, que había saboreado para quitar de sus labios el gusto salado que habían dejado en ellos dos o tres rebanadas de jamón, con que la señora quiso neutralizar el gusto a manteca que había dejado en su boca un plato de mayonesa con que había empezado a preparar su apetito.
Los coroneles Salomón, Santa Coloma, Crespo, el comandante Mariño; los doctores Torres, García, González Peña; los diputados Garrigós y Beláustegui, eran de los personajes más notables que servían de caballeros federales a las damas de la mesa. Pero los coroneles y el comandante especialmente maldecían con toda buena fe al maestro de ceremonias Erézcano, que colocádolos había en aquel lugar en que cada bocado se les atragantaba como una nuez. Salomón sudaba; Santa Coloma se retorcía el bigote, y Crespo tosía.
El general Mansilla, que mejor que nadie conocía la ridiculez de aquel silencio y de aquella tirantez aldeánica, se fue de repente a fondo sobre el flanco de sus federales amigos:
-Bomba, señores -dijo levantándose con una copa en la mano, y con esa gracia y zafaduría peculiares al carácter del entusiasta unitario del Congreso.
Damas y caballeros se pusieron de pie.
-Brindo, señores -dijo Mansilla-, por el primer hombre de nuestro siglo, por el que ha de aniquilar para siempre el bando de los salvajes unitarios; por el que ha de hacer que la Francia se ponga de rodillas delante del gobierno de la Confederación Argentina; por el ínclito héroe del desierto; por el Ilustre Restaurador de las Leyes, Brigadier Don Juan Manuel Rosas; y brindo también, señores, por su digna hija, que en tal día como éste, vino al mundo para honor y gloria de la América.
Las palabras del general Mansilla fueron la mecha, y el pulmón de los ilustres convidados fue el cañón que dio salida a la detonación de su fulminante entusiasmo.
Se acabó el silencio, se acabó la tirantez, se acabó la aldea; y comenzó el bullicio, la elasticidad y la bacanal.
-Bomba, señores -gritó el diputado Garrigós, poniéndose de pie con la copa en la mano-. Bebamos -dijo-, por el héroe americano que está enseñando a la Europa que para nada necesitamos de ella, como ha dicho muy bien hace muy pocos días en nuestra Sala de Representantes el dignísimo federal Anchorena; bebamos porque la Europa aprenda a conocernos, y que sepa que quien ha vencido en toda la América los ejércitos y las logias de los salvajes unitarios, vendidos al oro inmundo de los franceses, puede desde aquí hacer temblar los viejos y carcomidos tronos de la Europa. Bebamos también por su ilustre hija, segunda heroína de la Confederación, la señorita Doña Manuelita Rosas y Ezcurra.


Si el brindis del general Mansilla despertó el entusiasmo en el ánimo de los federales, el del diputado Garrigós despertó la locura dormida momentáneamente en su cerebro. Las copas se apuraron, no quedando una gota de licor, ni aun en la del caballero Mandeville, después de esa amable y lisonjera salutación a la Europa y al trono.
-Bomba, señores -dijo el presidente de la Sociedad Popular, después de haber visto las señas que le hacía su consultor Daniel Bello, que se hallaba frente a él tras las sillas de Florencia y Amalia.
-Brindo, señores -dijo Salomón-, porque nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes viva toda la vida, para que no muera nunca la Federación, ni la América, y para que... y para que... en fin, señores, viva el Ilustre Restaurador de las Leyes; su ilustre hija que hoy ha nacido; y mueran los salvajes unitarios, y todos los gringos y carcamanes del mundo.
Todos aplaudieron federalmente la improvisación de aquel digno apoyo de la santa causa. El mismo ministro británico, como también el cónsul sardo, no pudieron menos de admirar la espontaneidad de aquel discurso, y dejaron los cálices vacíos del espumoso champaña que contenían.
Sólo había una persona que nada comprendía de cuanto allí pasaba; o dicho de otro modo: que no comprendía que en parte alguna de la tierra pudiese acontecer lo que aconteciendo estaba: y esa persona era Amalia.
Amalia estaba aturdida. Sus ojos se volvían a cada momento hacia Daniel, y sus miradas, esas miradas de Amalia que parecían tocar los objetos y descansar sobre ellos, le preguntaban con demasiada elocuencia: «¿Dónde estoy, qué gente es ésta; esto es Buenos Aires, ésta es la culta ciudad de la República Argentina?» Daniel la contestaba con ese lenguaje de la fisonomía y de los ojos que le era tan familiar: «Después hablaremos.»
Amalia se volvía a Florencia algunas veces, y sólo encontraba en la picaruela cara de la joven la expresión de una burla finísima, sin que con eso quedase Amalia más adelantada que antes en sus interrogaciones.
Ni una, ni otra de las dos jóvenes había llevado a sus labios una gota de vino.
Daniel, que estaba en todo, que hacía seña a Salomón, que acababa de hacerlas también a Santa Coloma, que aplaudía con sus miradas a Garrigós, que se sonreía con Manuela, que le enviaba una flor a Agustina, un dulce a Mercedes, etc.; Daniel, decíamos, echó vino en las copas de Amalia y de su Florencia inclinándose entre las dos sillas y diciendo muy bajito:
-Es preciso beber.
-¿Yo? -le preguntó Amalia con una altivez y una prontitud, con una dignidad y un enojo, que hubieran podido despertar los celos de Catalina de Médicis, si esa interrogación hubiera sido hecha en un salón del Louvre, en el reinado de cualquiera de sus hijos, o más propiamente dicho en los reinados de ella.
Daniel no contestó.
Florencia se tomó por él ese trabajo.
-Usted, sí, señora, usted beberá, y beberá conmigo -le dijo Florencia-. Solamente que cuando esos caballeros beban por lo que ellos quieran, muy despacito beberemos nosotras por nuestros amigos... Pero, mire usted, Amalia, Manuela hace a usted señas.
En efecto, Manuela hizo a Amalia un elegante saludo con su copa, que en el acto fue contestado con no menos buen tono por la bellísima tucumana.
-Señores -dijo el comandante y redactor Mariño, que de cuando en cuando giraba sus oblicuas miradas hacia Amalia-: ¡por el grande héroe de la América, por su inmortal hija, por la muerte de todos los salvajes unitarios, sean gringos o nacionales, y por las bellas de la República Argentina! -y los ojos de Mariño dieron media vuelta por delante de Amalia.
Era ya necesario gritar mucho para hacerse oír. Los generales Rolón y Pinedo consiguieron después de grandes esfuerzos el hacer entender su brindis. El coronel Crespo tuvo que ponerse sobre su silla para llamar la atención sobre sus palabras. Pero la voz potente del coronel Salomón dominó de repente la algaraza y dijo:
-Señores, me manda decir la ilustre hermana de su Excelencia nuestro padre, la señora Doña Mercedes, que pida un momento de silencio al entusiasmo federal, porque va a leer unos versos que ha compuesto.
El silencio se estableció súbitamente. Todas las miradas se dirigieron a la poetisa.
La Safo federal daba un papel a su marido, colocado a sus espaldas como era su costumbre.
El marido se resistía a tomar y leer el misterioso canto; y una gresca al oído, pero que parecía ser terrible, furibunda, espantosa, como diría el señor Don Cándido Rodríguez, tenía lugar entre aquellos cónyuges modelo de contraste.
El desamparado papel pasó por fin a las manos de un criado, y de éstas a las del general Mansilla, con un recado de la autora.
El general desdobló el papel; lo leyó primeramente para sí mismo, y luego, y con toda la socarronería tan natural en su espíritu burlón y travieso, se paró con semblante grave, y con el tono más magistral del mundo, leyó en medio de un profundísimo silencio:
Soneto Brillante el sol sobre el alto cielo Ilumina con sus rayos el suelo; Y descubriéndose de sus sudarios Grita el suelo: ¡que mueran los salvajes unitarios!
Llena de horror, y de terrible espanto Tiembla la tierra de polo a polo, Pero el buen federal se levanta solo Y la patria se alegra y consuela su llanto.
Ni gringos, ni la Europa, ni sus reyes Podrán imponemos férreas leyes, Y donde quiera que haya federales Temblarán en sus tumbas sepulcrales Los enemigos de la santa causa Que no ha de tener nunca tregua ni pausa. Mercedes Rosas de Rivera.
La lectura de estos versos originó una sensación en los concurrentes, poco común en los banquetes: dio origen a un temblor general; los unos, como Salomón y su comparsa, Garrigós y la suya, temblaban de entusiasmo; los otros como Mansilla, como Torres, como Daniel, etc., temblaban de risa.
Para las damas federales los versos estaban pindáricos; pero todas las unitarias tuvieron la desgracia en ese momento de ser atacadas por accesos de tos, que las obligaron a llevar sus pañuelos a la boca.
Los brindis se sucedieron luego: todos iguales en el fondo, y casi hermanos carnales en la forma.
Los señores Mandeville y Picolet bebieron también a la salud de Su Excelencia el Gobernador y su joven hija.
Y como tienen su fin todas las cosas de este mundo, llegó también el de la suntuosa cena del 24 de mayo de 1840.
Las señoras volvieron a los salones del baile, y mientras la música y los jóvenes las recibían alegres, y mientras Amalia, Florencia, Agustina, Manuela, etc., fueron sacadas en el acto para unas cuadrillas, alegres se quedaron en el comedor, continuando sus entusiastas brindis federales, los heroicos defensores de la santa causa, que no había de tener tregua ni pausa, según el último verso del soneto de Doña Mercedes Rosas de Rivera.
Fue entonces cuando el entusiasmo subió a sus noventa grados, porque nada hay que dé tanta energía a la expresión de ciertas pasiones en ciertas gentes, como el buen vino, el ruido de las copas y los brindis.
Fue entonces también cuando se vertió una idea, cuya expresión sencilla y reducida a sus términos más precisos, hizo resaltar el fondo de ella, y que se grabara con acero en la imaginación de los concurrentes: esa idea fue de Daniel.
Este joven, después de haber conducido a Amalia y a Florencia al salón, y dejándolas en baile con dos de sus amigos, volvió al comedor, y, tranquilo, imponente podemos decir, se colocó en una cabecera de la mesa en medio del general Mansilla y del coronel Salomón, tomó una copa y dijo:
-Señores, bebo por el primer federal que tenga la gloria de teñir su puñal en la sangre de los esclavos de Luis Felipe que están entre nosotros, de espías unos, de traidores otros, y de salvajes unitarios todos, esperando el momento de saciar sus pasiones feroces en la sangre de los nobles defensores del héroe de la América, nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes.
Nadie había tenido el valor de definir y expresar tan claramente el sentimiento de la mayor parte de los que allí estaban; y, como sucede siempre cuando alguien consigue interpretar los deseos informes de la multitud, cuyo labio no se presta comúnmente a darles vida y colorido con los incompletos recursos del lenguaje, aquellas palabras arrebataron la admiración de todos, cuya aprobación se manifestó espontáneamente con el coro de estrepitosos aplausos que sucedió al brindis de aquel joven que lanzaba ese anatema de muerte sobre la cabeza de hombres culpables ante la susceptible aunque santa Federación, por el hecho de ser ciudadanos de un país con cuyo gobierno estaba en cuestión el héroe esclarecido de aquella época de subversión y sangre, salvajería y vandalismo.
El mismo general Mansilla no creyó ni por un momento que hubiese una segunda idea en el brindis de aquel joven, y en los secretos de su pensamiento admiró la locura de aquella alma a quien las doctrinas de la época habían extraviado tanto y tan temprano.
¡Providencia divina! Daniel, que azuzaba las pasiones salvajes de aquellos hombres; Daniel, que en efecto habría dado los mejores años de su vida porque su sanguinario deseo no se cumpliese en algunos de los inocentes extranjeros que residían en Buenos Aires; Daniel, decíamos, era el hombre más puro de aquella reunión, y el hombre más europeo que había en ella. Pero él quería buscar en esas gotas de sangre la ocasión de que la Francia, la Europa entera descargase un golpe mortal sobre la frente del poderoso bandido de la Federación, para contener de este modo el río de lágrimas y sangre que veía pronto a desbordarse sobre toda una sociedad cristiana e inocente: era la aplicación de esa terrible, pero en muchos casos imprescindible ley de la filosofía y la moral, que autoriza el sacrificio de los menos para la conservación de los más: era un holocausto de intereses individuales en las aras de la salvación general, lo que buscaba aquel joven consagrado con toda su conciencia a la liberación de su patria, y a reivindicar la humanidad tan ultrajada en ella; y buscaba esto a costa de su nombre, a costa de su porvenir quizá; arrostrando el odio de los hombres honrados, y la imaginación de los malvados, que es todavía peor que aquello para los hombres de virtud y de corazón.
Y como todo el que acaba de cumplir un grande, pero penoso deber, Daniel salió del comedor tranquilo y triste; se dirigió al salón y dijo a su prima:
-Vamos.
Amalia notó que el semblante de Daniel estaba algo descompuesto, y no vaciló en preguntarle por la causa de ello.
-No es nada -la contestó el joven-, acabo de jugar mi nombre a la salud de mi patria.
-Vamos, Florencia -prosiguió Daniel dirigiéndose a su amada, que en aquel momento se acercaba a Amalia.

Otro destacado de nuestras letras, nada menos que José Hernández, relata en su biografía: “Yo soy para todos en la ciudad un federal urquicista, para muchos un rosista casi mazorquero, por el  sólo hecho de que mi padre hubiera tenido relaciones de amistad con Rosas. Eran impropios dichos los encasillamientos, yo nunca había sido rosista. Mi amistad con Mercedes, la hermana de Rosas, era una simple relación de familia, pero no una vinculación política.”  
Con respecto a Lucio V. Mansilla, que supo tener fama de fanfarrón y arrogante y a quien nunca Rosas cuestionó, el autor del Martín Fierro expresa sobre él: “A Lucio V. Mansilla lo mandan a detener durante tres meses por el hecho de haber arrojado un guante a la cara de José Mármol, con el agregado de entregar cien mil pesos de fianza para el hipotético caso que Mansilla pudiera atacar de hecho a Mármol.”
Como vemos, en todo momento la sociedad siempre recurre al golpe bajo para mostrar la miseria interna. Después de la caída de su hermano, Mercedes continuó viviendo en Buenos Aires, en su casa de la calle Bolívar. Allí falleció el 20 de mayo de 1870.
María de Montiel permaneció silenciada y al margen de todo análisis literario. Recientemente reeditada por editorial Teseo, con el aporte de la investigación literaria de la doctora Beatriz Curia, la novela vuelve a mostrarse sin ataduras, sin las presiones del momento vivido, sin el señalamiento de un hermano quien nunca quiso  mirar a Dominga Mercedes como escritora.

jueves, 20 de enero de 2011



BICENTENARIO DE LA BIBLIOTECA NACIONAL
LA MIRADA DE CÉSAR AIRA SOBRE LA "AMALIA" DE JOSÉ MÁRMOL

César Aira, uno de los secretos mejor guardados de la literatura argentina, nació en Coronel Pringles en 1949. Desde 1967 vive en Buenos Aires. Es traductor, novelista, dramaturgo y ensayista. En diversos diarios y revistas pueden leerse sus ensayos, breves y sagaces, sobre distintos autores. Ha dictado cursos en la Universidad de Buenos Aires (sobre Copi, Rimbaud) y en la Universidad de Rosario (Constructivismo, Mallarmé), y ha traducido y editado en Francia, Inglaterra, Italia, Brasil, España, México y Venezuela. Es uno de los escritores más prolíficos de las letras argentinas, habiendo publicado más de treinta libros. Su novela "Cómo me hice monja", publicada en España en 1998, fue elegida una de los diez mejores publicados en aquel país.

viernes, 10 de diciembre de 2010




BICENTENARIO DE LA BIBLIOTECA NACIONAL


EL MÉDICO DE ROSAS

La historia es precisa y documentada. Un joven médico devenido en poeta. El silencio lapidario. La muerte que lo transforma en mártir, y una prometida que solo recibe el maletín profesional donde el facultativo guardaba su verdad.
Con estos elementos, el avezado guionista podría armar un texto exitoso para la pantalla televisiva. Sin embargo, la ficción no es tan exacta como la realidad. Los datos corresponden  a la vida  de una de las personas más tristemente olvidadas de la literatura romántica: Claudio Mamerto Cuenca.
Rescatar la memoria oculta es un poco la intención de este espacio que, en su primera etapa, seguirá insistiendo con el recuerdo del Bicentenario de la Biblioteca Nacional y en la acción de sus protagonistas como constructores de una sociedad reflexiva, nacida en medio de las luchas por la identidad de un país en crecimiento.
Hoy “El mártir de Caseros” como se lo conoce al literato, es una figura que  nos acerca  a un momento decisivo  de nuestra patria, donde el tiempo de cambio era una necesidad y el error se pagaba con la vida.

EL POETA EN LA BATALLA

La prometida María Atkins de 19 años, al recibir la noticia, siente una profunda pena y la invade el alivio. Esta contradicción era parte de su relación con el joven médico Claudio José del Corazón de Jesús Cuenca. En aquella época, durante el gobierno de Rosas, se tomó una medida interesante mediante la cual, los graduados en Medicina que habían cursado estudios a expensas del Estado, eran obligados a prestar servicios en el ejército durante tres años o en tres campañas. Los practicantes, por su parte, debían ser empleados y servir en los hospitales por dos años. Esta cláusula fue clave en la vida y  muerte del poeta. Cuenca en su corta existencia siempre mantuvo una actitud de enorme sentido espiritual y moral. Su vocación no la mezcló con la política. Sentía por Rosas marcado rechazo porque, como muchos de aquellos jóvenes, entendía que el progreso del país se agitaba en la idea “socialista” y el caudillo era un hombre práctico, ejecutivo, poderoso y autoritario que no admitía contradicciones, que no se dejaba llevar por ilusiones, por planes sin resultados precisos, lo que hoy llamaríamos un pragmático. Es por ello que la tesis de esa generación insolente no podía acordar de lleno con el hacendado. Esos intelectuales inmaduros tenían sin embargo sus aliados. Aquella asociación se acostaba en las palabras de un Juan Bautista Alberdi ya maduro quien, al final de su carrera sostenía: “no puede haber ciencia, ni literatura, sin completa libertad, es decir, sin la seguridad de no ser perseguido como culpable, por tener opiniones contrarias al gobierno, y a las preocupaciones mismas que reinan en el país”.
Esta forma de protesta obligó en el período de Rosas a una emigración forzada. Conviene señalar que la diáspora tiene característica particulares, porque entre los emigrados se encontraban tanto unitarios como federales. No era un grupo homogéneo. Los proscriptos envenenaban sus protestas con una literatura muchas veces panfletaria y otros entendían su alejamiento como una forma de poner a salvo su persona, sus derechos a la dignidad humana. Cuenca permanece en Buenos Aires. Su destino profesional se inicia el 30 de octubre de 1838, en cumplimiento de aquella resolución que pesaba sobre los graduados. Cinco años más tarde ocupa la cátedra de Anatomía y Fisiología en la Universidad de Buenos Aires. En medio de su actividad docente, ante la vacante que se produce por el viaje a Europa del doctor Ventura Bosch, médico personal de Juan Manuel de Rosas y tutor de la tesis doctoral del joven, Cuenca decide presentarse al concurso del cargo, desafiando al Dr. Juan José Montes de Oca y al médico francés Juan Francisco de Solier, de enorme prestigio. Su capacidad profesional hace que sea elegido el nuevo médico privado de Rosas y Cirujano Mayor del Ejército.


Uno de los méritos reconocidos al facultativo por Juan Manuel de Rosas, en abril de 1851, fue cuando junto a los doctores Manuel Laines y José María Bosch embalsamaron, por orden del hacendado, el cadáver del monseñor Mariano Medrano, una operación que duró cinco días y tuvo éxito por el “nuevo sistema de inyección”, según publica La Gaceta Mercantil.
Cuenca demostraba idoneidad para el cargo, nadie podía cuestionar su tarea y menos pensar que detrás de esta persona se escondía un ser disconforme y obstinado en denostar a su jefe, al paciente que atendía con dedicación exclusiva.
Cuenca escribía y callaba. Su romanticismo tenía el manto de la soledad. Nadie conocía sus versos. Solamente su prometida. Lo curioso es que su obra recién es difundida después de su trágica muerte.  A pocas horas de finalizada la batalla de Caseros y siendo todavía el médico militar del ejército rosista, un grupo de soldados pertenecientes al bando vencedor lo ultiman salvajemente. Resulta interesante recurrir a dos relatos sobre este hecho. Juan E. Corbella en su libro El mártir de Caseros detalla con precisión las horas finales de Cuenca.

…Al término de la Batalla de Caseros queda un bastión: El Palomar. Se encomienda entonces al general César Díaz que atacara. "Desde lo alto del mirador, los jefes del Palomar, junto a los que se encontraba Cuenca, miden la situación y, al comprobar la gran desventaja numérica, resuelven capitular. Se enarbola la bandera blanca y cesa el fuego...Cuenca se dirige a su improvisado hospital levantado a cielo abierto y reanuda las tareas de restañar heridas...con gran sorpresa siente una descarga cerrada de fusilería..."
"La soldadesca de Rosas, haciendo caso omiso de la rendición...esperó la llegada - con fines de parlamentar - de un pelotón de las tropas vencedoras y al entrar éstas les hacen fuego a quemarropa. Disipado el humo se vio el tendal en el suelo. Lo que ocurrió minutos después es inenarrable...Mientras los clarines sonaban ¡A degüello...! se vio a las tropas de Urquiza avanzar y meterse sus soldados por todos los rincones...masacrando a los moradores...El doctor Cuenca, sin perder la serenidad, desarmado y exhibiendo las hilas en la mano, intentó dirigirse al jefe de la tropa asaltante, Comandante Pallejas y, al parecer, se dio a conocer y pidió protección para sus heridos...Por toda respuesta recibió varios golpes de sable; de una estocada fue atravesado y al minuto cayó exánime sobre el pavimento"
En el Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas, número 4, leemos la otra crónica de los hechos:
Ante la proximidad de las fuerzas aliadas, fue nombrado Cuen­ca, Cirujano Mayor del ejército federal. “El día de la batalla instaló el hospital de sangre en el Palomar de Caseros. En momentos en que cumplía su noble y humanitaria tarea, hicieron irrupción en aquel lugar, los jefes españoles al servicio de los colorados uruguayos, Palleja y Larragoristía, los que sin respetar lo solemne de aquel sitio le inmolaron bicoloramente”.


Después de la tragedia, cuando abrieron su saco, encontraron en el bolsillo interno un poema inconcluso, escrito a lápiz, con letra apresurada, que expresaba con virulencia su odio hacia Rosas:

 “Y esto es ni más ni menos lo que ahora
te está, perverso Rosas, sucediendo;
estás en tu expiación, y ya la hora
de purgar tu maldad está corriendo...”

El Dr. Claudio Mejía, compañero y fiel amigo de Cuenca, había sido tomado prisionero por las fuerzas de Urquiza, pero consigue liberarse, recuperar el cadáver de su amigo y el inseparable maletín con la obra poética. Ese tesoro lo entregaría a María Atkins, la prometida del poeta. Misteriosamente, ningún parte oficial dio cuenta sobre de la muerte de Cuenca. Según Juan E. Cobiela, llama poderosamente la atención "el silencio cómplice que hubo de algunos personajes que fueron actores en la toma del Palomar y que bien pudieron... lamentar públicamente la muerte de Cuenca y que no lo hicieron".

Lo cierto es que Claudio Mamerto Cuenca quien utilizó los seudónimos de CC y Un Contemporáneo en varias oportunidades, fue seguramente el poeta de mayor interés en esos años. Su situación particular hizo que celara toda su literatura que fue reunida por Heraclio C. Fajardo en tres volúmenes, en 1861. Oculta en su maletín de médico se encontraron gran parte de sus poemas. Sobresale uno de ellos que es el reflejo de su padecer.

Mi cara


Esta cara impasible, yerta, umbría,
Hasta ¡ay de mí! para la que amo helada,
sin fuego, sin pasión, sin luz, sin nada,
no creas que es ¡ah, no! la cara mía.

Porque esta, amigo, indiferente y fría
que traigo casi siempre, es estudiada...
es cara artificial, enmascarada,
y, aquí para los dos, ¡la hipocresía!

Y teniendo que ser todo apariencia,
disimulo, mentira, fingimiento,
y un astuto artificio en mi existencia,

Por  no poder obrar conforme siento
y me lo mandan Dios y mi conciencia,
tengo, pues, que mentir, amigo, ¡y miento!

Ocho meses después de su muerte, sus amigos trasladaron los restos del médico al cementerio de Recoleta. En la bóveda de la familia descansa junto a su hermana Eulogia.
Resulta sumamente difícil hacer un juicio de valor sobre la personalidad de Cuenca. En su lucha interior el odio y la pasión lo encerraban en una celda de clausura ¿Por qué nunca tomó la decisión de marcharse como muchos jóvenes rebeldes? ¿Por qué calló? ¿Por qué su muerte se embozó haciendo dudar a su prometida sobre el triste desenlace? Existen versiones cruzadas. Para muchos el silencio fue su forma de protesta, una suerte de desafío de poca consistencia.  Se deduce que, hasta es posible, que el propio Rosas supiera que su médico era un traidor. Al respecto, válidas son las apreciaciones del calificado escritor uruguayo autor de La cruz de azabache y recopilador del la obra de Cuenca, quien advierte que “en el mismo campamento del tirano, dos días antes de la batalla de Caseros, Cuenca leía a sus amigos sus últimos versos contra Rosas, y era interrumpido en su lectura por la presencia de éste”.
“Dos días después, era la muerte la que interrumpía el terminar aquellos versos”.
Por su parte, Ricardo Rojas, es uno de los que mejor califica al escritor: “Entre los porteños que no emigraron bajo la dictadura de Rosas sólo hay un escritor a quien podemos considerar como poeta; es el doctor don Claudio Mamerto Cuenca”.
La obra literaria de Cuenca fue reunida después de su desaparición. No podemos quedarnos con la romántica escena de la prometida destrozada aferrando en su pecho el maletín del amado. La joven María Atkins en un último acto de amor, entregó el material literario del médico, al señor Juan Gil, quien lo resguardó por largo tiempo. Años más tarde, se reuniría con el poeta Heraclio C Fajardo y éste agruparía en tres tomos, en el año 1861, todos los textos de Cuenca.
Sin duda, la poesía fue para Cuenca su vía de escape. Sin embargo la pieza teatral Muza marcaría un estilo distinto en su producción. En la edición de la misma, repasamos el texto de presentación informativo y aclaratorio.
Nota del editor
Seguros estamos que nuestros abonados participarán del sentimiento que tenemos al anunciarles que el Dr. Cuenca ha dejado interrumpido el precioso drama Muza en la altura en que termina el tomo segundo de sus obras poéticas. Pero en el interés de que las magníficas escenas que nos han quedado de ese drama puedan ser apreciadas en el teatro, nos anticipamos a decirles que nos proponemos concluirlo próximamente, sujetándonos en el argumento al punto histórico que abraza y a las escenas ya escritas ; aunque también nos anticipamos a prevenir que esta colaboración póstuma, lejos de toda pretensión de suficiencia, no tendrá mas objeto que el de conseguir, dando un desenlace a la obra, que puedan admirarse en el proscenio de su patria los versos del Dr. Cuenca. H.C.F
                                                                                                                                                      Una vez más recurrimos a la valoración de Fajardo para reconocer los valores estéticos del poeta.


Cuenca abunda en los defectos que a Espronceda y Víctor Hugo se reprochan, para que pueda jamás figurar en la primera; su lugar está marcado en la segunda, y por eso lo reputamos, relativamente hablando, el Víctor Hugo del Plata.-En un sentido absoluto, y considerado por sus Delirios del corazón, La expiación recíproca, el drama Muza y algunas de sus poesías líricas, es un poeta de genio y elevación que pasará a la posteridad y que ocupará un asiento en el congreso de las letras, cuando estas tomen en realidad el carácter de república universal -.
Su poesía es de todo tiempo y lugar, y sus Delirios especialmente conmoverán el corazón y encenderán el entusiasmo donde quiera que se encuentre entusiasmo y corazón, donde quiera que se entienda el idioma del sentimiento que es uno en todas partes. Y este carácter de universalidad que reside en el fondo de sus obras, condición sine qua non de inmortalidad, es una de las que las salvaran del naufragio en que el océano del olvido sumergirá casi todo lo que ha producido el Plata hasta ahora.
Sus otras prendas de salvación consisten principalmente en la robusta constitución de su poesía— en la profundidad filosófica y fisiológica del fondo y en la artística elegancia de la forma;—consisten en el profundo conocimiento y en el análisis profundo del corazón humano ; en las bellezas de estilo, en las gracias de dicción, en la unción de sentimiento, en la chispa de pasión y en la música inefable de sus versos, que acreditan además novedad y originalidad en la idea, en la índole y en la rima : rarísimas condiciones en nuestros tiempos de insípidas rapsodias y de imitación servil. Inútil fuera citar: ábrase por donde quiera los Delirios, la Espiación  el drama Muza, y donde quiera se hallará la prueba de estos asertos.- Y téngase por seguro que muy raras son las obras que resisten á esta prueba.
Sobre todas las condiciones que la estética pudiera reclamar, hay en los versos de Cuenca un no sé qué arrobador, un magnetismo irresistible, que, como el fluido imponderable, se siente aunque no se palpa, y que es la atmósfera del genio: atmósfera embalsamada, mágica y embriagadora que deleita los sentidos, sumerge en éxtasis el alma y nos pasea sobre flores sin permitirnos un instante examinar si hay abrojos.
Finalmente un poema enormemente significativo dedicado a Manuelita Rosas.






LA SULTANA
(En el álbum de Manuelita Rosas.)
De perfumes y placeres
Embriagada la sultana,
Sobre alfombras de oro y grana
Díjose al poner la sien
 Qué le falta a mi ventura  
Soi la esclava mas bonita,
La mimada y favorita,
Soi la reina del harén.
Tengo joyas
Mil en mi arca,
Y un monarca
Por galán;
Y a una seña
De mis ojos
Cae de hinojos
El sultán.
Tardo mas en decir quiero
Que en tener cuanto me agrada.
Ni difícil hallo nada
Bajo el cielo, hermoso, azul.
Y al placer de mis caprichos
Un imperio se arrodilla,
Porque soi la maravilla
Y el asombro de Estambul.
Pues espanta
Mi grandeza
La tristeza
Y el afán;
Y de penas
No se cuida
 La querida
Del sultán.
Mi destino hermoso anhelas
Las bellezas orientales,
Mas sin celos ni rivales
La mujer mas feliz soi,
Y en el mundo igual no tiene
Mi ventura sobre humana:
Soi hermosa, soi sultana
Y en un trono de oro estoi
Cuantas bellas
Mi ventura
Y hermosura
Envidiarán
Mas mi orgullo
Las desdeña
Que soi dueña
Del sultán.
Las preseas
Y collares
Por millares
Se me dan;
Y es la suerte
Que mas se ama
Ser la dama
Del sultán.
Respirando mirra y ámbar
Mi existencia se desliza,
Y entre halagos y sonrisa
Se me ofrece eterno amor:
Estasiada en sus deleites
Mi alma está siempre serena,
Y en mi frente de azucena
No hai la huella de un dolor.
Miró acaso una ventana
Y al través de su vidriera
Algo vió que no quisiera,
Pues su lábio enmudeció;
Y una ingrata sombra oscura.
Como nube empaña un astro,
De su frente de alabastro
Los encantos empañó.
Y era joven,
Linda esclava,
Que cuidaba
Vil guardián
Y salía
Con jactancia
De la estancia
Del sultán.

Como tantos otros escritores  en la literatura argentina, Claudio Mamerto Cuenca forma parte de un sinnúmero de olvidados. Revalorizar su tarea es una necesidad que debemos asumir para no caer en la indiferencia y en la creencia falsa de la desmemoria.

Claudio Mamerto Cuenca (1812-1852)
 
Hijo de Don Justo Casimiro Cuenca y de Doña Lucía Calvo, nace el 3 de octubre de 1812. Su verdadero nombre era Claudio José del Corazón de Jesús y no se sabe por qué razón lo cambió por el de Claudio Mamerto.
Hizo sus primeras letras en la casa parroquial para ingresar, a los 16 años, en el Colegio San Carlos que era dirigido por los Jesuitas y funcionaba junto al templo de San Ignacio. Excelente alumno, se recibió de Bachiller con notas sobresalientes y cuatro años más tarde ingresa al Departamento Médico de la Universidad. 
La vida de Cuenca transcurre en pleno gobierno rosista. Ante los ojos de la sociedad, el joven médico se dedicaba de lleno a su profesión y al dictado de su cátedra. Nada dejaba percibir el drama oculto que lo atormentaba por tener que formar parte de los hombres cercanos a Rosas. En su intimidad se desahogaba espiritualmente con su fecunda producción literaria que sólo era conocida por algunos pocos.
Y así, convertido en médico personal y cirujano mayor del ejército de Rosas, volcando en sus poemas sus verdaderos sentimientos -poemas que llevaba permanentemente en un maletín que no se desprendía de él ni para dormir, pues muchas veces lo utilizaba como almohada- encontró la muerte el 3 de febrero de 1852.