"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila" Mariano Moreno

lunes, 29 de abril de 2013





 ABANICO LATINOAMERICANO






REINALDO ARENAS: SÓLO HAY UN LUGAR PARA VIVIR, EL IMPOSIBLE.


La desgarradora obra literaria de Reinaldo Arenas (Holguín, Cuba, 1943- Nueva York, USA, 1990) tiene un valor  incalculable en el panorama de las letras latinoamericanas. Como bien expresa Guillermo Cabrera Infante en La breve vida infeliz de Reinaldo Arenas: “Decir que Reinaldo Arenas atravesó como un cometa la literatura cubana y no decir que fue un bólido salido del infierno es mentir a medias. Reinaldo (como le gustaba que escribieran su nombre y al acortarlo la amistad lo convertía en rey) empezó como un revolucionario y terminó como lo que siempre fue, un rebelde con varias causas. Tres pasiones rigieron la vida y la muerte de Reinaldo Arenas: la literatura no como juego, sino como fuego que consume; el sexo pasivo y la política activa". Pero no era suficiente. De las tres, la pasión dominante era, es evidente, el sexo. No sólo en su vida sino en su obra. Su vida sexual comenzó comiendo tierra, que ya Freud señalaba como una actividad sustitutiva del sexo por la coprofagia. Por supuesto Freud no podía saber que la pobreza, además del sexo, condenaba al niño Rey a comer tierra. Pero el adolescente subía a veces del suelo de tierra roja a los verdes árboles, donde era un rey aéreo por unas horas en su trono vegetal.”

“Reinaldo Arenas había nacido en Aguas Claras, no lejos de Gibara donde nací. Aguas Claras había sido una última estación del tren Gibara-Holguín en los años treinta. Pero cuando nació Arenas, que por su apellido podía haber comido arena, en las playas de Gibara, la parada del tren que venía de la costa había desaparecido, no llevada por el viento de la pobreza, sino por el huracán de la miseria. Sus futuras biografías dijeron luego que había nacido en Holguín. Aguas Claras era una aldea graciosa que pasaba rauda por las ventanillas del tren, pero Holguín era un pueblo sin gracia que quería ser una ciudad espléndida. Pero más espléndido fue Reynaldo por un tiempo.”

“Bajando de los árboles, apenas aprendió a escribir, tatuaba poemas con un cuchillo en el tronco de cada árbol. Un bolero temprano parece describir esta acción: "En el tronco de un árbol una niña / grabó su nombre henchida de placer. / Y el árbol / conmovido allá en su seno / a la niña una flor dejó caer". Ya Reinaldo era mirado por su abuelo como un niño raro, que grababa en el tronco de un árbol su nombre a medias. El abuelo, poseído de un furor extraño, cortaba con un hacha los troncos. Pero Reinaldo proseguía (perseguía la poesía de los nombres) su tarea de tallar Rey en los árboles.”

“Todo lo que cuenta Arenas en su primer libro, su primera novela, Celestino antes del alba, que le ganó muy temprano un segundo premio literario cuando ya era evidente que debía ser el primero de la casta de los escritores Castrados. Arenas encontró otros árboles, otros libros para esconder sus poemas en prosa y escribió otra novela, El mundo alucinante. Si en Celestino se poblaba de hachas el relato, en El mundo proliferaban, alucinantes o no, las cadenas. Con esta segunda novela ganó un primer premio -en el extranjero y en un extranjero en su tierra se convirtió su autor-. Por haber enviado un manuscrito al exterior sin permiso de su tiránico abuelo, que había trocado las hachas por ojos ubicuos, fue condenado a padecer en su tierra, que ya no era la de Aguas Claras de la que comió, sino de La Habana, condena capital, donde se distinguió por dos condiciones humanas que el régimen, dueño de los árboles y las cadenas, escribía su nombre con hachas. Pero Reinaldo se hizo claro en lo oscuro entre los cuentos de las callejas habaneras: fue un homosexual evidente y un escritor vidente allí donde el autor veía oscuro por espejo claro. Y Reinaldo se convirtió en la loca epónima, como dos generaciones antes lo había sido Virgilio Piñera, maestro y mentor. Pero si Virgilio era contenido y sobrio (excepto cuando fumaba su cigarrillo perenne: entonces Marlene Dietrich se apoderaba de sus gestos, de su humor y de su humo) Reinaldo era expansivo y barroco de maneras cuando Virgilio nunca padeció del barroquismo lírico que Góngora contagiaba a Lezama. Virgilio era la facilidad cuando Lezama opinaba con Mallarmé que "sólo lo difícil valía la pena".




“La dificultad de vivir bajo un régimen totalitario le valió a Reinaldo una pena de cárcel: sólo le ganó Virgilio en la cárcel por un día y el desprecio oficial toda su vida.”

“…En el libro de Arenas (Antes que anochezca) no sólo es obsceno el relato, sino la propia vida que la obscenidad le ha obligado a asumir: una vieja sociedad presentada como el único futuro posible le condenaba a ser un hombre nuevo. No a la medida de muy macho que preconizaba su autor, el súcubo siniestro del totalitarismo, sino de una existencia que sólo puede ser descrita como un juego de manos, de manos entre hombres que se identifican con las mujeres y otros hombres que se consideran más machos: como el pederasta activo que posee al pederasta pasivo es un supermacho porque, razona, fornica a otro hombre. No creo que esta dualidad sea ahora dudosa porque Arenas no era Virgilio Piñera como tampoco fue Lezama.”

“La categoría aquí, para futuro horror de Guevara (el otro Guevara, el heterosexual), era de veras no un hombre nuevo, sino un marica nuevo. Eso le permitió escapar a todas las redadas, sobrevivir en la miseria y salir de la cárcel castrista, donde la pederastia era hastía, sin haber tenido un sólo percance homosexual. Como su vida en la cárcel estaba hecha de lances homosexuales aunque, paradoja, Reinaldo se casó cuando su mentor Virgilio, como el otro Virgilio, nunca tuvo mujer. Pero la boda de Arenas fue un acto de bondad, casi de caridad hecha a una mujer con problemas, otros problemas. Otra paradoja, a la novela que es el sólo antecedente de Antes que anochezca (a Hombres sin mujer de Carlos Montenegro) sólo le concierne la vida sexual en la cárcel, casi como a Genet.

“Pero Reinaldo va más allá de Montenegro porque habla del sexo en la cárcel (no precisamente el suyo), en libertad, en la ciudad, en el campo, en su niñez, en su vida adulta y su sexo se manifiesta entre niños, con muchachos, con adolescentes, con bestias de corral y de carga, con árboles, con sus troncos y sus frutos, comestibles o no, con el agua, con la lluvia, con los ríos y con el mar mismo. Su pansexualismo es siempre homosexual y ubicuo, pero al revés de Genet, lo trasciende una poesía verdadera que lo hace una versión cubana y campesina de un Walt Whitman de la prosa.”


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Arenas fue un autor polémico al que no se lo debe juzgar por su declarado rechazo al régimen castrista. En rigor su desafío fue acelerar los cambios en una Cuba que trataba de armar un proceso revolucionario distinto. Los tiempos lo encontraron como un náufrago en soledad y su lucha en este sentido se vio quebrada al igual que su destino.

De modo que Cervantes era manco

De modo que Cervantes era manco;
sordo, Beethoven; Villon, ladrón;
Góngora de tan loco andaba en zanco.
¿Y Proust? Desde luego, maricón.

Negrero, sí, fue Don Nicolás Tanco,
y Virginia se suprimió de un zambullón,
Lautrémont murió aterido en algún banco.
Ay de mí, también Shakespeare era maricón.

También Leonardo y Federico García,
Whitman, Miguel Ángel y Petronio,
Gide, Genet y Visconti, las fatales.

Ésta es, señores, la breve biografía
(¡vaya, olvidé mencionar a San Antonio!)
de quienes son del arte sólidos puntuales.



Introducción del símbolo de la fe


Sé que más allá de la muerte
está la muerte,
sé que más acá de la vida
está la estafa.
Sé que no existe el consuelo
que no existe
la anhelada tierra de mis sueños
ni la desgarrada visión de nuestros héroes.
Pero te seguimos buscando, patria,
en las traiciones del recién llegado
y en las mentiras del primer cronista.
Sé que no existe el refugio del abrazo
y que Dios es un estruendo de hojalata.
Pero
te seguimos buscando, patria,
en las amenazas del nuevo impostor
y en las palmas que revientan buldoceadas.
Sé que no existe la visión
del que siempre perece entre las llamas
que no existe la tierra presentida
Pero
te seguimos buscando, tierra
en el roer incesante de las aguas,
en el reventar de mangos y mameyes,
en el tecleteo de las estaciones
y en la confusión de todos los gritos.
Sé que no existe la zona del descanso
que faltan alimentos para el sueño,
que no hay puertas en medio del espanto.
Pero
te seguimos, buscando, puerta,
en las costas usurpadas de metralla,
en la caligrafía de los delincuentes,
y en el insustancial delirio de una conga.
Sé que hay un torrente de ofensas aún guardadas
y arsenales de armas estratégicas,
que hay palabras malditas, que hay prisiones
y que en ningún sitio está el árbol que no existe.
Pero
te seguimos buscando, árbol,
en las madrugadas de colas para el pan
y en las noches de cola para el sueño.
Te seguimos buscando, sueño,
en las contradicciones de la historia
en los silbidos de las perseguidoras
y en las paredes atestadas de blasfemias.
Sé que no hallaremos tiempo
que no hay tiempo ya para gritar,
que nos falla la memoria,
que olvidamos el poema, que, aturdidos,
acudimos a la última llamada
(el agua, la cola del cigarro).
Pero
te seguimos buscando, tiempo,
en nuestro obligatorio concurrir a mítines,
funerales y triunfos oficiales,
y en las interminables jornadas en el campo.
Te seguimos buscando, palabra,
Por sobre la charla de las cacatúas
y el que vendió su voz por un paseo,
por sobre el cobarde que reconoce el llanto
pero tiene familias…y horas de recreo.
Te seguimos trabajando, poema,
Por sobre la histeria de las multitudes
y tras la consigna de los altavoces,
más allá del ficticio esplendor y las promesas:
Qué es ridículo invocar la dicha
que no existe “la tierra tan deseada”
que no hallarán calma nuestras furias.
Todo eso lo sé.
Pero te seguimos buscando, dicha,
en la memoria de un gran latigazo
y tras el escozor de la última patada.
Te seguimos buscando, calma,
en el infinito gravitar de nuestras furias
en el sitio donde confluyen nuestros huesos
en los mosquitos que comparten nuestros cuerpos
en el acoso por sueños y aceras en el aullido del mar
en el sabor que perdieron los helados
en el olor del galán de noche
en las ideas convertidas en interjecciones ahogadas
en las noches de abstinencia
en la lujuria elemental
en el hambre de ayer que hoy hambrientos condenamos
en la pasada humillación que hoy humillados denunciamos.
en la censura de ayer que hoy amordazados señalamos
en el día que estalla
en los épicos suicidios
en el timo colectivo
en el chantaje internacional
en el pueril aplauso de las multitudes
en el reventar de cuerpos contra el muro
en las mañanas ametralladas
en la perenne infamia
en el impublicable ademán de los adolescentes
en nuestra voracidad impostergable
en el insolente estruendo de la primavera
en la ausencia de Dios
en la soledad perpetua
y en el desesperado rodar hacia la muerte
te seguimos buscando
te seguimos
te seguimos.

Reinaldo Arenas tuvo una vida trágica y a veces confundible con segmentos de su obra. Luchó por su libertad personal, defendió su obra hasta la obsesión, hasta la clandestinidad y a la cultura cubana como un monumento al que se sabía pertenecía. Fue prohibido, golpeado, perseguido brutalmente, encarcelado y finalmente arrojado al estrecho de La Florida en una endeble  embarcación que le llevó a Estados Unidos de América, en el triste éxodo forzado de El Mariel. Desde el exilio, siguió batallando, pensando lo mismo sobre sí mismo, sobre Cuba y sobre Castro. Tampoco se sintió cómodo en Nueva York ni en Miami. Dicen sus amigos más cercanos que el Viejo Mundo le sentaba mejor.




Resulta difícil encontrar al verdadero Arenas divorciado de sus convicciones. Uno como lector se acerca a su mundo oscuro y siente que la vida es todo pesar y desgracia. El cubano escribe con sangre, con la letra urgente que procura salir del infierno. No es Arenas el intelectual maquillado y arropado con el traje blanco de ceremonias. Estamos ante un ser desnudo, quebrado, dolorido, humillado. Habla del régimen totalitario porque en su país fue un esclavo y fuera de él un paria  que deambulaba pidiendo afecto. Por eso su pluma filosa también arrastra a otros pares con quienes no concuerda. Dice Arenas  reconociendo cierto alivio: "Por primera vez soy un hombre libre, por lo tanto, por primera vez existo. Mi vida hasta ahora ha transcurrido entre dos dictaduras; primero la de Batista; luego la dictadura comunista. Precisamente por estar por primera vez en un país libre puedo hablar..." El desahogo lo expresa ante una platea de estudiantes de la Universidad de Columbia donde había llegado invitado para presentar su libro Necesidad de libertad. Atrás había quedado la cárcel y el rótulo de “peligro social”. En ese texto se anima a denunciar que a Lezama Lima se le dejó morir en un hospital mugriento sin recibir atención, que  Marta Vignier, desesperanzada se quitó la vida, y otros como Jorge Valls y Armando Valladares se pudrieron en la cárcel. "Los demás –anota– pasamos al campo del cinismo, del silencio o de la cobardía". Él mismo confiesa que en las celdas de la Seguridad Nacional firmó "cuanto papel se me puso ante los ojos".

Necesidad de libertad es también una denuncia literaria porque Reinaldo Arenas arremete aquí con dureza contra los escritores partidarios del régimen de Fidel Castro que viven “libres y fuera de la isla”. Arenas no ahorra calificativos para juzgar la actitud de autores consagradísimos como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o Ernesto Cardenal, el último ganador del premio Reina Sofía de poesía. Al Nobel colombiano le dedica todo un capítulo (titulado, muy gráficamente: "Gabriel García Márquez, ¿esbirro o es burro?"), donde le reprocha que haga "apología del totalitarismo comunista que convierte a los intelectuales en gendarmes y a los gendarmes en criminales".

En su texto, Reinaldo Arenas le recuerda al autor de 'Cien años de soledad' algunas "contradicciones". "Me pregunto -expone- si no es extremadamente cínico que García Márquez, quien hace incesantes apologías a la revolución cubana’ y a su desarrollo cultural y humano, viva sin embargo en París y México, tenga un hijo estudiando en la Universidad de Harvard, y otro aprende a tocar el violín en Francia. ¿No invalida esta actitud real la retórica poscastrista del acaudalado señor que la emite?..."

Tampoco es clemente con Julio Cortázar, "convertido -expone el autor- al castrismo desde los lujosos hoteles cubanos que el capitalismo había construido y con residencia y estatus en París; a Ernesto Cardenal, tan mediocre e hipócrita como su supuesta doctrina religiosa, que ni siquiera práctica (...) A ellos el cinismo se le convertía en cuantiosas recompensas (...) De esa manera llegó Cortázar a best-seller, Cardenal a ministro..."




El mundo alucinante (fragmento)
" El verano. Los pájaros derretidos en pleno vuelo, caen, como plomo hirviente, sobre las cabezas de los arriesgados transeúntes, matándolos al momento.
El verano. La isla, como un pez de metal alargado, centellea y lanza destellos y vapores ígneos que fulminan.
El verano. El mar ha comenzado a evaporarse, y una nube azulosa y candente cubre toda la ciudad.
El verano. La gente, dando voces estentóreas, corre hasta la laguna central, zambulléndose entre sus aguas caldeadas y empastándose con fango toda la piel, para que no se le desprenda el cuerpo.
El verano. Las mujeres, en el centro de la calle, empiezan a desnudarse, y echan a correr sobre los adoquines que sueltan chispas y espejean.
El verano. Yo, dentro del morro, brinco de un lado a otro. Me asomo entre la reja y miro al puerto hirviendo. Y me pongo a gritar que me lancen de cabeza al mar.
El verano. La fiebre del calor ha puesto de mala sangre a los carceleros que, molestos por mis gritos, entran a mi celda y me muelen a golpes. Pido a Dios que me conceda una prueba de su existencia mandándome la muerte. Pero dudo que me oiga. De estar Dios aquí se hubiera vuelto loco.
El verano. Las paredes de mi celda van cambiando de color, y de rosado pasan a rojo, y de rojo al rojo vino, y de rojo vino a negro brillante... el suelo empieza también a brillar como un espejo, y del techo se desprenden las primeras chispas. Solo dándole brincos me puedo sostener, pero en cuanto vuelvo a apoyar los pies siento que se me achicharran. Doy brincos. Doy brincos. Doy brincos.
El verano. Al fin el calor derrite los barrotes de mi celda, y salgo de este horno al rojo, dejando parte de mi cuerpo chamuscado entre los bordes de la ventana, donde el aceite derretido aun reverbera.
(…)
Pero las revoluciones no se hacen en las cárceles, si bien es cierto que generalmente allí es donde se engendran. Se necesita tanta acumulación de odio, tantos golpes de cimitarra y redobles de bofetadas, para al fin iniciar este interminable y ascendente proceso de derrumbe.
(…)
Las manos son lo mejor que indica el avance del tiempo.
Las manos, que antes de los veinte años empiezan a envejecer.
Las manos, que no se cansan de investigar ni darse por vencidas.
Las manos, que se alzan triunfantes y luego descienden derrotadas.
Las manos, que tocan las transparencias de la tierra.
Que se posan tímidas y breves.
Que no saben y presienten que no saben.
Que indican el límite del sueño.
Que planean la dimensión del futuro.
Estas manos, que conozco y sin embargo me confunden.
Estas manos, que me dijeron una vez: -tienta y escapa-.
Estas manos, que ya vuelven presurosas a la infancia.
Estas manos, que no se cansan de abofetear a las tinieblas.
Estas manos, que solamente han palpado cosas reales.
Estas manos, que ya casi no puedo dominar.
Estas manos, que la vejez ha vuelto de colores.
Estas manos, que marcan los límites del tiempo.
Que se levantan y de nuevo buscan el sitio.
Que señalan y quedan temblorosas.
Que saben que hay música aun entre sus dedos.
Estas manos, que ayudan ahora a sujetarse.
Estas manos, que se alargan y tocan el encuentro.
Estas manos, que me piden, cansadas, que ya muera. "


Antes que anochezca (fragmento)


" Oh Luna! Siempre estuviste a mi lado, alumbrándome en los momentos más terribles; desde mi infancia fuiste el misterio que velaste por mi terror, fuiste el consuelo en las noches mas desesperadas, fuiste mi propia madre, bañándome en un calor que ella tal vez nunca supo brindarme; en medio del bosque, en los lugares más tenebrosos, en el mar; allí estabas tu acompañándome; eras mi consuelo, siempre fuiste la que me orientaste en los momentos más difíciles. Mi gran diosa, mi verdadera diosa, que me has protegido de tantas calamidades; hacia ti en medio del mar; hacia ti junto a la costa; hacia ti entre las costas de mi isla desolada. Elevaba la mirada y te miraba; siempre la misma; en tu rostro veía una expresión de dolor, de amargura, de compasión hacia mí; tu hijo. Y ahora, súbitamente, luna, estallas en pedazos delante de mi cama. Ya estoy solo. Es de noche. "

The Parade Ends

"Paseos por las calles que revientan,
pues las cañerías ya no dan más
por entre edificios que hay que esquivar,
pues se nos vienen encima,
por entre hoscos rostros que nos escrutan y sentencian,
por entre establecimientos cerrados,
mercados cerrados,
cines cerrados,
parques cerrados,
cafeterías cerradas.
Exhibiendo a veces carteles (justificaciones) ya polvorientos,
CERRADO POR REFORMAS,
CERRADO POR REPARACIÓN.
¿Qué tipo de reparación?
¿Cuándo termina dicha reparación, dicha reforma?
¿Cuándo, por lo menos,
empezará?
Cerrado...cerrado...cerrado...
todo cerrado...
Llego, abro los innumerables candados, subo corriendo la improvisada escalera.
Ahí está, ella, aguardándome.
La descubro, retiro la lona y contemplo sus polvorientas y frías dimensiones.
Le quito el polvo y vuelvo a pasarle la mano.
Con pequeñas palmadas limpio su lomo, su base, sus costados.
Me siento, desesperado, feliz, a su lado, frente a ella,
paso las manos por su teclado, y, rápidamente, todo se pone en marcha.
El ta ta, el tintineo, la música comienza, poco a poco, ya más rápido
ahora, a toda velocidad.
Paredes, árboles, calles,
catedrales, rostros y playas,
celdas, mini celdas,
grandes celdas,
noche estrellada, pies
desnudos, pinares, nubes,
centenares, miles,
un millón de cotorras
taburetes y una enredadera.
Todo acude, todo llega, todos vienen.
Los muros se ensanchan, el techo desaparece y, naturalmente, flotas,
flotas, flotas arrancado, arrastrado,
elevado,
llevado, transportado, eternizado,
salvado, en aras, y,
por esa minúscula y constante cadencia,
por esa música,
por ese ta ta incesante. "


Mi amante el mar (fragmento)

"Sólo el afán de un náufrago podría
remontar este infierno que aborrezco.
Crece mi furia y ante mi furia crezco
y solo junto al mar espero el día. "

Última luna

Por qué esta sensación de ir a buscarte
hacia donde por mucho que vuele
no he de hallarte.
Qué terror sin tiempo ahora me impele
a por sobre tanto terror siempre evocarte.
No ha de encontrar sosiego nuestra pena
(que hallarlo sería comenzar otra condena)
y por lo mismo jamás cesaré de contemplarte.
Luna, una vez más aquí estoy detenido
en la encrucijada de múltiples espantos.
El pasado es todo lo perdido
y si del presente me levanto
es para ver que estoy herido
(y de muerte)
porque ya el futuro lo he vivido.
Ésa, indiscutiblemente, ésa es la suerte
que por venir del infierno arrostro.
Extraña amante,
sólo me queda contemplar tu rostro
(que es el mío)
porque tú y yo somos un río
que recorre un páramo incesante,
circular e infinito:
un solo grito.

Tú y yo estamos condenados

Tú y yo estamos condenados
por la ira de un señor que no da el rostro
para danzar sobre un paraje calcinado
o a escondernos en el culo de algún monstruo.
Tú y yo siempre prisioneros
de aquella maldición desconocida.
Sin vivir, luchando por la vida.
Sin cabeza, poniéndonos sombrero.
Vagabundos sin tiempo y sin espacio,
una noche incesante nos envuelve,
nos enreda los pies, nos entorpece.
Caminamos soñando un gran palacio
y el sol su imagen rota nos devuelve
transformada en prisión que nos guarece.

Autoepitafio de Reinaldo Arenas

Mal poeta enamorado de la luna,
no tuvo más fortuna que el espanto;
y fue suficiente pues como no era un santo
sabía que la vida es riesgo o abstinencia,
que toda gran ambición es gran demencia
y que el más sórdido horror tiene su encanto.
Vivió para vivir que es ver la muerte
como algo cotidiano a la que apostamos
un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte.
Supo que lo mejor es aquello que dejamos
-precisamente porque nos marchamos-.
Todo lo cotidiano resulta aborrecible,
sólo hay un lugar para vivir, el imposible.
Conoció la prisión, el ostracismo,
el exilio, las múltiples ofensas
típicas de la vileza humana;
pero siempre lo escoltó cierto estoicismo
que le ayudó a caminar por cuerdas tensas
o a disfrutar del esplendor de la mañana.
Y cuando ya se bamboleaba surgía una ventana
por la cual se lanzaba al infinito.
No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito,
ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto
(ni después de muerto quiso vivir quieto).
Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar
donde habrán de fluir constantemente.
No ha perdido la costumbre de soñar:
espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.


Epigrama
        A la columnista; digo, calumnista, de un periódico
                              hispano en el estado de la Florida



Sus escritos, señora Nurka o Nurko,
más que en español están en turco.
¿El tema? Siempre el mismo: nada, nada.
¡Y al pie su horrible foto engalanada!

En eso de decir nada es usted terca
(como en lo de esparcir el venenito),
es la misma terquedad conque la puerca
año tras año nos ofrece algún puerquito.

No se puede precisar cuál es el surco
que calienta su semilla envenenada
o si cobra aquí o al lado de la cerca.

Y en esto francamente me bifurco:
¿Pues cómo puede el señor de la mesada
pagar cual río lo que es sólo una alberca?

(Nueva York, octubre de 1984)





 






Tal vez con su último trabajo titulado El Portero vuelve a hacer gala de su mejor recurso narrativo: la hiperbolización que le sirve para amaestrar el dolor con la risa. Es una fábula sobre el desarraigo del exiliado, el infierno de los otros (Juan lee a Jean Paul  Sartre), la rebeldía, la divergencia, el amor a la vida. Pertenece al ciclo de ficciones escritas cuando ya sabía que padecía el sida, y que se moriría más temprano que tarde, en Nueva York, adonde había llegado desde Cuba, con todos los "marielitos", en 1980. En la isla sufrió la prisión, la persecución por "desviación ideológica" y por homosexual (es mejor que los mariquitas se vayan al Imperio – recordaba-), la censura de todos sus libros (después de Celestino nunca más pudo volver a publicar un libro en su país). La historia de El portero tiene lugar entre diciembre de 1990 y el 23 de junio de 1991, alcanzando su punto culminante el 31 de diciembre de 1990. 

Las páginas de este relato nos despierta la necesidad de observar al otro, de hurgar en la mirada del que  pasa a nuestro lado. Ácido por momentos, tierno como un niño huérfano, censor punzante, el narrador es uno de "nosotros" que de entrada se presenta inserto en "una poderosa comunidad de un millón de personas" que exponen el caso a Juan en español, un idioma cuya pobreza, dicen, se debe a que "por motivos obvios hemos tenido que olvidarlo". Se plantea qué estilo debe emplear "para hacer esta historia más verosímil" y prestar atención al que te saluda. Y tras excusarse por no haber solicitado el concurso de algunos individuos de la comunidad, que "se dicen escritores", como Severo Sarduy ("todo habría quedado en una bisutería neobarroca") o Reinaldo Arenas ("su homosexualismo confeso, delirante y reprochable" lo contaminaría todo), opta por informar sobre los hechos: los animales toman la palabra y acuden a Juan para que los guíe al sitio de sus sueños. Al cierre del informe, la comunidad  advierte que Juan "es algo misterioso y terrible", "un arma secreta y fulminante", porque "un pueblo en exilio y por tanto ultrajado y discriminado, vive para el día de la venganza".

La vida real de Reinaldo Arenas concluyó el 7 de diciembre de 1990, cuando el escritor, una vez ordenados sus manuscritos, se suicida, en su departamento. Su temple esperanzado y optimista tampoco lo abandonó en ese momento. Con sus armas de siempre, la ternura y el humor, escribió en su epitafio: "No ha perdido la costumbre de soñar: espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente".



"Yo pensaba morirme en el invierno de 1987. Desde hacía meses tenía unas fiebres terribles. Consulté a un médico y el diagnóstico fue SIDA. Como cada día me sentía peor, compré un pasaje para Miami y decidí morir cerca del mar. No en Miami específicamente, sino en la playa. Pero todo lo que uno desea, parece que por un burocratismo diabólico, se demora, aun la muerte."

"En realidad no voy a decir que quisiera morirme, pero considero que, cuando no hay otra opción que el sufrimiento y el dolor sin esperanzas, la muerte es mil veces mejor."



..."Al cabo de tres meses me dieron el alta. Casi no podía caminar, y Lázaro me ayudó a subir a mi apartamento, que por desgracia está en un sexto piso sin ascensor. Llegué con trabajo hasta arriba. Lázaro se marchó con una inmensa tristeza. Ya en la casa, comencé como pude a sacudir el polvo. De pronto, sobre la mesa de noche me tropecé con un sobre que contenía un veneno para ratas llamado Troquemichel. Aquello me llenó de coraje, pues obviamente alguien había puesto aquel veneno para que yo lo tomara. Allí decidí que el suicidio que yo en silencio había planificado tenía que ser aplazado por el momento. No podía darle ese gusto al que me había dejado en el cuarto ese sobre."

..."Pero la humanidad, la pobre humanidad, no parece que pueda ser destruida fácilmente. Ha valido la pena haber padecido todo esto, pues por lo menos he podido asistir a la caída de uno de los imperios más siniestros de la historia, el imperio estalinista."

"Además, me voy sin tener que pasar por el insulto de la vejez"
 







sábado, 30 de marzo de 2013


ABANICO LATINOAMERICANO

DELMIRA AGUSTINI: ENTRE EL EROTISMO Y LA FATALIDAD






La dramaticidad en el contexto de la literatura latinoamericana es una constante que atraviesa la obra de la gran mayoría de nuestros narradores. De hecho, muchos de ellos acudieron a finales trágicos donde la cuota de un romanticismo extremo no escapaba a esa realidad. El suicidio y la muerte violenta, en algunos casos, cooperó con esta conducta que hizo enmudecer a muchas voces y caer en la melancolía a innumerables lectores consustanciados con ese malestar existencial. Hay una línea atormentada y descorazonada en las lecturas que se nos presentan como verdades bíblicas, como un índice inequívoco de una forma de vida angustiante y desoladora. El escritor padeciente encaja perfectamente en ese mundo lleno de sinsabores, de irremediables traspiés; como si se tratara de un espacio pantanoso de donde es imposible salir con vida. Situación más penosa aún si se refiere a una literatura plasmada por mujeres, que por el sólo hecho hormonal ya estaban en desventaja, sufriendo  el golpe lapidario y cruel de sus pares, quienes miraban la obra desde un escenario montado para la denostación y el vitupero.

La dramaticidad se impone, se enquista como categoría y se expande de manera ejemplicadora. María Corti afirma en sus Principi della communicazione letteraria que "el texto, salvo casos excepcionales, no viene aislado en la literatura, sino que, debido a su función sígnica, pertenece con otros signos a un conjunto, es decir, a un género literario, el cual, por esta causa, se configura como el espacio en que una obra se sitúa en una compleja red de relaciones con otras obras". Este modo de abordaje de lo genérico no niega lo anteriormente expuesto, pero ofrece un principio heurístico importante: podemos partir del canon genérico que cada época hace suyo, acotar incluso un grupo de obras y estudiar ese conjunto de relaciones que las vincula y a la vez constituye. La valoración de lo siniestro en este aspecto podría adecuarse perfectamente, porque estamos en presencia  de algo funesto y catastrófico que se percibe en la lectura misma y se proyecta al plano que legitima la desventura propia de una sociedad represora y reprimida.

En el Río de la Plata esta fórmula desarrolló una costumbre que puso en escena el testimonio narrativo de innumerables creadores. El caso de Delmira Agustini (1886-1914) se proyecta como un modelo de características sumamente particulares. Única creadora uruguaya en cuya poesía cantó por vez primera el erotismo con voz ardiente y pulcra. Mujer de complicada y extraña personalidad, su parecido entreteje su creación poética dando lugar a ingentes estudios biográficos, cimentados específicamente en la esquela intima. Lo que ha llamado la atención es la diferencia entre su vida y el contenido de su poesía, lleno de erotismo, en el cual la pasión a la carne cierra un trato frenético del espíritu en su indagación de eficacia. Delmira Agustini surgió como un milagro para muchos críticos a quienes les resultaba imposible entender su precocidad, su genialidad aislada, su hondura, su recorte nítido del entorno, su atreverse a decir, su atreverse a ser. Podemos afirmar que la sociedad no estaba preparada para oír una voz como la suya. Muchos se sorprendieron, algunos trataron de neutralizarla, la mayoría no la entendió. Todavía hoy, sus textos sorprenden a la vez que cautivan, tanto por su calidad poética, como por su capacidad reveladora y transgresora. El silencio de la mujer de aquella época era mucho más cerrado y celado que el que todavía -lamentablemente- se guarda hoy. Era la época que José Pedro Barrán llamará "del disciplinamiento".  Por eso, es destacable y conmovedor que una joven de 20 años de la clase media alta en un Montevideo de costumbres muy rígidas, que no llegaba entonces a 300.000 habitantes, pudiese y se animase a escribir y a publicar un libro donde se concibe el conflicto como modelo hegemónico. El no haber contado con una tradición literaria, siquiera con una voz anterior de mujer en la que apoyarse, hace aún más solitario y paradigmático su caso. Es ella precisamente la que abre el camino de la literatura escrita por mujeres fieles a sí mismas, en un tono auténtico, y en franca oposición con los modelos señalados por la sociedad. Dentro del modelo burgués, la situación de la mujer era opresiva y desigual con respecto al hombre. Éste era la autoridad, el jefe de familia. El matrimonio suponía la fidelidad femenina hasta la muerte, así como su castidad previa. Para no correr el riesgo de ser mal interpretada, no debía salir sola de su casa, sino acompañada,  y estaba confinada al hogar, sometida a la autoridad del marido, quien la veía probablemente como un objeto decorativo. La sexualidad se vivía con una enorme carga prohibitiva. El sexo era pecado, pero la prostitución se constituyó en un verdadero negocio en Montevideo, que salvaguardaba la inocencia de las señoras de su casa. Este panorama se repetía en la mayoría de los países hermanos. No fue casualidad que apareciera la imagen reveladora de Alfonsina Storni, la sencillez dolorida de Gabriela Mistral, la irrespetuosidad de Victoria Ocampo, la docilidad de Juan de Ibarbourou, todas unidas con el mismo lazo del segregacionismo cínico y procaz. 




Nació un 24 de octubre en Montevideo, en el seno de una familia de inmigrantes italianos. Su madre, María Murtfeldt, su padre, Santiago Agustini, y su hermano, Antonio Luciano Agustini. Por sus venas corría sangre de razas diversas, ya que uno de sus abuelos era francés, otro alemán y sus dos abuelas uruguayas. Todos ellos sobreprotegían, casi mimaban, su vocación poética (sin entenderla demasiado) con la que escandalizó a la burguesa sociedad rioplatense. De inteligencia precoz, autodidacta - a los cinco años sabía leer y escribir correctamente, a los diez componía versos - realizó estudios de francés, música (ejecutaba en el piano las partituras más difíciles) y pintura con maestros privados y por su cuenta, y envió tempranas colaboraciones en prosa a la revista La Alborada que se publicaba por entonces en la capital de su país.

Pero lo que asombró en Delmira Agustini fue la dicotomía mayor que rigió su vida, nunca satisfactoriamente explicada, y la cual descansaba en la doble personalidad que revelaba, de un lado, la conducta " irreprochable" y convencional de su casi nula vida pública, y por el otro, la inquietante cerebración erotizada de su poesía.

Rubia, de ojos claros, que eran tan pronto azules o celestes, e incluso verdes, según la luz, asombrados, en los que ardía un fuego secreto. No daba la impresión de ser alta, pero sí espigada y flexible. Se hablaba de "una niña de quince años, rubia y azul, ligera, casi sobrehumana, suave y quebradiza como un ángel encarnado, como un ángel lleno de encanto e inocencia". La tal niña era realmente una belleza, impresionante. Aurora Curbelo Larrosa, su abogada, dijo haber conocido a Delmira desde pequeña, y la describió como cariñosa, bella, de carácter melancólico y dueña de una precoz y maravillosa imaginación. El profesor de música Martín López, sostuvo que Delmira estaba muy bien dotada para la música, que tenía mucho talento, a pesar de que faltaba mucho a clase. Dijo que todo lo hacía bien, que era humilde, nada pedante, reservada y muy sumisa a su madre, a quien parecía encadenada. Alberto Zum Felde definió que “Delmira esa terrible sacerdotisa de Eros, fue una niña perfectamente casta hasta el día de la muerte y nunca ningún otro hombre que su marido tuvo trato carnal con ella. Los versos eran su mayor placer, pero también su tormento. A veces su tensión nerviosa llega a extremos insoportables”. "Yo casi preferiría que no escribiera.", decía su madre. Delmira era una niña buena y obediente, sencilla y dulce, recatada, esa misma mujer que luego, en la alta noche, en las madrugadas, era capaz de escribir versos inquietantes.  
En la vida de la poeta, se avinieron de manera dramática la señorita hogareña, sumisa y disimulada, a quien los padres llamaban “La Nene”, con la mujer de cualidad profusa y la poeta que arrancó un vuelo libertando los sueños a zonas limitadas por la circunstancia del entorno. Como derivación del influjo de la madre, se ha destacado el puerilismo que se refleja en sus cartas y en el cuidado más curioso que ponía en la muñeca de ojos azules y vestido de raso, sentada en la sala, en su rincón favorito como ella lo llamaba.





En lo exterior: una señorita consentida de la burguesía provinciana del Montevideo de principios de siglo, y la que, en tanto que tal, se conducía como Dios manda (y como le mandaba una madre absorbente, dominante y autoritaria de cuyas faldas parecía prendida). En lo interior y esencial: un ardiente temperamento femenino que, casi en estado sonambúlico o de "trance" ( así lo declaran quienes la conocieron) iba escribiendo, en la soledad hiperestésica de sus noches y guiada sólo por su extraordinaria penetración intuitiva ( en su lírica consignó fuertes notas pasionales sin haber conocido jamás, al decir de sus contemporáneos, amores pecaminosos) , los poemas de más apasionada sensualidad y sexualidad que jamás mujer alguna hubiera intentado en el mundo hispánico ( y aun fuera de éste). Estos poemas producían, la cosa no era para menos, el natural pasmo de sus coetáneos y de sus coterráneos. Así, Carlos Vaz Ferreira, el gran pensador uruguayo de su tiempo, y amigo de la familia, le escribía con no disimulada perplejidad:
"Usted no debería ser capaz, no precisamente de escribir, sino de entender su libro [y se refería el escritor aquí al primero de la autora, donde ella no había alcanzado aún el clímax de su intensidad pasional y de su hondísima comprensión de la vida]. Cómo ha llegado usted, sea a saber, sea a sentir, lo que ha puesto en ciertas páginas, es algo completamente inexplicable".

De El libro blanco

La musa
Yo la quiero cambiante, misteriosa y compleja;
Con dos ojos de abismo que se vuelvan fanales;
En su boca una fruta perfumada y bermeja
Que destile más miel que los rubios panales.
A veces nos asalte un aguijón de abeja:
Unos raptos feroces a gestos imperiales
Y sorprenda en su risa el dolor de una queja;
¡En sus manos asombren caricias y puñales!
Y que vibre, y desmaye, y llore, y ruja, y cante,
Y sea águila, tigre, paloma en un instante.
Que el Universo quepa en sus ansias divinas;
Tenga una voz que hiele, que suspenda, que inflame,
Y una frente que erguida su corona reclame
De rosas, de diamantes, de estrellas o de espinas!

La estatua
Miradla, así, sobre el follaje oscuro
Recortar la silueta soberana...
¿No parece el retoño prematuro
De una gran raza que será mañana?
¡Así una raza inconmovible, sana,
Tallada a golpes sobre mármol duro,
De las bastas campañas del futuro
Desalojara a la familia humana!
¡Miradla así -¡de hinojos!- en augusta
Calma imponer la desnudez que asusta!...
¡Dios!...¡Moved ese cuerpo, dadle un alma!
Ved la grandeza que en su forma duerme...
¡Vedlo allá arriba, miserable, inerme.
Más pobre que un gusano, siempre en calma!

Explosión
Si la vida es amor, bendita sea!
Quiero más vida para amar! Hoy siento
Que no valen mil años de la idea
Lo que un minuto azul de sentimiento.
Mi corazón moría triste y lento...
Hoy abre en luz como una flor febea;
¡La vida brota como un mar violento
Donde la mano del amor golpea!
Hoy partió hacia la noche, triste, fría,
rotas las alas mi melancolía;
Como una vieja mancha de dolor
En la sombra lejana se deslía...
Mi vida toda canta, besa, ríe!
Mi vida toda es una boca en flor!




Demira Agustini formó parte de la generación del 1900, a la que también pertenecieron Julio Herrera y Reissig, Leopoldo Lugones y Rubén Darío (al que consideraba su maestro y tras conocerlo en 1912 en Montevideo, época en la que él estaba en la cumbre de su gloria, mantuvo una constante correspondencia), y de la generación del Río de La Plata (1910-1920), dominada mayoritariamente por hombres. Sus influencias fundamentales provinieron de los simbolistas franceses y de Friedrich Nietzsche.

Delmira está considerada una de las iniciadoras de la poesía femenina hispanoamericana, que le ha merecido los más lisonjeros elogios de los críticos. Diría Rubén Darío:

"Es la primera vez que en lengua castellana aparece un alma femenina en la verdad de su inocencia y de su amor, a no ser Santa Teresa en su exaltación mística (...) Si esta niña bella continúa la lírica, revelación de su espíritu, como hasta ahora, va a asombrar a nuestro mundo de habla española".

Ha sido una de las voces más sinceras y brillantes de toda la lírica hispanoamericana. Es un milagro de intuición y de sonambulismo poético, pues su lirismo llega a profundidades metafísicas y originalidades de expresión que contrastan con su feminidad juvenil. Se caracterizan por una utilización de símbolos: estatua, cirio, sello, serpiente, búho, vino, cisne... en la que el amor es concebido como un absoluto, al cual –según Rafael Barret- se arrojó como a un abismo, cerrando los ojos. De ahí a que la denomine "poetisa por sagrada fatalidad". Delmira Agustini inaugura con su obra lírica (y en un diapasón emocional no superado en cierto modo) la trayectoria de la poesía escrita por las poetisas hispanoamericanas del llamado posmodernismo: Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni y Gabriela Mistral, las mayores. Pero la suya, aunque evolucionada y contrastada en un rápido proceso de maduración interior, cae totalmente en el modernismo, y sus deudas con éste son incluso tópicas en tramo inicial de la misma.

En cuanto a su estilo, debemos citar una importante característica que influirá en sus escritos. Sufría múltiple personalidad; era cuatro personas a la vez: Delmira, La Nena, La Potota y Joujou (la de los perfiles en La Alborada). Por ello, es Delmira quien escribe los poemas y las cartas a Rubén Darío, mientras que quien escribe a sus padres es La Nena o La Potota , observándose un importante cambio en el léxico, que pendula desde un estilo cuidado y profundo a otro mucho más trivial y completamente infantil. Otra importante característica es la afición de Delmira (mejor deberíamos decir, la de Joujou) por realizar retratos literarios de personas de su época.

Del manido bagaje modernista, aunque algunos poemas ya trataban de conseguir una expresión lírica original más adecuada a sus apasionadas vivencias personales, muchos proceden de los elementos expresivos -perlas y mármoles, cisnes y lagos, oros y azules- que pueblan y decoran ese tramo, el de El libro blanco (1907), quizá la mejor obra que ha escrito, que da testimonio de feminidad inequívoca, de exaltación lírica y sensibilidad delicada y ofreciendo en germen todo su mensaje de " sensualidad mística". Sus Obras Completas a las que se agregaron El rosario de Eros y su volumen póstumo Los astros del abismo, fueron publicadas en 1924, manifiestan, en palabra e incidente una exacerbación del amor, una sexualidad anhelante, hasta ese momento nunca presente en la poesía de lengua española, y mucho menos en la escrita por mujeres.



Por primera vez una mujer joven y bella abría su corazón con impúdica desenvoltura y en un lenguaje tan audaz como poético, tempestuoso y sugestivo, sacaba a la luz sus más íntimos sentires. Pero lo confiesa con tanta sinceridad que uno supone, dada la edad de la poetisa, producto de un estado de creación inconsciente, y otros, como lo afirma Federico Onís, lo juzgan reflejo de estados intuidos más bien que de realidades vividas. De cualquier manera es el mismo Eros quien inspira aquellos poemas crepitantes de deseos y satisfacciones carnales. Así, El Rosario de Eros, es toda voluptuosidad, júbilos y pasión vital en esta mujer nacida para el amor. Pero todo esto es mentira, espejismo puro. El goce, sobretodo el carnal, llevan en el fondo un pozo de tristeza, y esa tristeza, inseparable del placer, se derrama, quiéralo o no la autora, por todos y cada uno de sus versos (gritos encendidos de bacante y delirios misteriosos de pitonisa), aun de aquellos más aparentemente despreocupados ¿Presagiaba Delmira en estos versos su trágico final?

La riqueza y la variedad de su lenguaje, el tono íntimo y a veces desgarrado con que expresa sus intuiciones ponen al lector en contacto con un alma ardiente e insatisfecha que buscó en el poema respuesta al deseo, a la inquietud que, por vía indirecta acabó llevándola a la muerte. Asimismo, en 1969 apareció su Correspondencia íntima. Pero en un lapso muy breve - seis años y dos nuevos volúmenes: Cantos de la mañana (1910) que deja oír una voz de registros diferentes y complementarios, capaz de cantar la belleza del mundo; y Los cálices vacíos, (1910) depurado este último de su ya asegurada plenitud.

Con preferencia, en Delmira, serán ahora buitres y hongos, gusanos y arañas, vampiros y serpientes, quienes darán la materia, como en ráfagas, para visiones y configuraciones oníricas, en ocasiones de sugestión expresionista. Con ellos incorporaba expresivamente los esguinces de una ambiciosa visión interior donde lo tormentoso y sombrío se aliaba al fuerte reclamo erótico que la sostiene. Sus imágenes están dotadas de un poder de sugerencia enorme, y el lector se asoma a ellas, como a una sima de terrible fondo. Porque esa visión era, básicamente, dual y de gran complejidad. Ya en el poema que abre Los cálices vacíos -el titulado Ofrendado el libro- describe a Eros como integrado del placer y el dolor, plantas gigantes. Y los rubica con otros versos, definidor de ese dualismo que por dentro la enciende y la carcome a la vez: Con alma fúlgida y carne sombría. Su poesía oscila siempre así entre los consabidos pares polares que pudo abrevar en la tradición del decadentismo, y por consiguiente en Charles Baudelaire: el placer y el dolor, como se ha visto y correspondiente al deseo y la impotencia, el Bien y el Mal, el Amor y la Muerte, la Vida y la Muerte. Y ni faltarán las muy explícitas señales o alusiones sadomasoquistas, como ha notariado Emir Rodríguez Monegal (quien de paso ha señalado la raíz bodeleriana que, en lo literario, tiene esa escisión interior de la poeta). Y el tema ha sido documentado después por Doris T. Stephens en su libro de 1975, haciendo notar que, debido a su creencia en la voluptuosidad de la muerte, Delmira busca voluntariamente el dolor y la destrucción y su imaginería se carga así de esas aludidas sugerencias sadomasoquistas.

Una experiencia del amor en su totalidad, desde las sensaciones de la carne hasta su absoluta trascendencia es lo que devuelve en su conjunto la extraña y turbadora poesía de Delmira Agustini (y por ello se ha podido hablar, con mayor o menos acierto en la formulación, de la mística o metafísica de su erotismo, el cual es idealizado por la tortura de un ensueño extrahumano, preso en la cárcel de la materia). Y en un símbolo, al que dotó de una sugestión muy personal y que por ello repite en sus poemas, el de la estatua, parece haber resumido el conflicto entre el ardor pasional que le consumía, y la vida,las reglas y convenciones de la sociedad que le imponían una calma o serenidad estatuaria contra la cual conspiraba (intuitiva, instintivamente) la turbulencia y fogosidad de todo su ser. La verdadera historia de ese drama no hay que buscarla en los datos externos de su biografía, a pesar de que oscuramente la refrendara su trágico final, sino en esa absoluta (y audaz) desnudez de un alma ardida de mujer que entrega su intensa y visionaria poesía.

De Los cálices vacíos

Ofrendando el libro
A Eros
Porque haces tu can de la leona
Más fuerte de la Vida, y la aprisiona
La cadena de rosas de tu brazo.
Porque tu cuerpo es la raíz, el lazo
Esencial de los troncos discordantes
Del placer y el dolor, plantas gigantes.
Porque emerge en tu mano bella y fuerte,
Como en broche de místicos diamantes
El más embriagador lis de la Muerte.
Porque sobre el Espacio te diviso,
Puente de luz, perfume y melodía,
Comunicando infierno y paraíso.
-Con alma fúlgida y carne sombría...

Tu boca

Yo hacía una divina labor, sobre la roca
Creciente del Orgullo. De la vida lejana
Algún pétalo vívido me voló en la mañana,
Algún beso en la noche. Tenaz como una loca,
Seguía mi divina labor sobre la roca,
Cuando tu voz que funde como sacra campana
En la nota celeste la vibración humana,
Tendió su lazo de oro al borde de tu boca;
-Maravilloso nido del vértigo, tu boca!
Dos pétalos de rosa abrochando un abismo...-
Labor, labor gloriosa, dolorosa y liviana;
¡Tela donde mi espíritu se fue tramando él mismo!
Tú quedas en la testa soberbia de la roca,
Y yo caigo sin fin en el sangriento abismo!

Visión

¿Acaso fue en marco de ilusión,
En el profundo espejo del deseo,
O fue divina y simplemente en vida
Que yo te vi velar mi sueño la otra noche?
En mi alcoba agrandada de soledad y miedo,
Taciturno a mi lado apareciste
Como un hongo gigante, muerto y vivo,
Brotado en los rincones de la noche
Húmedos de silencio,
Y engrasados en sombra y soledad.
Te inclinabas a mí supremamente,
Como a la copa de cristal de un lago
Sobre el mantel de fuego del desierto;
Te inclinabas a mí, como un enfermo
De la vida a los opios infalibles
Y a las vendas de piedra de la Muerte;
Te inclinabas a mí como el creyente
A la oblea de cielo de la hostia...
-Gota de nieve con sabor de estrellas
Que alimenta los lirios de la Carne,
Chispa de Dios que estrella los espíritus-.
Te inclinabas a mí como el gran sauce
De la melancolía
A las ondas lagunas del silencio;
Te inclinabas a mí como la torre
De mármol del Orgullo,
Minada por un monstruo de tristeza,
A la hermana solemne de tu sombra...
Te inclinabas a mí como si fuera
mi cuerpo la inicial de tu destino
En la página oscura de mi lecho;
Te inclinabas a mí como al milagro
De una ventana abierta al más allá.
¡Y te inclinabas más que todo eso!
Y era mi mirada una culebra
Apuntada entre zarzas de pestañas,
Al cisne reverente de tu cuerpo.
Y era mi deseo una culebra
Glosando entre los riscos de la sombra
¡A la estatua de lirios de tu cuerpo!
Tú te inclinabas más y más... y tanto,
Y tanto te inclinaste,
Que mis flores eróticas son dobles,
Y mi estrella es más grande desde entonces,
Toda tu vida se imprimió en mi vida...
Yo esperaba suspensa el aletazo
Del abrazo magnífico; un abrazo
De cuatro brazos que la gloria viste
De fiebre y de milagro, será un vuelo!
Y pueden ser los hechizados brazos
Cuatro raíces de una raza nueva;
Y esperaba suspensa el aletazo
Del abrazo magnífico...
¡Y cuando,
Te abrí los ojos como un alma, y vi
Que te hacías atrás y te envolvías
En yo no se que pliegue inmenso de la sombra!

Fiera de amor

Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones.
De palomos, de buitres, de corzos o leones,
No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor,
Había ya estragado mis garras y mi instinto,
Cuando erguida en la casi ultra tierra de un plinto,
Me deslumbró una estatua de antiguo emperador.
Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra
Ascendió mi deseo con fulmínea hiedra
Hasta el pecho, nutrido en nieve al placer;
Y clamé al imposible corazón... la escultura
Su gloria custodiaba serenísima y pura,
Con la frente en Mañana y la planta en Ayer.
Perenne mi deseo, en el tronco de piedra
Ha quedado prendido como sangrienta hiedra;
Y desde entonces muerdo soñando un corazón
De estatua, presa suma para mi garra bella;
No es ni carne ni mármol: una pasta de estrella
Sin sangre, sin calor y sin palpitación...
Con la esencia de una sobrehumana pasión!

Plegaria

- Eros: acaso no sentiste nunca
Piedad de las estatuas?
Se dirían crisálidas de piedra
De yo no sé qué formidable raza
En una eterna espera inenarrable.
Los cráteres dormidos de sus bocas
Dan la ceniza negra del Silencio,
Mana de las columnas de sus bocas
La mortaja copiosa de la Calma,
Y fluye de sus órbitas la noche;
Víctimas del Futuro o del Misterio
En capullos terribles y magníficos
Esperan a la Vida o a la Muerte.
Eros: acaso no sentiste nunca
piedad de las estatuas?-
Piedad para las vidas
Que no doran a fuego tus bonanzas
Ni riegan o desgajan tus tormentas;
Piedad para los cuerpos revestidos
Del armiño solemne de la Calma
Y las frentes en luz que sobrellevan
Grandes lirios marmóreos de pureza,
Pesados y glaciales como témpanos;
Piedad para las manos enguantadas
De hielo, que no arrancan
Los frutos deleitosos de la Carne
Ni las flores fantásticas del alma;
Piedad para los ojos que aletean
Espirituales párpados:
Escamas de misterio,
Negros telones de visiones rosas...
¡Nunca ven nada por mirar tan lejos!
Piedad para las pulcras cabelleras
-Místicas aureolas-
Peinadas como lagos
Que nunca airea el abanico negro,
Negro y enorme de la tempestad;
Piedad para los ínclitos espíritus
Tallados en diamante,
Altos, claros, extáticos
Pararrayos de cúpulas morales;
Piedad para los labios come engarces
Celestes donde fulge
Invisible la perla de la Hostia;
- labios que nunca fueron,
que no apresaron nunca
un vampiro de fuego
con más sed y más hambre que un abismo.
Piedad para los sexos sacrosantos
Que acoraza de una
Hoja de viña astral la Castidad;
Piedad para las plantas inmantadas
La eternidad que arrastran
Por el eterno azur
Las sandalias quemantes de sus llagas:
Piedad, piedad, piedad
Para todas las vidas que defiende
De tus maravillosas intemperies
El mirador inhiesto del Orgullo:
Apúntales tus soles o tus rayos!
Eros: acaso no sentiste nunca
piedad de las estatuas?...

El cisne

Pupila azul de mi parque
Es el sensitivo espejo
De un lago claro, muy claro!...
Tan claro que a veces creo
Que en su cristalina página
Se imprime mi pensamiento.
Flor del aire, flor del agua,
Alma del lago es un cisne
Con dos pupilas humanas,
Grave y gentil como un príncipe;
Alas lirio, remos rosa...
Pico en fuego, cuello triste
Y orgulloso, y la blancura
Y la suavidad de un cisne...
El ave cándida y grave
Tiene un maléfico encanto;
-Clavel vestido de lirio,
Trasciende a llama y milagro!...
Sus alas blancas me turban
Como dos cálidos brazos;
Ningunos labios ardieron
Como su pico en mis manos;
Ninguna testa ha caído
Tan lánguida en mí regazo;
Ninguna carne tan viva
He padecido o gozado:
Viborean en sus venas
Filtros dos veces humanos!
Del rubí de la lujuria
Su testa está coronada:
Y va arrastrando el deseo
En una cauda rosada...
Agua le doy en mis manos
Y él parece beber fuego,
Y yo parezco ofrecerle
Todo el vaso de mi cuerpo...
Y vive tanto en mis sueños,
Y ahonda tanto en mi carne,
Que a veces pienso si el cisne
Con sus dos alas fugaces,
Sus raros ojos humanos
Y el rojo pico quemante,
Es solo un cisne en mi lago
O es en mi vida un amante...
Al margen del lago claro
Y o le interrogo en silencio...
Y el silencio es una rosa
Sobre su pico de fuego...
Pero en su carne me habla
Y yo en mi carne le entiendo.
-A veces ¡toda! soy alma;
Y a veces ¡toda! soy cuerpo.-
Hunde el pico en mi regazo
Y queda como muerto...
Y en la cristalina página,
En el sensitivo espejo
Del algo que algunas veces
Refleja mi pensamiento,
El cisne asusta de rojo,
Y yo de blanca doy miedo!

Las tónica general de su poesía es erótica, habiéndosela comparado a Safo. Pero su erotismo se diferencia fundamentalmente de lo antes conocido por su trascendentalidad metafísica; su esencia, de índole trágica, sube de las raíces más profundas y dolorosas del ser para florecer en imágenes de extraordinaria belleza y originalidad, doblemente audaces, así en lo estético como en lo moral, pues rompe en la consigna de clausura del pudor impuesta secularmente a la voz femenina. El amor carnal, es en su verso, tránsito hacia un más allá de la carne y de sí misma; por eso están hechos de visiones oníricas y de gritos de angustia. El mundo de sus poemas es sombrío y atormentado, en el que sopla un viento tempestuoso lleno de clamores y llamamientos lejanos.

Mas, se hallan asimismo en su obra profundos pensamientos de intuición filosófica, una especie de saber infuso, lo que hizo decir a Carlos Vaz Ferreira, cuando publicó su primer libro, que era un milagro, pues ella no debería poder escribir ciertas cosas ni aun entenderlas. Su estilo se correlaciona, en modo general, con el Modernismo que prevalece en su época, habiendo ejercido mayor influjo sobre su estética, Gabriele D´Annunzio entre los europeos por su sangre italiana y Rubén Darío entre los americanos, por su nacimiento y su lengua; la poeta no supo o no pudo desviar su alma por caminos de misticismo que hubieran podido sublimar en el campo religioso sus incontenibles impulsos sensuales. Con todo, su obsesión erótica, sin velos ni tapujos, adquieren indudable jerarquía literaria al pasar por la pluma idealizadora de la artista; porque, al fin y al cabo, habría que peguntarse dónde estaban los límites de su realidad erótica y de su erotismo fantástico, ya que existía una lucha entre realidad y sueños, entre cuerpo y alma; yendo la autora de uno a otro en la búsqueda de sí misma.




Delmira Agustini se había casado el 14 de agosto de 1913 con Enrique Job Reyes, rematador y consignatario de ganado, devoto católico, con amistades en los encumbrados sectores sociales de Montevideo, entre los que se encontraba don Santiago Agustini, estanciero y padre de Delmira.
La poeta y su novio mantuvieron una relación, al clásico estilo de la época, que se prolongó por cinco años y un breve matrimonio de cincuenta y dos días, según una correspondencia de Enrique Ugarte, encontrada después de la muerte de ambos.

Se casaron por la Iglesia Católica, con todos los ritos y ceremonias de rigor, siendo los padrinos el filósofo Carlos Vaz Ferreira y el poeta Juan Zorrilla de San Martín. Las dudas y temores sobre su futuro matrimonio se reflejaban en una carta que Delmira escribió al poeta Rubén Darío: "He resuelto arrojarme al abismo medroso del casamiento. No sé, tal vez en el fondo me espera la felicidad. ¡La vida es tan rara!".

Unas semanas después de su matrimonio, Delmira le enviaba una correspondencia a su amigo Manuel Ugarte, un escritor y político socialista argentino, que supo frecuentarla, rodearla de afecto y de galanterías en algún momento de su vida. Hay quienes sostienen que Delmira siempre estuvo enamorada de éste, la carta parece confirmarlo en varios de sus párrafos: "Para ser absolutamente sincera, yo debí decirlas; yo debí decirle que usted hizo el tormento de mi noche de bodas y de mi absurda luna de miel...", confesando más adelante: "Mientras me vestían pregunté no sé cuántas veces si había llegado... Entré a la sala como a un sepulcro, sin más consuelo que el de pensar que lo vería. La única mirada consciente que tuve, el único saludo inoportuno que inicié fueron para usted. Tuve un relámpago de felicidad. Me pareció, por un momento, que usted me miraba y me comprendía..." Y termina diciendo: "Usted, sin saberlo, sacudió mi vida."

Cuando se cumplió un mes y 22 días de la boda, retorna a su hogar donde la espera su celosa y neurótica madre, doña María Murtfeldt de Agustini: "Una matrona adelantada a ese novecientos burgués, quien habría advertido, a Ugarte, que el matrimonio y los hijos terminarían destruyendo el genio de `la nena´", así define a su progenitora Alejandro Cáceres en su trabajo "Delmira Agustini, nuevas penetraciones críticas".

Solicita el divorcio, en noviembre de 1913, en el Juzgado Departamental de Segundo Turno, cuando la "Ley de Divorcio", impulsada durante el gobierno de José Batlle y Ordóñez, llevaba apenas dos meses de promulgada. En su poema "La ruptura", que se encuentra en el volumen "Los cálices vacíos" describe su decisión de ruptura matrimonial: "Erase una cadena fuerte como un destino, / Sacra como una vida, sensible como un alma: / la corté con un lirio y sigo mi camino / Con la frialdad magnífica de la muerte..."

La fractura de la pareja, y la solicitud de divorcio, llevaron a que Enrique Reyes se sintiera herido en su amor propio de masculinidad criolla y golpeado en su conservadora cultura católica.
Decide, a pesar de todo, mantener su relación con su esposa y adopta la posición de amante. Alquila una habitación en una vivienda de la calle Andes 1206 esquina Canelones, colocando en las paredes varias fotos de Delmira llenas de sensualidad, con ojos y cuerpo cargados de fuertes dosis de erotismo. De esa forma acepta los encuentros que le impone Delmira dos o tres veces a la semana.

Una tarde de invierno, finalizado el encuentro amatorio, Enrique Job Reyes dispara dos balazos que dan en la espalda de la poetisa y luego se suicida. Según crónicas de la época, el homicida fue encontrado con vida, el informe médico señala que falleció en el hospital.
Escritores y periodistas concitaron siempre un fuerte interés en torno a la vida y a las diversas hipótesis sobre la muerte de Delmira Agustini.

Carlos Martínez Moreno es de los primeros en abordar el tema en su libro "La otra mitad", publicado en 1966, y pone énfasis al señalar, toda la culpa de lo acontecido en la figura de la mujer: "Ella fue el centro de su drama, no el amor ni los celos ni el despecho ni el honor de un pobre aprendiz de corretajes...", para terminar afirmando: "Ella provocó el encuentro, ella provocó la muerte, ella fue la empresaria".

Por su parte, Omar Prego Gadea en "Delmira", afirma: "¿Hubo un pacto suicida como sugirieron algunos? Entonces, ¿por qué se estaba vistiendo Delmira? Si habían acordado morir juntos ese día, después de una última tarde de amor, parecía normal que ella hubiera permanecido en el lecho desnuda o apenas cubierta por un viso. El detalle de las medias es revelador de que Delmira se estaba vistiendo para partir. ¿Habían realmente llegado a acuerdo de separación definitiva y esa era la despedida? Si es así, en el momento supremo de decirse adiós, Reyes tal vez en un instantáneo momento de furia homicida empuñó el revólver y disparó dos veces contra Delmira y luego, como relatan las crónicas, 'se hizo justicia'".

En su relato "Fiera de amor. La otra muerte de Delmira Agustini", su autor, Guillermo Giucci, narra con vigorosa pluma los últimos momentos de Delmira: "No tuvo tiempo. La mató por la espalda. Sin que se diera cuenta. No tendría tiempo de mirar alrededor, el cuarto tapizado de fotos suyas. Un cuarto de enamorados. Se habría visto joven, de perfil, sonriente frente a una cámara oscura... Si solamente él hubiera confesado que iba a matarla, que tenía cinco minutos para ver lo que nunca había visto antes, a Enrique desesperado, al asesino cara a cara, con quien acababa de abrazarse. Pero Enrique no se lo dijo. Quizá porque se hubiera arrepentido, llorando junto a ella, decidido a que lo mejor era abrazarla hasta quitarle el aliento. Besarla otra vez, como pocas horas antes, bajar el revólver, sentir el alivio de la entrega. No lo hizo. Delmira moriría en ese cuarto, sin abrir la ventana para respirar sus minutos finales."

Idea Vilariño en el prólogo de "Poesía y correspondencia" editado por Banda Oriental en 1998 afirma: "Todavía están por escribirse los grandes libros que merecen, por un lado, la personalidad, y por otro, la obra de la Agustini. Ya llegará el importante trabajo de investigación que se le debe."
La crónica periodística toma esta muerte con el sentido sensacionalista y morboso que siempre rodea a los actos de acción violenta, donde el amor parece ser el esclavo de los hechos. Rescatamos esta breve nota:
"Ha sido un drama horrible y extraño. El trágico fin de los otrora esposos Reyes- Agustini, (ambos de 27 años) abre una intriga que tal vez no se cerrará nunca. Los dos se amaban, como lo atestigua un largo idilio, durante el cual Delmira Agustini, poetisa excelsa vertió lo mejor de su amor en sus poesías consagradoras, y él, Reyes, depuso su espíritu de enamorado a los pies de su dueña. Era la pareja ideal. Nada faltó en su dicha. Amor, gloria, dinero: todo lo tenía. Luego vino el eclipse: ella por un lado, él por otro. ¿Es qué los novios no sabían ser esposos? A pesar del divorcio el amor sobrevivió, más fuerte que antes. El idilio cambió de forma: los dos se amaron en la clandestinidad y el misterio. Allí, en la alcoba donde nadie más que ella era reina vivieron ese nuevo amor incomprensible y se incubó la tragedia. Los pobres muertos, jóvenes y dichosos, se han llevado consigo la explicación de ese desenlace enigmático, oscuro, novelesco."






La correspondencia es otro eje importante en la vida de la escritora. Algunos textos son imperdibles:

De Delmira a Enrique.

"Enrique mío: Quiéreme siempre, siempre, así como me dices. ¡Es tan divino quererse mucho, mucho y por toda la vida! Me parece que es toda la felicidad de la tierra. Puede ser."

De Delmira a Rubén Darío. (agosto de 1912)

"Perdón si le molesto una vez más. Hoy he logrado un momento de calma en mi eterna exaltación dolorosa. Y estas son mis horas más tristes. En ellas llego a la consciencia de mi inconsciencia. Y no sé si su neurastenia ha alcanzado nunca el grado de la mía. Yo no sé si usted ha mirado alguna vez la locura cara a cara y ha luchado con ella en la soledad angustiosa de un espíritu hermético. No hay, no puede haber sensación más horrible. Y el ansia, el ansia inmensa de pedir socorro contra todo -contra el mismo Yo, sobre todo- a otro espíritu mártir del mismo martirio. Acaso su voluntad, más fuerte necesariamente que la mía, no le dejará jamás comprender el sufrimiento de mi debilidad en lucha con tanto horror. Y en tal caso, si viviera usted cien años, la vida debía resultarle corta para reír de mí- si es que Darío puede reír de nadie-. Pero si por alguna afinidad mórbida llega usted a percibir mi espíritu, mi verdadero espíritu, en el torbellino de mi locura, me tendría usted la más profunda, la más afectuosa compasión que pueda sentir jamás. Piense usted que ni aun me queda la esperanza de la muerte, porque la imagino llena de horribles vidas. Y el derecho del sueño se me ha negado caso desde el nacimiento. Y la primera vez que desborda mi locura es ante usted. ¿Por qué? Nadie debió resultar más imponente a mi timidez. ¿Cómo hacerle creer en ella a usted, que sólo conoce la valentía de mi inconsciencia? Tal vez porque la reconocí más esencia divina que a todos los humanos tratados hasta ahora. Y por lo tanto más inocencia. A veces me asusta mi osadía; y a veces ¿a qué negarlo?, me reprocho el desastre de mi orgullo. Me parece una bella estatua despedazada a sus pies. Sé que tal homenaje nada vale para usted, pero yo no puedo hacerlo más grande .A mediados de octubre pienso internar mi neurosis en un sanatorio, de donde, bien o mal, saldrá en noviembre o diciembre para casarme. He resuelto arrojarme al abismo medroso del casamiento. No sé: tal vez en el fondo me espera la felicidad. ¡La vida es tan rara! ¿Quiere usted escribirme una vez más, aunque sea la última, para decirme solamente que no me desprecia?"

De Delmira a Rubén Darío:

"¡Con cuánta razón me recomienda usted tranquilidad! Para demostrarle mi estado de ánimo estos días, bástele lo siguiente: como pensaba casarme muy pronto, ya había dicho a mi novio que pensaba sostener correspondencia con usted, el más genial y profundo guía espiritual. Ayer él me preguntó, casualmente, si le había escrito o si tenía noticias suyas. Me turbé tanto, divagué tanto, que llegó a imaginar lo imposible. Hoy me pregunto, ¿por qué? Es que soy otra, al menos quiero ser otra. Seré dúctil, pero sea usted suave. Escúlpame sonriendo. Acaso en mis manifestaciones de aprecio le resulte exagerada. ES que usted mismo ignora de cuánto bien y de cuánto mal ha nutrido mi corazón. El supremo placer y divino dolor de la belleza. Sus versos me dan continuamente la sensación irremplazable. El momento inefable que nunca más se gozará, que nadie más podrá darnos. Todo aquel placer y aquel dolor que no volverán jamás aunque acaso vengan otros factores tan fuertes y profundos. Esta exquisita y suma sensación artística, fuera de usted, me la dieron dos veces solas en la vida: una Verlaine, en un soneto adorable, y otra Villaespesa (¿soy absurda?..., hablo con el corazón), en unos versos maravillosamente dulces. Y usted, maestro, usted me la da siempre, en cada estrofa, en cada verso, a veces en una palabra,. Y tan intensa, tan vertiginosamente como el día glorioso que, entre una muñeca y un dulce, sollocé leyendo su "Sinfonía en gris".Por eso, si Darío es para el mundo el rey de los poetas, para mí es el Dios en el arte. Y para él quisiera arrancar rosas y astros de mi corazón. Yo he visto a ese mi Dios, vivo, dulce y magnífico, que ha de armarse con el más vívido fervor celeste y la más blanca ternura humana. Explíquese usted así mi admiración. Y ahora, la absolución y el olvido. No me conteste esta carta. Va en el más riguroso secreto de confesión. Un buen día de estos, en que quiera generosamente darme un placer, escríbame aunque sea una línea, por cuenta propia. ¡Me hará tanto bien una carta suya espontánea! Verá usted que buena soy, que tranquila le contesto ¿ Será pronto? Devotamente. D. A"

En 1914 estando el divorcio en pleno trámite, Delmira visita clandestinamente a su todavía marido en las habitaciones que este alquila en un edificio de la calle Andes, 1206. El divorcio se falla el 22 de junio. Ella vuelve a visitarlo el 6 de julio, fecha en que Reyes le dispara dos tiros a la cabeza, y a continuación se suicida. De acuerdo a cartas escritas a un amigo y a su madre, Reyes llevaba meses contemplando el suicidio. Cualquiera que sea la interpretación de la tragedia, lo cierto es que Reyes amaba de forma enfermiza a Delmira y, quizás celoso de un posible rival, la asesinó dominado por un sentimiento de inferioridad.

De mi numen a la muerte.

(Poema publicado de la revista El Siglo)

Emperatriz sombría,
si un día,
herido de un capricho misterioso y aciago,
yo llegara a tu torre sombría
con mi leve y espléndido bagaje de rey mago
a volcar en tu copa de mármol mis martirios,
sellarás más tu puerta y apagarás tus cirios...
En mi raro tesoro,
hay, entre los diamantes y topacios de oro,
y el gran rubí sangriento como enconada herida,
¡el capullo azulado y ardiente de un estrella
que ha de abrir a los ojos suspensos de la Vida,
con una lumbre nueva, inmarcesible y bella!


Sin título

Yo, la estatua de mármol con cabeza de fuego
apagando mis sienes en frío y blanco ruedo...
Engarzad en un gesto de palmera o de astro
vuestro cuerpo, esa hipnótica alhaja de alabastro,
tallada a besos puros y bruñida en la edad;
sereno, tal habiendo la luna por coraza;
blanco, más que si fuerais la espuma de la Raza,
y desde el tabernáculo de vuestra castidad
elevad a mí lises hondos de vuestra alma;
mi sombra besará vuestro manto de calma,
que creciendo, creciendo, me envolverá con vos.
Luego será mi carne en la vuestra perdida...;
luego será mi alma en la vuestra diluida...;
luego será la gloria ...y seremos un dios.
- Amor de blanco y frío,
amor de estatuas, lirios, astros, dioses...,
¡Tú me lo des, Dios mío!.