"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila" Mariano Moreno

miércoles, 2 de noviembre de 2011



 MUSEO DEL LIBRO Y DE LA PALABRA





HORACIO REGA MOLINA: EL CAMINO DEL SONETO


El siempre mágico mundo del poeta nos acerca necesariamente a un axioma: su obra es su biografía. En el caso de Horacio Rega Molina (1899-1957) la tarea creativa es tan descriptiva, tan declarada y testimonial,  que no podemos escapar a esa verdad que lo proyectó a la búsqueda de lo bello. El tono simbólico que uno advierte en su poética se ve reflejado en una temática directa, sostenida en el eje que hace equilibrar a la realidad cotidiana donde persiste alocadamente el amor mismo y la soledad. El escritor estaba preocupado por mostrar las sensaciones del movimiento, la luz, el color, las sutilezas cromáticas al describir un atardecer en esa ciudad babilónica con individuos sin ternura, donde el ser-real y el ser-ideal eran una fotografía quemada, un blanco y negro sin matices. Como diría su amigo, Conrado Nalé Roxlo: “Rega Molina era un enamorado de la forma vigilada y transparente”.
Se advierte en el poeta una doble visión subjetivada donde conviven su infancia aferrada a la ciudad de San Nicolás y la cartografía urbana de Buenos Aires. En ese aspecto el tono de su poesía es elegíaco y telúrico.
El creador se caracterizó por sublimar el soneto -las piezas más abundantes de su obra-, aunque también una enorme cantidad de poemas formados por cuartetas dan brillo a su tarea. La mayor parte de su poesía está escrita en endecasílabos, en heptasílabos y en alejandrinos. De lo que se desprende que Rega Molina fue un respetuoso de la rima.
Sin embargo, detrás de este hombre de rigurosidad extrema con su trabajo, aparece el otro Rega Molina que bien lo describe  Eduardo Pogoriles: “Era capaz de escribir los diálogos de la historieta El gato Félix en el diario El Mundo, enseñar castellano a los alumnos de bachillerato y anotar de paso -en algún boleto de tranvía- la semilla de un poema. Podía pasearse en camiseta y con barba de tres días por la redacción de El Mundo -donde fue crítico literario por tres décadas- para espantar a una mujer admiradora de sus versos. Era Horacio Rega Molina, un gran poeta argentino que amaba la disciplina del soneto, las bromas pesadas y el campo”.


Es sumamente importante para entender a Rega Molina como así también a todos aquellos poetas que podríamos encuadrarlos entre los años que van desde 1922 hasta 1930 aproximadamente, que las circunstancias sociales, políticas y económicas los hacen aparecer coexistiendo como ciudadanos activos bajo los mismos gobiernos (Irigoyen-Alvear). En su mayoría los decide tomar partido por determinados núcleos que se caracterizarían en los llamados grupos de Florida y Boedo. Florida con su dinámica de suprimir lo anecdótico y sublimar  la valorización de la metáfora y Boedo, insistiendo con su mensaje social y golpeando sobre la temática del marginal y del desprotegido. Es también muy cierto que no todos los creadores se alistaron en las dos tendencias y que incluso muchos, primero militaron en un bando y después aparecieron en el otro. De todos modos, en este contexto, lo significativo fue la evolución y maduración del trabajo literario y la ruptura de cierto lastre declamatorio. En ese aspecto el auge de la poesía logra ventaja sobre otras manifestaciones, esto se debe a que hay en el país y en el mundo un momento de crisis y de confusión de la humanidad, es decir que estamos ante un proceso de “nueva sensibilidad”.
Rega Molina se integró al grupo de Florida junto a Conrado Nalé Roxlo, Oliverio Girondo, Ricardo Molinari, Raúl González Tuñón, Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Norah Lange, Eduardo González Lanuza y al mismísimo Ricardo Güiraldes. También se sumó a los martinfierristas donde estrechó lazos de amistad con Nicolás Olivari, Jacobo Fijmann, Alfredo Brandán Caraffa, Roberto Ledesma, Carlos Mastronardi, Luis Franco y el intimista José Pedroni. Fue compinche de Roberto Mariani, César Tiempo y de Roberto Arlt, a quien despidió con un sentido poema en el Cementerio del Oeste, después de su muerte, representando a sus compañeros del diario El Mundo.
¡Si yo supiera todo lo que sabes
Lo que desde tu muerte has aprendido,
Lejos del canto y las palabras graves,
Fría la boca, inútil el oído!
A tu lado se plasman los matices
De la resurrección y mientras tanto
Te veo en tu centón de lodo y piedra
Acunado por  mórbidas raíces
Riéndote del ciprés y de la hiedra.

“El mono sabio”, como lo bautizaron sus compañeros del diario El Mundo, supo convivir en el ámbito de las redacciones y en la mística de esas calles que lo emocionaban cuando la madrugada lo llamaba al descanso. Ese diario que aparece a fines de mayo de 1928, traería una bocanada de aire fresco al periodismo hermético de La Nación y La Prensa. Una cofradía de audaces periodistas hizo dar un giro inesperado a la noticia fría y calculada. Rega Molina estaba entre los charlatanes que dominaban las calles buscando a los personajes trasnochados.
La editorial Haynes, ubicada en Río de Janeiro al 300, publicaba el diario El Mundo y las revistas Mundo Argentino, El Hogar y Selecta, además de imprimir toda clase de periódicos para terceros.
Rega Molina ya para entonces se había apasionado con el humor. En su paso por Crítica se encargó de traducir todas las historietas extranjeras que llegaban por agencia. Adopta el seudónimo de Remo Algani para mostrar esta faceta y con marcado brillo publica en la revista PBT su sección Tipos Populares.
Hace pocos años, el recordado Bernardo Ezequiel Koremblit, quien fuera un exquisito ensayista, notable periodista y humorista mordaz, en el homenaje brindado por la Academia Argentina de Periodismo a su trayectoria, en junio de 2006, reconoció que Horacio Rega Molina fue su maestro. Notoriamente sensibilizado, puntualizó: “de quien aprendí a ser temerario y osado ante cualquier dificultad literaria y periodística porque la timidez y la pusilanimidad reciben su castigo”.
Otro gran poeta, el sanpedrino Manuel Alcobre, quien fuera su entrañable amigo, lo recuerda así: “Su nombre seguirá vigente, como título de una vasta sinfonía de palabras que siempre dirán la belleza inextinguible de su espíritu. Era la suerte a la que aspirábamos, con poca fe, en prístinas tardes dominicales, al margen de la gran ciudad, necrópolis de muchas esperanzas”.
Es casi una obligación de nuestra parte traer también la palabra de Raúl González Tuñón cuando, dos años antes de su muerte, lo exalta  a su amigo en una conferencia brindada a sala llena en la ciudad de Rosario. El poeta de La calle del agujero en la media reconoce a Evaristo Carriego como el “iniciador” de la poesía argentina del siglo XX, a cuya sombra crecerían Baldomero Fernández Moreno y el “perdurable” en referencia a Jorge Luis Borges. Agrega González Tuñón: “Sin olvidar a los libros de los poetas de los años veinte, Nicolás Olivari, Gustavo Riccio, José Portogalo, César Tiempo y Horacio Rega Molina”.



Rega Molina fue un poeta amante de lo bucólico, incansable lector de los clásicos latinos, especialmente admirador de Quinto Horacio Flaco, un poeta reflexivo y satírico que supo interpretar como ninguno el elogio de una vida retirada y la invitación a gozar de la juventud. Siguiendo esta línea accedió a Quevedo, Góngora, Fray Luis León y  Garcilaso de la Vega. Pero de quien sin duda recibe su mayor influencia fue de Leopoldo Lugones, de él aprende la estructura del soneto y a la postre logra alcanzar  su estilo propio.
Su infancia transcurre en San Nicolás de los Arroyos, la ciudad situada en el extremo noreste de la provincia de Buenos Aires. Crece en el seno de una familia de clase media, propietaria de una confitería. El poeta recuerda ese ambiente ligado al aroma de pan caliente y a los dulces. Un poema rememora aquella lejana etapa:

BALADA DE UN DOMINGO DE MI INFANCIA

Mañana el maestro dará prueba escrita
(Mi infancia no tuvo sino días malos).
Sentada en un banco mi infancia recita:
Colón ha partido del Puerto de Palos.


Es día domingo. Llovizna. Hace frío…
…el cuarto es muy grande, yo estoy solo en él.
Parece que arrastra en el cuarto sombrío.
Su cola de seda la reina Isabel.


Es día domingo. Con una constancia
que más dolorosa no pudo haber sido,
sentada en un banco, repite mi infancia:
del Puerto de Palos, Colón ha partido.

Las seis de la tarde. Se encienden candelas.
Se cierran las puertas. La casa es distinta…
Dan miedo, dan miedo, las tres carabelas
la Santa María, la Niña y la Pinta.


Deja la ciudad a los 17 años peleado con su padre quien no entiende este ánimo de aventura y la decisión de ser poeta. Se advierte en su primera etapa que Rega Molina llega a la gran ciudad imbuido de la hegemonía lugoniana. Sus primeros textos son una radiografía de la pluma leopoldina y es el propio Lugones quien se asombra de su discípulo.
En 1919 Rega Molina da a conocer su primera obra La hora encantada. Ya en el segundo El poema de la lluvia (1922), con perfil propio, el maestro de Lunario sentimental le destina un elogioso comentario bibliográfico.
Hay una suerte de sentimiento partido en la obra de Rega Molina. Nunca termina de desprenderse de su  ciudad natal y tampoco logra aferrarse a Buenos Aires. Hablamos de un Rega Molina de pueblo y otro de ciudad, luchando constantemente entre versos sensibles que caen en la melancolía.

LA LETANIA DEL DOMINGO

Como es día domingo, por la ciudad me pierdo.
Busco una calle muerta para mi poca fe.
La calle tiene un nombre que ahora no recuerdo
porque en un mismo sueño lo supe y lo olvidé.

La calle es como un niño que por la vez primera
busca sin esperanza un juguete perdido.
Su manera de hablar fue antaño mi manera
y su cabeza rubia, yo también la he tenido.

Tristeza del domingo. La soledad me agobia
y de improviso siento la pena singular
de que, sin conocerla, yo he tenido una novia
que en este mismo instante me ha dejado de amar.

La calle se ha llenado de parejas furtivas...
Un ómnibus vacío compendia mis dolores,
y siento que las únicas manos caritativas
son las manos de bronce que hay en los llamadores.

El domingo es el drama del hastío y del ocio,
es un palo vestido con cintas y sonajas.
Deseo madrileño de poner un negocio
con un billar de lance y un mazo de barajas.

Es como esos jardines que hay en los hospitales.
Es la vulgar cadencia de una música en boga.
Tiene las etiquetas y los sellos usuales
de un frasco destapado que contuvo una droga.

Es, en cualquier esquina, el bastón y el sombrero
de un burgués que se mira los botines lustrados,
y la satisfacción de un sobrio jardinero
que anda por una calle con árboles podados.

Aparece, indeciso, al fin de la semana,
cual de una bocamanga la mano de un enfermo.
Y es también un hortera con alma veneciana
que va a remar, de tarde, al lago de Palermo.

Si adquiriera, de pronto, contornos personales,
con la necesidad de ganar su peculio,
sería un vendedor de tarjetas postales
en una librería del Paseo de Julio.

Es uno de los días más trágicos y crueles.
Triste como un desfile de Ejército y Armada.
(Hay también otro ejército con muchos coroneles,
y es el de Salvación, que no ha salvado nada.)

Domingo, el almanaque te anuncia al rojo vivo
pero tú necesitas un color con sordina,
como un farol chinesco, será decorativo,
pero la luz que arroja no viene de la China.

Yo lo suprimiría, sin cargo de conciencia,
suprimiría el día y el hombre endomingado.
Pero es fatal, como esa ridícula frecuencia
con que se da un tropiezo en un patio alfombrado.

También suprimiría la calle, en la que exponen
los árboles urbanos su edilicio follaje.
¿Qué será de la calle cuando ellos la abandonen
para formar, más lejos, otro nuevo paisaje?

Guiñándome su ojo de vidrio en la capota
pasa un coche vacío, reumático, terroso,
la luna, sobre el cable de una esquina remota,
ha colgado su antiguo letrero luminoso.

Y el domingo es como una lata de caramelos
que en el atardecer ha sido terminada.
La calle se proyecta, entre los rascacielos,
como una galería de ciudad sepultada.

Entonces interpreto, bajo la trapisonda
de las calles lascivas y la innumera gente,
los ojos enlutados de la mujer que ronda
y atisba, tras los vidrios del cafetín, un cliente.

El domingo, en estado comatoso y de fiebre
me ve, sin domicilio, caminar con desgaire;
he sido mi arquitecto, mi albañil y mi orfebre
mas la ciudad no admite castillos en el aire.

Pero qué importa, en medio de gritos y de fugas,
ya la edificación, sin ruido, se desploma,
y en un encogimiento de pliegues y de arrugas
la ciudad se desinfla como un globo de goma.




AL POETA ANDRÉS DEL POZO, QUE ME ENVIÓ UNA BALDOSA DE LA CASA NATAL DONDE NACÍ

Oh tú, que al repertorio de mis penas
envías de mi casa una baldosa,
en la que el tiempo, que jamás reposa,
fijó recuerdos y detuvo arenas.

Pequeño territorio donde apenas
cabe mi pie, y adolescente rosa
por su color; y por su forma, losa
del primer niño que se ahogó en mis venas.

Cuando pienso en el patio y su rumores,
en el hueco dejado, y que así rueda
hasta mi amor, abandonando amores,

en parecida soledad me encierro,
pues desde ahora todo lo que queda
fuera de esa baldosa es mi destierro.

En 1923 el poeta sacude con  El árbol fragante, editado por el autor en un momento político donde el clima social estaba enrarecido y Alvear  emprendía la realización de numerosas obras públicas.
En la Unión Cívica Radical se profundizaba la división entre “peludistas” y "antipersonalistas" y Jorge Luis Borges irrumpía con Fervor de Buenos Aires.
En Italia se disuelven todos los partidos políticos con excepción del fascista. Hitler frustra un golpe en Alemania y Ortega y Gasset funda la Revista de Occidente.
Rega Molina lejos de la tormenta nos invita a soñar.

NOCTURNO DE LOS CUENTOS INFANTILES
En la noche, he deseado, distendida la mesa,
sobre los duros brazos apoyar la cabeza

y quedarme dormido como si fuera un niño.
Tener un dulce sueño, como un viejo cariño,

en que pasen cantando parejas de soldados,
en que vuelen estrellas y pájaros dorados.

Ya se fueron los tiempos de la niñez florida
donde nuestra cabeza se quedaba dormida

junto a la dulce lámpara, en un sitio cualquiera...
Oh, si Dios me dejara soñar lo que quisiera.

PÓRTICO
Lector, si algo en mi libro falta o sobra
merced te pide mi emoción contrita.
Sólo se alcanza a ver después de escrita
la imperfección humana de la obra.
Así también, sin parecer herido,
bajo el sol que lo dora con su llama,
si el árbol tiene seca alguna rama
sólo se sabe cuando está florido.
En 1925 Rega Molina presenta La  víspera del Buen Amor y recibe el espaldarazo de Leopoldo Lugones. El aval de su maestro lo acredita en el ambiente cultural y lo pone a la altura de las voces más representativas de ese período junto a José Pedroni y Conrado Nalé Roxlo.

LA HERMANA
En esta noche clara de verano
que en un sopor de fuego nos abrasa,
qué bien se está, bajo la luz escasa
del velador, junto al oscuro piano.

Todo esto es dulce, y por mi mente pasa
el deseo infantil de ser tu hermano,
y caminar, llevado de la mano,
por las habitaciones de la casa.

Tú me comprendes, rubia compañera,
y en tu sonrisa inmóvil y hechicera
adivina, con íntima ventura,

que no te has olvidado todavía
cuando en la infancia generosa y pura
yo era tu hermano y tú la hermana mía.

Ese mismo año gana el Premio Municipal de Poesía y en 1928 se presenta con Domingos dibujados desde una ventana. Tres años después Rega Molina regresa con Azul de Mapa y en 1936 retorna con La posada del león (misterios dramáticos en tres actos). Poco antes de terminar la década aparece Sonetos con sentencia de muerte y otros poemas de arte menor y su consagratoria Oda Provincial.


ODA CON UN CABALLO PATRIO

El caballo encontróse de pronto con que le faltaba el cuerpo del jinete.
Ninguna afirmación entre el cenit y su lomo.
Bravocea al desafío atávico de las distancias.
Su indeleble trote era merced innecesaria
pues hecho estaba al peso de una imagen cuyo nombre
hacía volver la cabeza al enigma
aunque era como el árbol, que ya nace descrito
y patriarcaba, dichosa, en el vino nuestro de cada pulpería.
Las riendas perdían ataduras de la soledad
acariñado el amarillecer del pasto fundido al suelo como sarro
en esa fosca noche
en que una estrella le roba el fuego a otra estrella.
La bien hinchada luna olía a frutos del país.
Entonces se detuvo, levantó la testa, dilató los ollares,
miróse luego los cascos que malhirieron el sentido dinástico de las flores
olió su propio olor de fogata de cuero,
y se reconoció potro nacido a cuatro rumbos,
aquella mañana, cuando el oírse como en los primeros tiempos
el versículo veintiocho del Génesis
los hacendados pusieron en el fuego los hierros de marcar.
Su condición de bestia caída, expulsada del paraíso de las bestias
tórnose portentosa al dejarle la sombra
tan sólo las formas más salientes
como esos objetos envueltos en un lienzo.
La mitad de la noche parecía haber encontrado el buen camino
de su estado a la espera de un acto, de una súbita
iluminación del espíritu nocturno.
Y pensó:
Todos los días hay alguien que resucita.
En ese mismo instante fue tomado de las riendas
hacia un espacio de otra geografía equivalente a su tamaño,
crecido milagrosamente en el lugar donde estaba
con límites de palenques florecidos por la fiebre de la madera
porque las tierras donde nacen y mueren los caballos
son las favoritas de Dios.

Horacio Rega Molina el 13 de setiembre de 1941 fue un entusiasta colaborador en los Juegos Florales de San Nicolás, la ciudad que nunca olvidó, organizado por la Sociedad Protectora de la Orfandad y presidida entonces por la señora Paca Hermosa de Córdova
A mediados de 1942 el poeta entrega La vida está lejos (misterio dramático) y seis meses después aparece un grupo de ensayos breves y glosas reunidos en La flecha pintada. Una nueva antología cierra el año: Raíz y Copa, editado por Losada.


A partir de este momento comienzan ciertos cambios en su vida, en rigor todo tiene que ver con el período de crisis que constituye un cambio decisivo en la historia argentina. Estamos en presencia de un desarrollo social y política que impulsaría transformaciones que dejarían huella en toda la sociedad. Nacía el peronismo y ya nada sería igual.
El malestar en las calles se advertía por la adopción de medidas de carácter autoritario: clausura de diarios, intervención de universidades, detención de sindicalistas tildados de “comunistas”, disolución de los partidos políticos, en defensa de la moral cristiana se implementaría la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en la escuelas, se censuran ciertas letras de tango y se comienzan a prohibir textos y autores.
El 27 de octubre de 1943 el Coronel Juan Domingo Perón es nombrado director del Departamento Nacional del Trabajo, luego convertido en Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Aquí comienza otra historia.
Durante 1945 Rega Molina despierta a su público con un texto distinto: Polifemo o las peras del olmo (misterio dramático pastoral en 4 jornadas).
En mayo de 1946 Rega Molina visita San Nicolás como escritor consagrado y se hermana con el Grupo Arroyo del Medio en la Casa del Acuerdo, en un recital memorable. El autor llega con su nuevo poemario Patria del Campo, que lo da a conocer en su tierra antes que en Buenos Aires.
Rega Molina paulatinamente se va acercando al peronismo, la figura de Evita le despierta interés. Es la propia Eva Duarte quien lo invita a participar de una peña de escritores que se reunían una vez por semana en el Hogar de la Empleada, en Avenida de Mayo 869. Allí vivían mujeres del interior que llegaban a Buenos Aires sin recursos económicos. Los viernes, junto a otros escritores, cenaban y después leían sus trabajos. Muchas veces Eva los acompañaba y los estimulaba para que no abandonaran la tarea de despertar el espíritu creativo.
Al autor lo reconocen en 1951 con el Gran Premio Municipal de Poesía y el Primer Premio del PEN Club, la asociación mundial de escritores fundada en Londres en 1921 para promover la amistad y cooperación internacional entre sus miembros de todo el planeta. Casi simultáneamente publica Sonetos de mi sangre.
Ese año fue significativo para el poeta. El 8 de setiembre se anunciaba la aparición del libro La razón de mi vida de Eva Perón. Una semana después la Casa Peuser confirmaba el adelanto: “Ediciones Peuser se honra en brindar al lector una obra ansiosamente esperada, de indiscutible valor literario y de gran interés político”.
Estas líneas figuraban en la solapa de una edición de 300.000 ejemplares – la más importante en la historia editorial de la República Argentina – impresa en la segunda quincena de septiembre y lanzada el 15 de octubre de 1951. Al acto concurrieron el Presidente de la Nación, Juan Domingo Perón y entre otros, José Espejo, quien era por entonces Secretario de la CGT y representante del sindicato camionero. El libro fue presentado por Rega Molina a quienes muchos lo señalaban como el “ghost writer” que prestó su pluma para plasmar el libro. Según su amigo Carlos Selva Andrade esto fue una gran mentira. Rega Molina solamente se encargó de darle la bienvenida al texto por pedido de Raúl Apold, el jefe de prensa del gobierno peronista.



Meses después, el gobierno intentó internacionalizar la obra de Evita, pero las más importantes editoriales se negaron a imprimirla. La CGT repudió públicamente esta postura, que fue encabezada por las firmas norteamericanas.
Evita se encontraba en la última etapa de su enfermedad terminal y a través de esta obra relató su autobiografía explicando "las raíces íntimas de su gran amor por el pueblo" y por el hombre a quien había decidió acompañar, Juan Domingo Perón. A los pocos meses, Evita moría.
Este hecho marcaría en la vida de Rega Molina un estigma que no lo abandonaría por el resto de sus días. Ya la salud de poeta comenzaba a dar su primer alerta y una suerte de retiro voluntario se impuso innecesariamente. En 1954 lanza su Antología poética que se une a la Colección de poemas.

MORTALIDAD

En esta urbana reclusión avara
en que me desconsuela estar conmigo
no quisiera que el campo me tomara
ni ocupar el lugar donde está el trigo.

No quisiera ser agua, turbia o clara,
pájaro que a su canto busca abrigo
como si fuese amor lo que cantara
como es indiferencia lo que digo.

Todo es mortal y se me va muriendo.
¿Cómo escucharme yo? ¿Cómo escucharte
si no comprendes y si nada entiendo?

Ni siquiera a la voz desconocida
que me dice, desde ninguna parte:
acércate que el cielo está con vida


COSAS

La perilla del timbre,
el sillón de baqueta,
y la mesa de mimbre
sobre la que gotea una maceta.

Dejadme que entre todas
esas cosas recuerde,
un retrato de bodas
en un marco de terciopelo verde.

Y el viejo aparador con guarniciones,
que en memoria del tiempo que ha corrido,
conserva en sus cajones
un pedazo de pan endurecido.

Mi corazón, con lágrimas piadosas,
se conmueve ante la naturaleza
de todas estas cosas,
que no son tristes, pero dan tristeza.

PATRIA DEL CAMPO
Rojas, azules, verdes, amarillas.
El pico abierto, el ojo entrecerrado.
Canta el punzante gallo y en astillas
rompe su canto un aire congelado.
Endardada en la niebla comarcana
allá lejos la iglesia monologa.
Eternamente, desde la campana,
como un hilo de miel, cuelga la soga.
Arde dentro en marea parecida
a la de celestiales resplandores,
la vela donde está reproducida
la imagen de la Virgen, en colores.
Ven a ver la hendijuela que me toca
de esta puerta sin llaves ni cerrojos;
el humo azul que sale de mi boca,
la paloma que me entra por los ojos.
¡Ay del poder vivir entre las cosas
hechas por Dios, como también deshechas,
donde las rosas no son más que rosas,
de serlo, y de su nombre satisfechas!
Patria del campo para el que no tiene
que esperar, y no espera, ni ha esperado.
Y llama al ángel, que en seguida viene
o por el cielo, o por el río, a nado.
Patria mía del campo, que se esconde
entre taimados frutos, y hace acopio
de bienestar en estas casas, donde
toma el nombre como fuerza de propio.
El color categórico de granja
en las ventanas y postigos sopla
del comedor, por el que la naranja
se pasea, lo mismo que en la copla.
Solo estoy. Ni me tienta ni preocupa
la refacción, que espera, casi fría.
La cabecera de la mesa ocupa
el cielo, comensal del mediodía.
Y pienso que esta paz es la guardiana
de todo bien, de toda cosa bella.
Y mi mano acaricia una manzana
y hasta se deja acariciar por ella.
Aquí todo perdura, en el sentido
fundamental de la cosmología;
ponte un pájaro muerto en el oído
y escucharás su canto todavía.
Aquí no importa el vaho de la nada,
la defunción gratuita a pino y yeso,
si la fosa común fue ya ensayada
en el hotel con camas desde un peso.
¡ Ay! Yo quiero morir entre arboledas,
morir al filo de las casuarinas. ¡
Llevadme en carro cuyas cuatro ruedas
sean cuatro coronas y de espinas!
¡Ay!, yo quiero morir en este manso
comedor, de frescura y gruesa lumbre,
junto al ajo que crece sin descanso,
junto a la pera que destila herrumbre.
Y quiero los teñidos redondeles
de los vasos, la mácula que amengua
la desbordada cal de los manteles,
y el picotazo del ají en la lengua.
Aquí quiero quebrar mi aburrimiento
con ese sobresalto: la gallina,
y el pejerrey, magnífico y sangriento
como un rey de baraja en la cocina.
Aquí quiero la inédita pereza
que da el río, por valles y por sierras.
Lo natural de la naturaleza, y las tierras
que aún se llaman tierras.
Aquí, por solo amar, tuyo es lo que amas.
El campo junta. Ventarrones chocan.
Y hay cielos de distancia entre las ramas
de árboles que parece que se tocan.
Aquí el vino está lleno de rumores,
y al volcarlo en la cuba de madera,
oyes el habla de los viñadores
y el ruido del racimo y la tijera.
Aquí, al cabo de siegas y de trillas,
contra la tapia de ladrillo rancio,
la madre sienta al hijo en sus rodillas
eternizando su último cansancio.
¿Qué cuadro has de pintar? Ven.
No te importe pincel, paleta, espátula, tablero.
El gallo, tan jurídico en su porte,
posa para la tapa del tintero.
En palmípedas hojas de lechuga
tiembla el rocío. Vuela ya la urraca.
La húmeda paja del establo enjuga
el llanto del caballo y de la vaca.
Ven, que para cualquiera rebeldía
tienes dorada pólvora de estambres,
te da el cañaveral fusilería
y el abrojo electriza los alambres.
Patria del campo es esta, para goces
de una igualdad contada con plurales.
Si vienes, no me llames dando voces
y búscame apartando los trigales.


Horacio Rega Molina queda excluído, la Revolución Libertadora dará crédito a otros escritores y silenciará a quienes habían adherido al peronismo. Enfermo de tuberculosis fallece el 24 de octubre de 1957. En 1966 la Editorial Eudeba lo rescata en su libro Serie del Siglo y Medio con un estudio preliminar de Manuel Alcobre. Ya en 1994 la Editorial Plus Ultra edita sus dos libros póstumos Oda de Vivac y de un caballo y Conservación del Fuego con prólogo de Alberto Blasi Brambilla, donde se observa a un Rega Molina desembarazado de la rima clásica del soneto y clarificado con un verso libre.
El 2 de julio de 1996 por iniciativa de sus coterráneos, el Concejo Deliberante de San Nicolás dispuso la designación de Día de la Cultura Nicoleña, el 10 de junio, fecha del natalicio de Rega Molina.
Había escrito: Déjenme así, mi corazón no pide nada más/ pues no hay vida tan hermosa/ como la que uno para sí decide./ Mi arcilla es mía, nadie hará otra cosa.
Su poesía está viva y entre nosotros, al alcance de la mano, en espera, aguardando un momento de calma en un café de esta Buenos Aires frenética o en el silencio trémulo de una tarde de siesta en San Nicolás de los Arroyos. 


miércoles, 5 de octubre de 2011

MUSEO DEL LIBRO Y DE LA PALABRA



HÉCTOR PEDRO BLOMBERG: UN POETA DE LA VIDA




“Reconocer que Héctor Pedro Blomberg es solamente el autor de La pulpera de Santa Lucía, resulta un pobre elogio. La obra de Blomberg atraviesa toda la historia patética de la cultura popular. Blomberg fue un hombre de letras completo, erudito, fértil hacedor de poemas y novelas breves en todos los géneros. Alrededor de dos motivos construyó lo mejor de su obra: el relato histórico y el llamado del mar”.
Con estas palabras Pedro Orgambide resalta la figura de uno de los principales creadores argentinos que supo interpretar los vaivenes de una cultura problemática que debía acomodarse a la nueva conciencia social, donde  la conducta del inmigrante quedaba testimoniada, entre otros aspectos, en la literatura popular. Esos textos que describían con simpatía irónica las particularidades del recién llegado, abrevaban con matices realistas y lenguaje costumbrista al caldero emocional de la transustanciación, donde el extranjero nunca terminaba de incorporarse a la surgente  realidad y como persona continuaba siendo el extraño. Es interesante para tener una idea acabada de la circulación de personas que se incorporan al territorio argentino, la estadística que establece que entre 1824 y 1924, cincuenta y dos millones de individuos abandonaron Europa, de las cuales el 93 % llegaron a América (un 72 % a los Estados Unidos y un 21% a América Latina), el 7 % restante se fue a Australia. De los 11 millones que emigran a América Latina, el 53 % es absorbido por Argentina, el 36 % por Brasil, el 6 % por Uruguay y el 5 % restante se reparte entre otros países del hemisferio.
Hoy nuestro país vuelve a resignificar este barrido de personas de su lugar de origen y una nueva interculturalidad se incorpora a la “ciudad esponja” en la que se ha transformado actualmente Buenos Aires. Esta vez no son los europeos, sino los desclasados de los países hermanos quienes se integran con sus hábitos y costumbres a la dinámica cosmopolita.
Con aquel marco de referencia de las primeras décadas del siglo XX, donde se entrecruzaban voces y particularidades de distinto origen, la consecuencia de una literatura sensiblera y testimonial era una posibilidad lógica y necesaria. Los que llegaban no parecían intelectuales, bajaban de los barcos con la carencia a cuestas y el dolor en el alma. No se trataba de pensadores excluídos sino de gente hambrienta. Como punto de partida para interpretar ese momento, es casi indispensable alejarse del eje de una literatura de rasgo académico, con un lenguaje acartonado, y comprometerse con las publicaciones periódicas que alcanzan un enorme éxito entre 1915 y 1930. La desvalorización de esas páginas a la que accedía cierto estamento social, siempre fue motivo de análisis y feroces críticas. Es verdad que un marcado sentimentalismo, a veces lastimoso, invadía los sumarios de las revistas que se vendían al módico precio de 10 centavos. También es cierto, y de ello no cabe duda, que los nombres de muchos escritores lograron acreditarse gracias a la existencia de las ediciones populares. Se estaba en presencia de un fenómeno editorial sin antecedentes que recurría al folleto de formato pequeño, de 15 a 20 páginas, para llegar a un público distinto, cuyo canal de distribución fueran los quioscos callejeros. Hablamos de un “libro de bolsillo”, con ilustraciones de artistas que después se consagraron como es el caso de Alejandro Sirio.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          





Allí aparecen: Ricardo Rojas, Manuel Gálvez, Enrique Larreta, Horacio Quiroga, Belisario Roldán, Benito Lynch, Arturo Cancela, Francisco Defilippis Novoa, Josué Quesada, Emilio Gouchon Cané, Luis Franco, Alberto Gerchunoff, Juan José Soiza Reilly, Claudio Martínez Paiva, Juan Pedro Calou y el propio Héctor Pedro Blomberg, entre otros.
Recordamos algunos nombres de esas colecciones: La novela semanal, La novela del día, La novela universitaria, La novela de hoy, La novela de la juventud, La novela picaresca, El cuento ilustrado, Ediciones  Selectas América.
Blomberg fue un activo colaborador en La novela Semanal, allí plasmó muchísimas historias que lo acercaron al público mayoritario. Como periodista trabajó además en  La Nación, El Hogar, Fray Mocho, Caras y Caretas. El autor, a diferencia de Eugenio Cambaceres que punzaba con el tema de la “mala vida” o la visión teratológica  del médico Francisco Sicardi, incorpora una mirada aguda sobre el cosmopolitismo y la ciudad-babel, algo novedoso porque el inmigrante dejaba de ser una esperanza y se transformaba en una amenaza. Este mito civilizador cedía ante el mito babilónico y es de esa amalgama étnica que Blomberg  habla en sus textos tipológicos sobre inmigrantes y desarraigos.
Debemos tener presente que el autor cuando llega al verso popular ya había transitado un largo camino. Su capacidad creativa le permitía pasar de lo culto a lo popular sin ningún esfuerzo. Blomberg jugaba al juego que más le gustaba y lo hacia a manera de desafío. Fue polifacético, entre sus variadas actividades podemos hablar de un ecléctico; lo hayamos  como  traductor, poeta, novelista, dramaturgo, letrista de tangos, valses y milongas, crítico de arte, libretista de radioteatro, guionista cinematográfico y redactor publicitario.
Blomberg era hijo de Ercilia López Carrillo, hija del coronel Venancio López - torturado y fusilado por orden de su propio hermano, el presidente de Paraguay quien terminó loco durante la Guerra de la Triple Alianza-, y sobrina del Mariscal Francisco Solano López. Desde niña, la aristocracia paraguaya, tuvo decidida inclinación por las letras y en las aulas infantiles compartió estrecha amistad con las hijas del comerciante Eduardo Madero, promotor del proyecto para el puerto de Buenos Aires. Es por esta vía de relación que la joven escritora y traductora paraguaya conoce al ingeniero Pedro Blomberg a los 14 años. Se casan y de esa unión nacerían 6 mujeres y un varón: Pedro Héctor Blomberg (1889-1955). Al llegar el niño, su padre tenía 33 años y su madre diez menos. La infancia  del poeta transcurre en la casa de la calle Santiago del Estero 235 del barrio de Monserrat, unida a esta mujer que vivió hasta los noventa y siete años y dejó una profusa obra. Su vocación por la memoria del barrio quedaría representada más adelante en muchos de sus poemas.
De la rama paterna poco se conoce. Su abuelo fue un marinero que navegó por todos los mares. Es casi una consecuencia que  Blomberg haya asimilado esa actitud aventurera que lo llevara a repetir las andanzas del viejo hombre de mar.   
No escapa a nadie que la personalidad del escritor bien puede ligarse  a la bohemia que comienza a imponerse a fines del siglo XIX. La inestabilidad económica de los artistas hacía que muchos de ellos se marginaran y entregaran a una vida desordenada, circulando por bares, restaurantes, almacenes de despachos de bebidas y otros espacios donde el alcohol era buen compañero para discutir y trasnochar. Blomberg se aproxima a un equilibrista. Su condición de “hombre de mundo” lo lleva de un lugar a otro. Se lo ve reunido con los colaboradores permanentes del diario La Nación y en las mesas de borrachos que quemaban sus escritos en medio de la melancolía.
Es un rebelde desde la cuna. Había estudiado en el Colegio Nacional Central y más tarde pisa la Facultad de Derecho sin llegar a graduarse. En 1906  obtiene su primer reconocimiento en las letras, tenía 17 años cuando gana la medalla de oro de la Asociación Patriótica Española por su Oda a España. Confundido, un día de 1911 caminaba por el puerto y descubre un barco que en pocas horas zarpará hacia Europa. No lo piensa demasiado. Levanta de su casa las pocas pertenencias, se enrola y parte en busca de aventura.
Acompañamos este viaje con uno de sus poemas:

La visión del navegante 
Aquella clara noche de luna el navegante 
Tuvo un extraño sueño bajo la Cruz del Sur; 
La goleta corría, fatigada y errante, 
Por aguas del Oriente con rumbo a Singapur. 
Vio en las profundidades obscuras y dormidas 
Claridades extrañas. . . Contempló en su visión 
Los ahogados de siglos y las naves hundidas 
Que arrullaba el océano con su enorme canción. 
...Y vio que aquellos muertos salían de los mares, 
Y oyó en la clara noche misteriosos cantares 
Que cantaban los buques bajo la Cruz del Sur. 
Acercábase el alba, luminosa y distante, 
Y al volver de su sueño extraño, el navegante 
Vio las luces lejanas del viejo Singapur.
 
A su regreso publica su primer libro de poemas La canción lejana 
(1912), con versos  de exquisita sensibilidad: 


Las casas donde hemos vivido 
 
Las casa donde vivimos 
Los días que se fueron para siempre 
Hoy hay rostros extraños, 
Se oyen vibrar desconocidas voces 
Y se escuchan los pasos de otras gentes 
En las habitaciones donde un día 
Enloquecidos de dolor, cerramos 
Las pupilas sin luz de nuestros muertos... 
Ajenos corazones 
Laten bajo los techos familiares, 
Viven, lloran, esperan, sufren y aman, 
Lo mismo que nosotros 
Bajo la estrella roja de la vida. 
Otras sombras divagan 
Por los patios de antaño; 
Otras lágrimas corren 
Detrás de los cristales.
 
Hay aspectos interesantes de Blomberg que conviene resaltar. 
Pocos estiman su tarea de asesor legal en el Ministerio de 
Educación y el paso por la docencia como profesor de historia y 
literatura. El poeta fue autor de trabajos dedicados a la educación 
de los niños como El sembrador, El surco, Mundo Americano, 
Vendimia y Pensamientos, textos que se incorporaron a la lectura 
obligatoria en las escuelas porteñas. Su capacidad como traductor 
es otro de sus méritos. 
Tradujo a Christian Johann Heine, George Gordon Byron, Henry 
Wadsworth Longfellow, Israel Zangwill, entre otros. 
 
 
 
 
 
César Tiempo recuerda que cuando él era un niño y trabajaba en la 
imprenta de los hermanos Porter, Blomberg daba clases de inglés 
en el piso de arriba.
De aspecto flaco, alto y silencioso, su figura bien podía estar
plantada en la proa de una embarcación, porque todo lo acercaba 
a un marino nórdico.
Infinidad de anécdotas pueden contarse acerca de su persona. 
Rescatamos dos de ellas que lo pintan por entero. Su libro 
A la deriva (1920) había sido reconocido con el Primer Premio 
Municipal de 1920, el segundo lugar le correspondió a Alfonsina 
Storni. 
Cuando Blomberg se entera, momentos antes de la 
proclamación oficial, le dice a los miembros del jurado 
“las damas primero”. 
El Jurado ante la sugerencia del poeta, cambia el orden de la
premiación y Alfonsina Storni resulta la ganadora.
La otra historia tiene que ver con ese submundo de malandrines 
y poetas donde se mezclaban las noches de trifulca con la 
orquesta de señoritas que llenaban el aire viciado con tangos, 
valses y mazurcas. 
Blomberg frecuentaba un café indecoroso en el cruce de Avenida
Santa Fe y el Arroyo Maldonado, hoy Avenida Juan Bautista Justo. 
El poeta rescata de ese lugar tres cosas: los amigos, 
el ombú de enfrente y a la renguita Lucía.   



En una de esas noches
mis ojos se encontraron
con su carita pálida...
Era rubia y gentil...
Yo le escribía versos...
me amó una primavera,
la renguita Lucía,
que tocaba el violín.
Yo escuchaba en silencio,
abstraído y miraba,
la vereda de enfrente
donde había un ombú.
No he encontrado a ninguno
después de tantos años:
El Café ya no es el mismo,
y ya no está el ombú...
Sólo queda un recuerdo
de amor de primavera:
la renguita Lucía
que tocaba el violín...

En 1921 el Partido Socialista Internacional adhiere a la Tercera 
Internacional y pasa a denominarse Partido Comunista Argentino. 
Las huelgas en la Patagonia son duramente reprimidas y 
en el plano internacional las tropas norteamericanas intentaban 
poner fin en Panamá a la primera reacción popular 
contra el presidente Belisario Porras. Una suerte de fogata social 
quemaba el planeta. Blomberg publica Gaviotas perdidas:

 Versos en la arena

 A nuestros pies el océano
 Iba volcando sus espumas,
 Y yo soñaba con las brumas
 De otro país vago y lejano. . .

 Todo era azul en sus pupilas;
 Todo era sol en el balneario;
 Y yo soñaba solitario
 Con mis ciudades intranquilas.

 Un viejo buque abandonado
 Agonizaba, allá a lo lejos;
 Y una canción de amores viejos
 Vino a buscarme del pasado.

 Junto a las ondas espumosas,
 Mi compañera no sabía
 Que el océano me traía
Voces y sombras misteriosas.

Nostalgia gris de otras mañanas,
Vagos recuerdos de otros días.
Figuras pálidas y frías
De amadas muertas y lejanas.

Memorias viejas y borrosas
Vagos adioses y pañuelos
De otras riberas y otros cielos,
Allá en las dársenas brumosas...

Voces de mares y navíos,
Noches extrañas de otros puertos,
Semblantes pálidos de muertos,
Rostros que amé y hoy están fríos…

Turbó una voz en la ribera
Mi ensoñación vaga y remota:
Era el graznar de una gaviota
Que se alejaba mar afuera.

“¿Qué contemplabas en la espuma?”
Después oí que ella me decía:
Y yo soñaba todavía
Con mi país vago de bruma.

"Nada", exclamé con voz serena,
Y ambos, tomados de la mano.
Dando la espalda al océano
Nos alejamos por la arena.

Treinta años

Hace treinta años que te espero, vida,
Treinta veces pasó la Primavera,
Y mi alma se ha quedado adormecida
Sin que el Amor, el único, viniera.

Hace treinta años, alma, que te espero.
En las ansias febriles del hastío
Como mis horas misteriosas, muero
Golpeando en vano al corazón vacío.

Hace treinta años que te espero. El sueño
De que vendrías, ya se desvanece,
Y nieva ya en el corazón sin dueño.

Pero si nadie ve la angustia mía.
Una alondra invisible aquí se mece
Y canta en mi silencio todavía.


El chino del “Aurora”

Porque maté aquel chino a bordo del "Aurora"?
No me había hecho nada; de una humildad sin fin,
Limpiaba mi cabina; de noche, a toda hora,
Me llevaba a la guardia los sandwiches y el gin.

Y cayó a la primera puñalada, en el puente,
Cuando ya comenzaba la Osa a palidecer;
Al arrojarlo al agua se hundió pesadamente,
Y tres veces seguidas volvió a reaparecer.

Lo maté por el pájaro negro que lo seguía
Riendo siniestramente durante todo el día.
Desventurado chino, nada me había hecho.

En las guardias del alba, en las horas más solas.
Lo veo claramente surgiendo de las olas
Con el sombrío pájaro posado sobre el pecho.

Ese año la Editorial Tor publica Pancha Garmendia: Tragedia poética en tres jornadas breves, donde Blomberg relata la vida de la niña huérfana de padre, criada por su madre Dolores Duarte hasta su muerte y recogida y educada por la familia de don José del Barrio, un español casado con la paraguaya Manuela Díaz Bedoya. Pancha era cotejada por el mariscal Francisco Solano López, pero la dama se resistía.




Héctor Pedro Blomberg integró junto a Leopoldo Lugones, José Ingenieros, José González Castillo, Vicente Martínez Cuitiño, Alberto Vacarezza, Charles de Soussens y otros notorios escritores, las mesas del famoso Café de los Inmortales de Corrientes 922, regenteado por el francés León Desbarnats y cuyo nombre se le atribuye indistintamente a una ocurrencia de Florencio Sánchez, Rubén Darío y Evaristo Carriego. Otro lugar que lo tenía como asiduo concurrente era la Confitería Richmond de Florida 453 -recientemente cerrada-, allí se reunía con Horacio Quiroga, Alberto Gerchunoff, Félix Lima y Carlos Alberto Leumann, entre otros.
En 1923 un acontecimiento deportivo acapara la atención nacional: la pelea entre Luis Ángel Firpo y Jack Dempsey lo encuentra a Blomberg participando en la emisora L.O.X Radio Cultura. Ese año se conoce su obra Bajo la Cruz del Sur Nuevas canciones de los puertos, de las tierras y de los mares.
En 1924 los fascistas italianos logran la victoria electoral en Italia. En Francia triunfa la izquierda. George Gershwin impacta con Rapsodia en Azul  y Pablo Neruda arremete con 20 poemas de amor y una canción desesperada. En nuestro país aparece Proa (segunda época), Manuel Ugarte lanza El crimen de las máscaras. La Patria Grande, Nicolás Olivari La amada infiel y Pedro Blomberg Las islas de la inquietud y Los peregrinos de la espuma.
Ese año es sumamente trascendente para el autor porque comienza a desarrollar una intensa vida que lo acerca al teatro. Un año después su obra Barcos amarrados escrita en colaboración con Pablo Suero sube al escenario dirigida por Alberto Vacarezza, donde el protagonista principal era Ignacio Corsini, ese italiano que llegó a Buenos Aires en 1896 y un año después marcha a la ciudad bonaerense de Carlos Tejedor donde se desempeña como boyero y resero.  Allí descubre su vocación por el canto. En 1907 regresa a Buenos Aires y se relaciona con otro grande: José Betinotti que lo marcará como intérprete. A partir de entonces la amistad entre ambos se cristaliza y da origen a un camino que llevaría a Blomberg hacia la canción popular. Pareciera premonitorio aquello de “barcos amarrados”, porque el poeta efectivamente fondea su obra en el puerto de Buenos Aires y comienza a recrear un sinnúmero de poemas donde aparecen mezclado con la realidad y la ficción, las acciones de la vida que circulaban en los tiempos de Juan Manuel de Rosas: la divisa punzó, los jazmines de las rejas, las iglesias de San Ignacio y San Francisco, los candombes, los cuchilleros, los sargentos restauradores, las pulperías, las mujeres de la época y el broche de oro con final trágico.
Este punto de inflexión en la obra de Blomberg provoca en cierta crítica malintencionada un argumento peyorativo que aún persiste. Pareciera que acercarse al lenguaje popular no era buen visto en ciertos círculos de la intelectualidad. No son pocos los que sostienen que Blomberg atraído por el aplauso y el dinero se dejó llevar hacia una literatura fácil. En rigor, el dinero no fue tanto y la fama siempre dejaba un sabor amargo. Blomberg solo da crédito a una serie de hechos sociales que lo arriman  al pueblo, la visión poética tiende hacia lo cotidiano y su camino es una línea recta al tango, al sainete, al relato costumbrista. Mucho tiene que ver en este proceso Ignacio Corsini quien lo relaciona a Enrique Maciel, guitarrista, pianista y compositor, con quien se integraría y producirían una extensa obra. En su mayoría las obras del binomio tienen referencia con los sucesos acontecidos en los años del gobierno de Juan Manuel de Rosas.  




Con Enrique Maciel el poeta realizará toda su obra, excepto el vals Novia del mar que lo concreta en colaboración con Otto Wiengreen y la ranchera Bajo la Santa Federación, en colaboración con Salvador Mérico. Todas fueron llevadas al disco por Ignacio Corsini, con las guitarras de Rosendo Pesoa, Enrique Maciel y Armando Pagés.
Los títulos que quedaron grabados por Corsini fueron: El adiós a Gabino Ezeiza (milonga), La pulpera de Santa Lucía (vals),La mazorquera de Monserrat (tango), Violines Gitanos (tango), Tirana unitaria (tango),La viajera perdida (tango), La que murió en París (tango), Siete Lágrimas (canción),La guitarrera de San Nicolás (vals),  No quiero ni verte (vals),Los jazmines de San Ignacio (canción),La canción de Amalia (vals), La china de la Mazorca (canción) y Me lo dijo el corazón (tango).
Blomberg desacraliza la figura del intelectual e inaugura un estilo de creador despojado que se tutea con las personas de todos los días. Se acerca a Carlos Schaeffer Gallo, el periodista y autor teatral con quien comparte cenas en el Conte de la calle Cangallo, frente a la cortada de Carabelas, donde solían ir Elías Alippi y Enrique Muiño. También se aproxima a Carlos Max Viale Paz, crítico y director teatral. Con él realiza en Radio Nacional -después Belgrano- un ciclo de enorme éxito llamado Bajo la Santa Federación.
En 1929, todavía imbuido con la nostalgia de los mares, publica El pastor de estrellas, poemas ligados a su juventud donde aparecen los viajes, los barcos, marineros y tierras exóticas.
Las veladas del bar 
 
Las veladas del bar Garibaldi tenían 
Olor a sangre, a whisky, a espuma y a carbón; 
Allí, cuando los hombres llegaban o partían, 
Sonaba de los mares la terrible canción. 
¿Dónde estarán aquellos rudos aventureros, 
Ulises andrajosos que hablaban en inglés 
De extrañas Odiseas a bordo de veleros, 
Y de obscuras Ilíadas hacia el Este de Suez? 
Eran de Glasgow y Génova, de Cádiz y el Pireo, 
De Hamburgo y San Francisco, de Capetown y Bombay. 
A veces, en la noche, parece que aún los veo, 
Y escucho alguna historia que sucedió en Shanghai.
 
Ese mismo año muestra una recopilación de artículos periodísticos 
bajo el título Las puertas de Babel con prólogo de Manuel Gálvez: 

No conocía una sola página de Héctor Pedro
Blomberg cuando leí "El Chino del Dock Sur".
Quedé encantado y sorprendido. Deliciosamente
encantado, profundamente sorprendido ¡Por fin
iba a tener Buenos Aires un narrador artista de
sus barrios extraños y siniestros! Pero mayor fue
mi entusiasmo cuando Blomberg publicó ese doloroso
cuadro, vibrante de color y de emoción, que
se titula "Las cigarras del hambre". Desde entonces
le insté incesantemente a que formara un
volumen, y ahora puedo decir, con satisfacción de
artista y de argentino, que a mi empeño se debe
que "Las puertas de Babel" aparezca. Quiero aun
agregar que este prólogo no me ha sido solicitado.
Yo lo he ofrecido. Considero que los muy contados
escritores a quienes el público escucha, tenemos el
deber patriótico de difundir y hacer triunfar a los
jóvenes de verdadero talento. Conozco demasiado
las pequeñeces del ambiente literario y periodístico
para no ignorar que un escritor nuevo del valer de
Blomberg, sin prestigio aún, no encontrará quien
tenga el coraje de pretender imponer su nombre
al público, elogiando su libro como merece que lo
elogien. Hay mucho cabotinismo en las redacciones
de los grandes diarios. Sea usted un verdadero poeta
y llámese Fernández Moreno o Capdevila y sólo
obtendrá reproches — cuando no ironías y desprecios,
pues el caso ha ocurrido — de los fracasados
y pobres diablos que se agazapan en la crítica. Pero
escriba usted versos mediocres y tenga parentesco
o amistad con los propietarios del periódico, y verá
su nombre llevado a la popularidad sobre los hombros,
dóciles y habituales, de una multitud de epítetos
y de lugares comunes. Esto es humano y,
por ello, no lo critico. Pero sí afirmaré que tales
reputaciones de cabotín confunden al público y
desilusionan a los jóvenes. En cuanto a los escritores
que "han llegado", como solía decirse hace
quince años, ¿cuántos comprometen su nombre, 
ensalzando al que aún no adquirió prestigio por ser
joven o no haber publicado libros? Por todo esto,
y con la certeza de que nadie se interesaría tanto
como yo en el éxito de "Las puertas de Babel",
he querido prologarlo, para hacer su elogio con toda
la sinceridad que existe en mí. No es esta página,
pues, una estricta obra de crítico. En casos
como este prefiero hacer política literaria. Y así,
a los muchos millares de personas que tienen la
benevolencia de leerme, quiero recomendarles este
PROLOGO de un joven escritor talentoso, que se revela
aquí como artista de singular sensibilidad y como
extraño e interesantísimo poeta.
Los puertos de Buenos Aires y los barrios que
los rodean: la Boca, el Dock Sur, el Paseo de Julio,
son las puertas de Babel. Por ellos se entra en la
ciudad monstruosa e inquietante donde todos los
idiomas del mundo y todas las razas se confunden
y mezclan. Arriba está la ciudad rica y poderosa.
Abajo, es decir en las puertas de Babel, se aglomera
la caravana de los parias, la turba sucia y doliente
que arrastra por los puertos y los mares su
desolación y su miseria.
Multitud de lamentables figurillas humanas desfilan.
Marineros ingleses, borrachos y brutales, pasan
junto a suaves y contemplativos chinos. Holandeses
e italianos codéanse en los antros del Paseo
de Julio con árabes melancólicos que invocan
a Alá y añoran las amadas de Argel. Mujeres
de todas las razas — las cigarras del hambre —
cantan y danzan en los cabarets siniestros: andaluzas
de Cádiz y de Málaga, griegas de Salónica, mulatas
martiniqueñas, inglesas de Liverpool y de
Swansea. Todos los barrios trágicos de la tierra
son evocados en las puertas de Babel: el Bund,
de Shangai; el Sombrero Rojo, de Marsella; las callejuelas sucias de los barrios que circundan los grandes puertos.
Y todas las canciones de la tierra dilúyense en los ámbitos
de Babel: coplas de Sorrento, que hacen soñar con el
mar azul;fados portugueses, sensuales y lánguidos;
cantares desolados de los archipiélagos, oídos en las
radas de Oceanía;baladas cándidas y fragantes
que evocan lasmárgenes del Yang-Tse-Kiang;
viejas guajiras de Cuba; lúgubres coplas andaluzas.
Y todas aquellas gentes van pasando bajo las arcadas
del Paseo de Julio, o por las calles de la Boca
o del Dock Sur, o se amontonan en los antros, en
los cabarets, en las hamadas, en los fumaderos de
opio. Y la tragedia estalla a cada paso, allí en las
puertas de Babel. Hombres tatuados se apuñalean
por alguna de aquellas cigarras del hambre, pintarrajeadas,
repugnantes, torturadas, "gaviotas de
todos los puertos", como también las llama Blomberg.
Lo que más se destaca en este libro es el poderoso
sentido del carácter que revela Blomberg. Nada
hay de trivial en sus páginas. Todo tiene en
ellas un extraordinario color. Y puedo decir "un
extraordinario color local", pues si bien los personajes son 
extranjeros es un libro a la vez exótico y bonaerense.
Nos descubre rincones de Buenos Aires poco explorados
y por primera vez salvo algún precedente aislado como ciertas páginas de mis novelas "El mal metafísico" y "Nacha
Regules" — los lleva a la literatura.
A los que ignoran en absoluto las barriadas que
evoca Blomberg, este libro ha de producirles una impresión
singularmente extraña y aturdidora ¿Es posible
que en Buenos Aires haya esas gentes y ocurran
tales cosas? Sí. Blomberg no ha hecho sino interpretar
la realidad, mirarla con su espíritu de artista.
Y esta es otra característica del autor: haber tratado
asuntos realistas, gentes y cosas repugnantes,
con espíritu poético. Ha ennoblecido la realidad,
convirtiendo en verdaderos poemas lo que en manos
de un escritor naturalista habría resultado una
cosa desagradable, aunque tal vez más fuerte. No
es, pues, un escritor realista, precisamente. Tiene
demasiado lirismo para serlo. La realidad aparece
en sus cuadros no sólo ennoblecida sino también
deformada. Pero esta deformación es casi indispensable
para extraer de una cosa su alma. Si
Blomberg describiese la Boca y las poblaciones de
la Isla Maciel y del Dock Sur con sus colores
exactos y sus líneas precisas, sin retocar ni deformar
nada, no lograría mostrarnos el alma de aquellos
lugares. Así, cuando nos habla de "las aldeas,
negras de la Boca". Para el observador superficial,
que paseara por las poblaciones de la Isla Maciel
y del Dock Sur, en un día de sol como son casi
todos los días en Buenos Aires, nada vería de negro
en ellas. Y sin embargo el epíteto es admirable
y da una idea del alma de aquellos lugares solitarios,
verdaderamente siniestros a la noche, refugio
de ladrones y de criminales.
En las narraciones de Blomberg no descubrimos
un conocimiento serio del arte de componer y de
contar. Pero, en cambio, una gran emoción interna
da vida a sus historias trágicas y poéticas. Seguramente,
pudo evitar repeticiones, concentrar
más sus relatos, cortar los muchos flecos que sobran
aquí y allí. Pero todo esto, importante para quien
busque la perfección, apenas lo es para los que buscamos
el carácter, el color, la emoción, la poesía.
"Las puertas de Babel" es uno de los más bellos
libros publicados aquí en los últimos diez años. Es
imposible leerlo sin soñar y sin entristecerse. Aquellos
nombres sonoros de países lejanos, aquellas
canciones sin patria, aquellos mares remotos, aquellas
almas desoladas y vencidas, todas estas cosas
que pasan por el libro de Blomberg nos infunden
la melancolía de los viajes, el ensueño de países
exóticos que no veremos nunca, la impresión dolorosa
de que nosotros también pertenecemos a las
caravanas de los parias, de que somos por ahora
"barcos amarrados" y lo seremos hasta el día en que
soltemos las amarras y partamos para aquel eterno
viaje del que nadie retoma.

Blomberg es ya para esta época una promesa cierta. Su actitud con el “genero chico”, como se definía al sainete, lo populariza. Se estrenan La mulata del restaurador, La sangre de las guitarras y La pulpera de Santa Lucía.
A pesar de ser un hombre parco, el escritor tenía una forma de mostrarse afectuosa que irradiaba confianza.  Pablo Taboada, el coleccionista más joven de discos de tango de nuestro país y admirador del escritor, se anima a dibujar un boceto acuarelado sobre el poeta.

Oda adrede a Héctor Pedro Blomberg

Abandonada pluma reposa en el olvido
de historias ancestrales de mares y cenit,
de noches y mareas, estelas, bergantines,
borrascas, horizontes, alondras y confín
Figuras espumantes de nieblas y de brumas
modelan en las anclas un amarrado fin
que un sueño marinero anhela en la penumbra
pero se desvanece teniendo que partir
Delirio iluminado de cielos y de lunas
paisajes estrellados del sud, oscuridad
luciernága de un faro titila rebosante
sirviendo como espectro ante la inmensidad
Leyenda murmurante de un eco ya perdido
retorna con el viaje del puerto de Bangogk
susurro de un aliento, vencido y resignado
suspira con el viento que pasa por Hong Kong
Alférez que apenado recuerda en una estrofa
el nombre de una amada que conoció en Japón
y el rostro de una anciana que pareció su madre
cuando su nave andaba por tierras de Solón
Cantinas embriagadas de cantos y de copas
de eternas soledades muriendo una vez más
como el romanticismo, bohemio y delirante
de la esquela arrojada, cerca del Mar de Aral
Tu abuelo fue marino y encalló entre las rocas
ahogando todo un grito de desesperación
tu padre en igual sino renació entre las locas
tristes y desoladas olas de Nueva York
Caminos en el agua, trazaron tus noruegos
tu padre aventurero, vivió y murió en el mar
tu abuelo en su destino de capitán sincero
buscó su abrigo un día, en la profundidad...
Hoy retornó tu pluma, vieja y abandonada
que vive en las historias de versos de ultramar
poeta que amaneces con lirios en el alba
entiendo tu martirio, que naufragó en el mar.

Como vemos no podemos quedarnos solamente con el resonante éxito de La pulpera de Santa Lucía que comenzó con un fracaso y terminó en la gloria. El empresario teatral Pascual Carcavallo, su asesor musical y otros colaboradores consideraron, ni bien tuvieron en su mano  ese vals, que sería “un fiasco”, pero Ignacio Corsini no pensó lo mismo, un año después lo estrena en Radio Prieto (1929), con una repercusión increíble. El público reclamaba la repetición del vals  por teléfono, por correspondencia y hasta personalmente. Enseguida “El Caballero Cantor” lo graba y es una avalancha de ventas impresionante. En pocos meses se distribuyeron más de doscientas mil copias, algo inesperado para la época. Finalmente, con esta obra, Ignacio Corsini se consagró definitivamente.
El empresario teatral reconoció su error, cuando volvió a cruzarse con Maciel, le dijo: “Con usted me equivoqué una vez, pero no he de equivocarme más”. Así es como Corsini salvó a La Pulpera de Santa Lucía del olvido, y la llevó al cariño popular, la gloria y la inmortalidad.

Era rubia y sus ojos celestes 
reflejaban la gloria del día 
y cantaba como una calandria 
la pulpera de Santa Lucía. 

Era flor de la vieja parroquia. 
¿Quién fue el gaucho que no la quería? 
Los soldados de cuatro cuarteles
 suspiraban en la pulpería. 

Le cantó el payador mazorquero 
con un dulce gemir de vihuelas 
en la reja que olía a jazmines, 
en el patio que olía a diamelas. 

"Con el alma te quiero, pulpera,
 y algún día tendrás que ser mía,
 mientras llenan las noches del barrio 
las guitarras de Santa Lucía". 

La llevó un payador de Lavalle 
cuando el año cuarenta moría; 
ya no alumbran sus ojos celestes 
la parroquia de Santa Lucía. 

No volvieron los tropas de Rosas 
a cantarle vidalas y cielos.
 En la reja de la pulpería 
los jazmines lloraban de celos. 

Y volvió el payador mazorquero 
a cantar en el patio vacío 
la doliente y postrer serenata 
que llevábase el viento del río: 

¿Dónde estás con tus ojos celestes,
 oh pulpera que no fuiste mía?"
¡Cómo lloran por ti las guitarras,

 las guitarras de Santa Lucía!

En esos años que podemos establecer a finales de la década del 20 y hasta el 30, al binomio Blomberg- Maciel los presentaban como los “precursores de la canción histórica de la República”. La referencia sobre el barrio y la pulpera tiene como dato cierto la documentación que acredita que la parroquia de Santa Lucía estuvo en el barrio porteño de Barracas y fue creada a partir de un oratorio que ya existía en el siglo XVIII. En cercanías del templo actual, en la esquina de la avenida Caseros y Martín García, había una pulpería en la que vivía Dionisia Miranda, quien sería la inspiradora de los versos de Hector Pedro Blomberg.
La historia transcurre "cuando el año cuarenta moría", es decir, a fines de uno de los años de represión política más sangrienta. Este verso fue adoptado por el habla popular, como ha sucedido con otras frases de canciones, para indicar un acontecimiento sucedido hace muchísimo tiempo: "¡Eso fue cuando el año cuarenta moría!", solía decirse. Incluso la expresión se fue alterando, hasta convertirse en la frase sin sentido "cuando el año cuarenta María”.
El autor publica en 1934 su Cancionero Federal: los poetas de la tiranía y dos años después Canciones históricas.La radio, el teatro y el cine son tres pasiones que también despiertan al creador, mientras hacía camino con su carrera radiofónica en Radio Nacional y luego en Radio Belgrano, su pluma continuaba lista para el guión teatral y cinematográfico.

 

A fines de 1938, con 19 años, una joven actriz de papeles secundarios encabeza el elenco de la recién creada Compañía de Teatro del Aire, con otro actor de escasa trayectoria, Pascual Pelliciotta. El primer radioteatro que esa compañía puso al aire en Radio Mitre de lunes a viernes fue Los Jazmines del Ochenta de Héctor Pedro Blomberg, cuya actriz no era otra que Eva Duarte quien con el tiempo lograría la inmortalidad pública.

En esos años un poema impacta en el sentimiento de la gente. Blomberg con su obra hace llorar a todo su público.


Canción a Myriam Grey

Siento aún temblar tus manos en las mías febriles,
y tu voz aún me canta canciones de ayer,
pero tus ojos negros no me miran como antes
Miriam Gray
Mujeres de mi vida que se desvanecieron
como pálidas sombras en el amanecer;
sólo quedó en el mío tu corazón ausente
Miriam Gray
En las obscuras olas del mar de mi agonía
vi tu perdida sombra y te soñé volver;
a mi voz suplicante respondía el silencio,
Miriam Gray
Me dicen que no sueñe, me dicen que te has ido
y en inmóvil sueño que nunca podré ver
dejé mi puerta abierta para que tú volvieras
Miriam Gray
Gitano del recuerdo me iré por los caminos y
cantaré como antes las canciones de ayer
Pero tú que estás lejos no escucharás mis cantos
Miriam Gray
Y morirán los años, se llenará de nieve
el corazón que fuera de una sola mujer
¡Y tú no sabrás nunca lo que te quise un día
Miriam Gray!

La producción literaria de Blomberg es enorme, podemos agregar: Los pájaros que lloran (relatos de la Guerra del Paraguay 1865-1875), Las lágrimas de Eva, Mujeres de la Historia Americana (biografías). Para la cinematografía nacional aportó el argumento original, la adaptación fílmica y las canciones de Bajo la Santa Federación que dirigió Daniel Tinayre en 1935 y que fuera un éxito radiofónico.
La obra poética de Blomberg repentinamente quedó olvidada. En los cincuenta la rescata el poeta Raúl González Tuñón, quien reconoció la existencia de una deuda lírica con Blomberg.
Casado con Elena Smith, sus últimos años los pasa en el número 731 de la calle Caseros, donde fallece el 3 de abril de 1955.
La referencia indica que ni Charlo, ni Gardel grabaron temas de Blomberg. Solamente Magaldi, una vez, con la canción La parda Balcarce, registrada el 28 de septiembre de 1932.
Pedro Héctor Blomberg fue sin dudas el letrista exclusivo de Ignacio Corsini.
Sobre La que murió en París, otra de sus más famosas letras de tango, diremos que nació de un viaje. Cuando el poeta fue corresponsal en París del diario La Razón, lo acompañó una chica en el rol de secretaria. Una muchacha que se encargaba de difundir por todos los medios las crónicas que Blomberg escribía sobre el tango. Durante esa estadía la joven se enferma y muere al poco tiempo.  Blomberg sensibilizado  se inspira y le dedica ese recordado tango. Ella se llamaba Alicia Elsa French y se cuenta que era descendiente del prócer de la Revolución de Mayo Domingo French.
Hace algunos años, Juan "Tata" Cedrón vuelve a rescatar al poeta,  el artista descubre un viejo poema de Blomberg y lo musicaliza. Se trata  de Las dos Irlandesas.

Las dos irlandesas

Aquí estoy con los chinos y las dos irlandesas
que llegaron a bordo del Jamaica Marú;
Maggie, la mayor, tiene ojos como turquesas
y bebe gin en este viejo bar del Dock Sur.

Nancy, la menor de ellas, parece una gitana,
pero nació en el barrio más pobre de Dublín;
arde en sus ojos negros una pasión lejana
y en su pálida frente hay una cicatriz.

De dónde las trajeron los chinos taciturnos
Maggie me habló al oído: “los conocí en Shangai...”
(En el bar se morían los murmullos nocturnos
y en los labios de Nancy se apagaba un cantar...)

El Marú había partido con rumbo a Yokohama.
Maggie me amó en las noches siniestras del Dock Sur;
Me hablaba de su vida errante, y una llama
de pasión palpitaba en su mirada azul.

Nancy, junto a nosotros, cantaba dulcemente
canciones misteriosas de la China y del mar.
(Quién las llevó de Irlanda al infierno de Oriente,
y por qué las trajeron los chinos de Shangai).

Pero yo amaba a Nancy, la irlandesa morena;
los chinos, silenciosos, miraban a las dos;
las casuchas dormían bajo la luna llena
y en los negros navíos temblaba un resplandor.

¡Nancy! ¡Nancy! Una noche su canción quedó trunca;
los chinos dormitaban borrachos de chandú...
¡Pobre Maggie! Esa noche bebió más gin que nunca
y se arrojó a las aguas oscuras del Dock Sur.

 

La pulpera de Santa Lucía fue interpretada por cantantes disímiles. Podemos citar a Enzo Valentino, Nelly Omar, Antonio Tormo, Ginamaría Hidalgo, Roberto Rimoldi Fraga, Argentino Luna, Mecha Anzoátegui, Andrés Calamaro, Palito Ortega, Soledad, Virginia Luque, Susana Rinaldi, Elba Berón, entre los más conocidos.

En la actualidad, el folclorista santiagueño Raly Barrionuevo reflota nuevamente la canción  vals La pulpera de Santa Lucía, un homenaje impensado para Héctor Pedro Blomberg que aún sigue vigente.