"Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila" Mariano Moreno

martes, 29 de abril de 2014

JULIO HUASI: EL JUGLAR ENAMORADO





Uno elige vivir y decide también morir. Todo por aquello de la vida es un viaje y en ese viaje se nos va la vida. Así de sencillo, duro, emocional.Transito lento y medroso cuando nos ponemos en la piel de un poeta que cargó con el dolor del pueblo y sus injusticias. Un caminante que no se detenía a ver las luces de la ciudad y prefería las fogatas de la periferia. Un vagabundo que compartía su mendrugo y las ganas de trasnochar con esos pares desprotegidos, oscuros, olvidados por la cultura del consumo. No resulta fácil hablar de Julio Huasi (1935-1987) sin dejar de lado la pasión, la mística del militante, el compromiso con el semejante. Decimos de un ser entregado a la lucha fundida en los laberintos de una poesía caliente, sanguínea, cargada de denuncia, frente a un enemigo golpeador y sangriento, perverso e hipócrita que robaba vidas y cerraba conciencias. Callado, taciturno, melancólico, un retrato de  esos soñadores que siempre aparecen en algún café donde se tejan historias maltrechas. Un rebelde hecho a pluma voraz sobre el papel temeroso que no espera otra respuesta que el alivio a tanta desigualdad cotidiana. Le tocó vivir sobre la hoguera y supo que su final estaría predestinado a la soledad en el cuarto infesto de un departamento alquilado. Toda vez que uno mira su rostro se da cuenta que la tristeza no es casual. Huasi había renunciado a la gloria de esos intelectuales de modales educados y se había cobijado en el espacio amplio de un pueblo que pedía a gritos ser liberado. Como muchos de sus pares no se arrodilló y tuvo la decencia de mantener la frente alta y el corazón caliente.

Paula Chahin lo recuerda como “el poeta de mirada triste” y sin caer en una semblanza acomodada, nos dice: 

El “juglar de la revolución”. Así llamaron en los 60 a Julio Huasi, que era en realidad el poeta argentino Julio Ciesler. Desde los albores de su vocación de poeta y periodista, optó por estar del lado de los marginados y cambió su apellido europeo por uno indígena, que en mapudungun significa “la casa de todos”. Así era él, tenía su casa abierta a todo el mundo, aunque sólo fuera para compartir un pedazo de pan y un mate.

Poeta, periodista, militante, autor de canciones populares, Huasi vivió en Chile más de cuatro años a fines de los sesenta. Allá se casó y tuvo una hija. Colaborador de Punto Final, simpatizaba con el MIR, y tanto que escribió poemas dedicados a Miguel Enríquez y a Luciano Cruz, fundadores de la organización. “Vivo en América Latina, en el lugar donde sea más necesario”, dijo alguna vez quien además fue redactor de la revista uruguaya Brecha y de la agencia cubana de noticias Prensa Latina. En Chile no sólo desplegó toda su calidad artística sino que también tejió grandes afectos.



Más tarde, en su exilio español y marcado por las muertes de sus compañeros, escribió un nuevo volumen de poesía que está dedicado -entre otros revolucionarios latinoamericanos- a Víctor Jara, Augusto Olivares y Augusto Carmona, estos dos últimos, compañeros de redacción en Punto Final.

De su vida personal no es mucho lo que se sabe. Así como hospitalario, era muy reservado. Además de su hija, que hoy vive en España, se conoce que tuvo otro hijo en Argentina. Pero al momento de morir estaba solo, así que se desconoce el día exacto de su suicidio. Mes trágico para Argentina, del más sangriento golpe de Estado, marzo fue también el mes de su muerte y nacimiento: había nacido en 1935 un día 20, en Buenos Aires, en el seno de una familia humilde. También en ese mes decidió pegarse un tiro en la sien en la soledad de una pieza de alquiler, a los 52 años. Sus amigos y compañeros de trabajo recuerdan que pobreza y melancolía marcaron su vida.

Recuerdan también que el último día que lo vieron en su trabajo -la redacción del semanario argentino El Periodista- se despidió de sus compañeros y llevó regalos a las mujeres. Le preguntaron a dónde iba. Y respondió, simple como su pluma: “A ningún lado”.

Conocida fue también su forma de emplear y recrear el lenguaje, tanto que se habla de una estética propia, sin convenciones ni reglas tradicionales. Generalmente, escribía sin mayúsculas y publicó títulos como Humanería, Estrellea, Tragibundo, Asesinaciones.

Su primer libro se llamó Sonata popular en Buenos Aires, ciudad a la que Julio Huasi amaba. No era un poeta común, tenía el don de los juglares. Visitaba cárceles, plazas y fábricas dando a conocer sus versos a los protagonistas de huelgas, injusticias y rebeliones. De plaza en plaza iba recitando sus creaciones, que eran aplaudidas también por capitanes de la poesía (Julio Cortázar y Juan Gelman, entre otros, eran admiradores de su obra).

Pero él definitivamente quería estar del lado del pueblo. Su poema “Malambo del ferroviario” se lo envió a los obreros detenidos en la cárcel militar de Magdalena -en el litoral bonaerense- quienes lo retribuyeron con una hermosa carta donde lo llamaron “poeta del pueblo”. Debe haber sido uno de sus máximos orgullos, ya que abogaba por el fin del paternalismo de algunos intelectuales que escribían “para el pueblo”.

Su poesía trascendió las fronteras y llegó a todos los rincones de América donde se urdía la palabra liberación. El poeta cubano Nicolás Guillén -en vísperas del triunfo revolucionario en su país- escribió un extenso artículo reconociendo la calidad poética y el compromiso de Huasi: “Ya tiene bien ganado un hermoso futuro en el esplendente pero difícil rumbo que él mismo ha buscado: el de su pueblo. Allí no existe el mezquino maquiavelismo ni la malsana adulonería y snobismo de los pisaverdes que rondan el arte y la cultura”.

Militante de las causas populares y ferviente admirador de su compatriota Ernesto Che Guevara, Huasi afirmaba que crear una nueva cultura latinoamericana “depende de todos en cada puesto de lucha. No le tocará a ningún elegido. No es una gracia de Dios, sino de dos: de dos pelotas”.

En 1976, cuando se dio el golpe de Estado en Argentina, partió al exilio perseguido y amenazado por quienes tomaron el país por asalto. Llegó a Madrid, donde continuó su labor de poeta y periodista; pero jamás se pudo recuperar del dolor de ver caer a tantos compañeros, de éste y el otro lado de los Andes. Allí conoció y trabó amistad con las Madres de Plaza de Mayo, cuya valentía admiraba. Al regresar a Buenos Aires -tras el retorno a la democracia- se unió fervorosamente a su lucha. Hasta el día en que se quitó la vida, jamás faltó a las marchas “acompañándonos en nuestro reclamo de justicia, en nuestro dolor y en nuestra rabia”, recuerdan ellas. “Hasta el jueves, compañero”, lo despidieron las Madres en su periódico, del cual Huasi también fue redactor.

Como homenaje, a la biblioteca que tienen las Madres en su sede le pusieron el nombre de Julio Huasi e inauguraron una exposición de arte donde hay un retrato suyo, obra de Armando Propati, artista popular que lo admiraba. Las Madres de Plaza de Mayo lo señalan como un “hombre entero, algo de lo que muy pocos pueden vanagloriarse”. Para ellas, Julio Huasi decidió quitarse la vida porque no soportó una sociedad que no le dio nada. “No le dio trabajo porque vino del exilio; no lo reconoció como ser humano ni como persona, no le dio afecto y lo marginó”.

Sus amigos admiraban su talento, su humildad y un sentido del humor un poco ácido, siempre tierno. Por eso, quedaron desconcertados por su decisión. “Duele mucho más cuando lo ejecuta un hombre que había apostado los cinco sentidos a defender la vida y a convertirla en una gesta solidaria”, dicen.





Julio Chaneton nos habla de la “dupla de julios” enriquecedor testimonio que agregamos para ampliar la mirada sobre el poeta.


Julio Huasi, un amigo, un compañero militante, un compañero de nuestro periódico, se suicidó porque no soportó vivir esta vergüenza que nos toca vivir hoy. No se bancó esta sociedad que no le dio nada de lo que necesitaba, que no le dio trabajo porque vino del exilio, que no lo reconoció como ser humano, como persona, que no le dio afecto, que lo marginó. Julio no se lo bancó, pero nos dejó un ejemplo...”

                                                     Del mensuario Madres de Plaza de Mayo, abril, 1987.


Habrá sido en mayo o en abril que se mató. No sé. No me importa saberlo (este último enigma lo planteo yo, el firmante de esta nota).
Tengo que decir que el Julio del epígrafe fue amigo mío. Lo conocí en la redacción del diario de las Madres; o en la Plaza, yo no sé... Pero está aquí hoy, entre nosotros, porque fue uno de los poetas más (¿geniales?; ¿talentosos?)... Cuando se habla de poesía y de poetas todo adjetivo es impropio. Se es poeta o no se lo es. Se escribe poesía o lo que se escribe es otra cosa. Herman Broch dijo, en el paroxismo de su lucidez, que “cuando la poesía se degrada, se convierte en literatura”. A mí, Julio me enfrenta, cada vez que él lo quiere así, a esa demoníaca sentencia de Broch.

Yo no tomo nota de la fecha del suicidio de mis amigos o compañeros de militancia o de las personas que, sin ser amigos o compañeros, quiero. Por eso, no sé cuándo se puso el revólver en la boca o en la sien, Julio. En realidad, nadie lo sabe, porque vivía solo. Sí creo que murió en un desangelado departamento de Palermo, vacío de todo confort y al cual le faltaba, sobre todo, amor, afecto, flores. Yo conocí ese departamento. Otros dicen que murió en una pensión. También conocí a un hijo suyo que llevaba en la mirada y en la piel todo el estupor que heredaba de su padre.


A Tania, la hija que vivía en España, no la conocí. Sólo sé que Tania Huasi vivía en España y que tenía teléfono. Yo la llamé y cumplí, a pie juntillas, cuando llegué a Madrid en 1986, lo que Julio me había pedido: “Besos de su papá y su hermano, que escriba por favor a la dirección de “El Periodista” y que mande fotos suyas...” También me pidió que me contactara con un amigo de él, de apelativo Manuel Ríos Ruiz, Editora Nacional, Gran Vía 62, 1° izquierda.

Soledad. Eso es soledad; eso es clamar por amor. Eso es anhelar pertenencia a un conjunto humano contenedor, que la vulgaridad institucionalizada llama “familia”. Pero el horror que nos inspira esa palabra (la “familia” es, en Occidente, matriz con poder para crear la locura; hontanar de perversiones sin límite, escuela de sujeción, cuartel disciplinatorio, principio de realidad impuesto, aunque el jefe de los católicos nos quiera convencer de que no es así), nos hace preferir, en vez de “familia”, afectos cercanos y sin condiciones como deseo no realizado de Julio Huasi, nacido Julio Ciesler. Él quería eso: afectos, seres humanos que lo amaran, hijos cercanos...

Ahora vamos a lo esencial. Julio Huasi fue “el poeta”, en el cual deben mirarse los escribidores de pavadas que hoy publican con fruición sabedora de que eso es “lo que debe ser la poesía”. Los “medios” no hablan de Julio. Están en otra cosa. Algunos lavan más blanco, como Rinso, y/o sufren la muerte confusa de algún pisaverde perdido en gestas transgresoras o directamente contradictorias con los intereses de “la familia”.
La familia, siempre la familia. ¿Qué crimen no se ha gestado en una familia?

Cortázar dijo de Huasi muchas cosas. Cortázar es el otro Julio, el otro exiliado, el que -destinatario de una actitud miserable- no fue recibido por Alfonsín (después de haber eludido el terrorismo de Estado y de haberse pasado años fuera de su país) cuando pudo arribar a estas playas, en 1983.

¿De qué podrían haber hablado Alfonsín y Cortázar? Por cierto que no de literatura. Pero la razón última que explica la gambeta trapera con que el devenido Presidente eludió ese espíritu superior fue otra. Julio C. era, ya se sabe, “comunista”, hablaba bien de Cuba y de la reciente revolución sandinista, y su mujer de entonces, Carol Dunlop, había descripto al país de los volcanes en un libro que se llamó “Llenos de niños los árboles”.

Esto, para un radical en la cima de su gloria (que es ganar una elección) es prueba contundente de comunismo y, si no, de problemas que es mejor evitar. Exhibió, con ello, Alfonsín, debilidad de carácter, por decirlo en términos respetuosos. La misma que nos obsequió a los argentinos cuando -con Rico sublevado y para disimular- dijo que la casa estaba en orden y que los “amotinados” (no cabía el término, no se trataba de amotinados, sino de delincuentes que se habían alzado contra la legalidad) eran, “algunos de ellos, héroes de Malvinas”.

Como se ve, esta nota busca reabrir heridas del pasado, que más valdría cicatrizar. Esta nota no es políticamente correcta. El “cobro, luego existo” que cultiva la prensa funcional al poder burgués en este país no es, por cierto, el sino de CRISIS. Y para una adecuada explicación de lo que es el “funcionalismo sistémico” en Sociología, ver Zaffaroni, Raúl; pero verlo personalmente; y preguntarle.

Bien. Sigamos con los dos Julios.

Dijo Cortázar después de leer una obra de Huasi, “Asesinaciones” ...

“Querido tocayo: (...) Te imaginás lo que siento al leer “Asesinaciones”, lo que puede sentir un argentino ante cada uno de esos poemas. Y digo cada uno porque es así, porque no hay ni uno solo que salga de esa línea espantosamente lúcida (...). Y cuando llegué al El Gurí se me aflojó la canilla, que querés, la presión de todo lo ya leído me cayó en la espalda.

“Aludo, sobre todo, al ataque que le llevás a la lengua, la forma en que transgredís sin miedo cualquier tabú del «castellano» para crear formas expresivas de una fuerza enorme. ¿Quiénes entenderán esto, a partir del título, que ya es un salto en lo nuevo? ¿Quiénes tendrán el coraje de sacarse los pantalones del cerebro y los calzoncillos de la tradición para ver cómo los estás metiendo en una dimensión diferente. Y tanto más, Julio..”.
Todo esto escribió Julio Cortázar de Julio Huasi. Y tanto más, como él dice.


Julio Rolando Revagliatti es otro de los amigos que  los recuerda con nostalgia: Yo andaría en mis 18 años cuando asistí a un espectáculo poético cuyo único intérprete era el poeta Julio Huasi, porteño, nacido en 1935 y suicidado en 1988. Hasta donde me consta, algunos de sus poemarios editados entre 1959 y 1985, son: “Sonata popular en Buenos Aires”, “Yanquería”, “Los increíbles”, “Sangral América”, “Asesinaciones”, “Matria mía azul”, “Comparancias”. Y es en 1958 cuando obtiene el premio de poesía en el Concurso Literario organizado por el Consejo Argentino de la Paz, cuyo jurado integraban Atilio Dabini, el premio Nobel Miguel Ángel Asturias, María Rosa Oliver, Bernardo Verbitzky y Raúl González Tuñón, del cual transcribo unas líneas: “...intención crítica, ironía, tras la aparente balandronada juvenil. Es posible que algunas palabras vulgaricen la frase poética, rocen el mal gusto (...) Esto no supone que no sean lógicas cuando ambiente y forma las justifique, les asigne un valor funcional”.



increíble de la carta que dejó el desocupado
en su bolsillo izquierdo


amurado contra la niebla sangro
afilo mi navaja en las chimeneas
desnudo despojado de retórica
espero la ofensiva de los cuervos
que pronto vendrán a desnacer
entre tanta traición me queda un tango
para sucumbir abrazados a la nave
sólo la noche heredará mi camisa
mi plato y mi cama bajarán de la cruz
y mi espacio lo llenará el crepúsculo
mi soñadora ya no sueña exhala rosas
ellas alzan mi viola malherida
y en la última nota cantan órdenes
de vengar al rehén de la miseria
por la sangre que nunca secará
gaviotas rojas despeguen de mi piel
con instrucciones sagradas y en el ala
un ardiente capítulo especial
sobre el amor el dolor y los perdones

(de los increíbles, 1965)



increíble de la libertad

libertad querida ¿quién te conoce?
no hace mucho que ando en el planeta
una juventud tirada a los perros
no te vi ni una vez en este baile
y la verdad es que me estoy cansando
te raptaré una mañana de estas
a punta de tormenta de furor
con una pistola llena de música
amaré tu cuello tu voz tus ojos
ah mi amor uno muere de soñarlo
bajará una patrulla flor y flor
por la violenta sangre que ya truena
para matar la contraflor y el resto
de la sucia baraja que nos pisa
con la espada en la mano te tendré
con el oro haremos los anillos
con el basto el lecho las ventanas
y con la copa nos emborrachamos
hay que festejar querida el casorio
de dos que se encontraron vírgenes

(de los increíbles, 1965)
 

hogar


vivo con siete ratas exangües y un perro
sobre mi escuálida cama, en la brumosa pared,
arde la vaga sangre de un sujeto anterior
cerca de un cristo que no pudo zafarse,
fue en la sien derecha, fino calibre, es indudable
por la perspectiva, el suave tamaño de las manchas.
El perro se sienta frente a mí solemnemente,
jugamos al ajedrez y él siempre me gana.
Entre el alcohol hablamos de nuestras costillas,
las estaciones, beethoven, ciertas naves ilusorias
y de mujeres, pero se le humedecen los ojos:
la última que trajimos se congeló de súbito
al quitarse una media, en mitad de un muslo,
oh la bella inmóvil, la venus de carne finita,
la cenamos con dolor, nos duró una semana.
Esto es muy frío para cuestiones de amor,
ya quemamos el ropero, las puertas, los recuerdos
y la guitarra crepitó en otoño su dulzura póstuma.
El perro escribe genialmente a medianoche
y yo ladro con locura pero él me mira furioso
si se inspira o hay luna o piensa en la ausente.
Cuando posemos los dos restos, los dos hálitos,
vendrán las siete ratas dialécticas, tenaces,
nos acabarán con su liturgia, es una pena.
Me sangra el hocico de infinita tristeza
al pensar que la casa quedará tan sola.

(de bandolor, 1965-66)

 
palestinos

                                              a leila, a jaled


sus raíces carnales al aire claman a un cielo de napalm,
una bóveda roja de lobos devora los corderos celestes
de la antigua patria y patea las cenizas del hogar,
los niños arden entre sus brazos como teas.
Te has pasado de infiernos, señor, en mis
pies deambulan eras de pies trashumantes,
amo de este barrio sideral, jehová, deus, alá,
responde donde estés si es que estás, se acabaron
los desalojos del planeta, los inquilinos elegidos y los parias,
la tierra es de quien la sangra y todos caben bajo las uvas del sol,
dios quiera, dios, no te cuelguen el triste hatillo de los éxodos
y sepas cuánto pesa la cruz de tus errabundos,
esto será un carro de amor para todas las criaturas,
o hay mundo para todos o no hay mundo para nadie

(de Asesinaciones, 1972-81)


quinta ley contra la quinta rueda

                                   al doctor e. en rosario y azul


por esa ley dialéctica según la cual
cada cual busca a su cual en el torbellino
del caos y contracaos en travesía
de florecer y besar entre muerte y muerte,
hallarán en mis hermanos, novias, cuñados
los seres más bellos y creadores de la creación
y en mis lobos la depredación más horrenda,
tal cual, pueden averiguarlo en nuestro infierno,
patria mía donde los padres entierran a sus hijos,
lo que es yo, ínfima conjetura de versículos,
verdísimo de mate hasta el cerebelo sólo
quiero propagar su sílaba a semejanza de sus besos,
siempre bebió de su pezón insigne el poeta cachorro
por su ser y contraser, ellos son mi crucifijo y mi belleza,
aquí no hubo pirámides enterradas,
las erigimos con lajas y brújulas de sangre
tropezando en la niebla con nosotros mismos
y así vamos oliéndonos a escoger cada cual a su cual
para ofrendar sus soles a los proletarios del mundo
desunidos

(de asesinaciones, 1972-81)


muchachos

tan solo, tan lejos, tan sin ellos
buscando a ciegas un fusil para traerles un milagro
que harán los muchachos ahora, dónde duermen si duermen,
qué hacen sus manos queridas, qué’ acarician si acarician,
qué dolor estrangulan a solas sin ruido
que un hombre macho no debe llorar.
Argentina, te llevo oculta como un ladrón,
tus puntas me rompen la piel y me delatan,
quedate quieta, amor, nos miran, somos tus huerfanitos
entre la última curda y la revolución
disparando en tu honor estos cachos de muerte.
Hoy ando con una garúa feroz, cómo llovizna tu sangre,
llevo treinta nenes llorándome en el alma
todos juntos.

(de Sangral América, 1971)

a

miguel ángel bustos
augusto carmona
haroldo conti
roque dalton
víctor jara
augusto olivares
mauricio rosencof
roberto santoro
francisco urondo
rodolfo walsh
y todos, todos
los hermanos,
donde estén

tu frío es más antiguo que los pobres
y tus vientos, darling, penetran por mis tajos,
me terminan de esparcir por tu nochumbre
blue cual un largo asesinato sin aullidos, muy love.
huyo de tus bayonetas goteantes, ranger mía,
me arrastro por el túnel de mis huesos
que ya no tienen sitio para mí, yo que
les di de comer, preciosa, antes del holocausto.
tiritan las uñas, las torres y las calaveras
resuenan sus dentaduras resecas
que dios olvidó desconectar, salgamos
a bailar, baby, es nuestra pieza preferida.
y están vacíos tus bares y colmadas tus plazas, dolly,
humanerías carneadas flamean en tus faroles
una luz rosada sobre tu rocío que cae en
panes tibios, fragantes aún a harina de cadáveres,
my sweet, déme un beso reina, mejilla a mejilla
sigamos el swing, la música suave de los tanques
que laminan a tus niños prófugos contra el dulce asfalto,
dancemos al compás de los disparos, cariño, y las
sirenas sicodélicas de tu Cacería Strip,
de pie, muertitos, es el himno nacional.
piedad, piedad, por qué me has abandonado.





Alberto Arias lo recuerda de esta manera: A Julio Huasi lo conocí en 1985, en una librería donde yo trabajaba. No fueron muchas las ocasiones de gran charla, pero suficientes para simpatizar.

Él llegaba y discutíamos rápida y cordialmente sobre las perspectivas de las opciones políticas de entonces, sobre internacionalismo y esas otras cuestiones poéticas que a algunos nos preocupan tanto como la palabra que nos falta cuando más la esperamos. Pero nunca concretamos el prometido encuentro en el bar de la esquina, para ir más profundo.

Y él, que rebosa latinoamericanismo por donde se lo lea y oiga, no aceptaba del todo -aunque sonreía- mi absoluta falta de pertenencia patriótica. Eran algo así como discusiones entre su especial realismo lírico latinoamericanista y mi internacionalismo surrealista de entonces.
   
Fue entonces cuando él manuscribió una dedicatoria en el ejemplar que me obsequió de su reciente libro tripartito Asesinaciones, matria mía azul, comparancias. Dice así: "para mi hermano alberto arias, poeta, argentino, latinoamericano y congénere, pa’ que no se nos olvide. con un abrazo, julio huasi. 8 julio 85, buenos aires".
   
Julio Huasi ha quedado latinoamericanista de pe a pa y para siempre. Por mi parte, cada día que pasa, y cuanto más nos acosa la verdadera guerra de carne y hueso, más y más internacionalista me hago, si es que se puede serlo aun más y más hacia lo hondo ignoto del planeta.
   
Han pasado estos veloces dieciséis años- octubre 2001- y aquí estamos aún discutiendo, ambos congéneres. Pero lo notable es que hoy lo hacemos en este Ciclo con su nombre como bandera. Con el nombre de quien en su poema Palestinos ha escrito: ‘‘o hay mundo para todos o no hay mundo para nadie’’.

Y hoy aquí, hoy y como siempre, Julio, hermanos quedaremos, porque no me he olvidado; y menos ahora, que mercenarios y mercaderes están dispuestos más que nunca a arrasar con el derecho al pan y el derecho a la poesía.


antiréquiem para julio

                                    a Julio Cortázar

volviste enrollado en espiral, ultrafeto
de julio por julio al infinito en tu dulce potencia,
polizón de una trompeta cósmica en trasbordo
a las matrices locas de la galaxia colérica,
mi hermano largo en tu juliura de adagios
te sobran las piernas por todas las partituras
del dolor de la humanía y su clave de alcohol
quién pondrá su alpiste al canario del suicida
con tu ojo absorto en un no bemol que transfuga
la pauta enrejada del serúmano, julión,
tras un canon de caricias y besos inéditos,
subterráneo, su vainillita de almas pálidas,
quién será como vos más humilde cuanto más
genial tu cuentura ulterior de lucanor para acá,
quién narrará en el sangrío fogón de los américos
los romances en guerra de los ernestos y las magas, turro
mío me anunciarás un prólogo para matria nuestra lacerada
y me clavaste el negror de un epílogo a traición
sin decir ni chau besos a mi sobrino, tocayo, eso
no se hace, hermanón, uno no se muere así
como así, no debieran ni siquiera los cortázares
morir si no quién contará los salmos ocultos en la materia,
si hoy lo viera a dios le pegaría tanto almazo
en la mandíbula con ganchos cruzados del calvario,
de la asesinación del pueblo venía tu ternura brava,
con suma excelsitud te agarraste con sus hienas
mas el expiro de carol te devoró los últimos glóbulos
de atrás como estila el altísimo cabrón del cabronal,
no te perdono, hermanito inmenso como la angustia argentina,
bajaste la guardia en un descuido muy julioso
al volar con tu ala tremens a disparar tus besuras
junto al hermanal amado amoreciendo en managua
elevo mi antiréquiem desde el llagal impatrio,
llevo en andas tus gusanos sobre todas las bordonas,
no me lo hagas más, hijo de mi madre, no me mueras otra vez
de esa forma tan matrera, hubieras esperado al menos
que las gaviotas tomaran el poder en nuestro finismundi,
en el sur de nuestro horror en rebelión con una cinta
celeste alando en las gargantas de su gardelaire
cortázar corta azahares del naranjo de omotepe
para las novias del allá.


américalatina, dulce hogar

brazos contra piernas, pies sobre mejillas,
un torso paterno desemboca en los labios
de una niña que fluye su aire de tres años
en los testículos orlados de canas,
una masa de miembro late hasta el tejado,
dormimos, dios, loado sea tu reino.
Un ojo brilla entre el vaho visceral,
como un planeta sangra y se apaga en el hedor
que no aparece en las fotografías de la unesco,
el ciudadano ha muerto, un voto menos.
Un bosque de pies eleva sus cristos ahorcados
bajo coronas de uñas patéticas en tanto
un pene flamea su espesa bandera,
gatilla sobre el útero más próximo.
Esto es una cajita de música y los vientres de los niños
son más tersos y redondos que el culo de Jacqueline Kennedy
esta cúbica ola carnal es más bella que Miami,
tómese una foto con el guitarrou, señor turista,
si recibe un balazo será pura coincidencia,
pasen nomás, hijosdeputa, a ver los monos.


San Pedro y San Pablo (tango)

Letra Julio Huasi - Música Ismael Spitalnik -

I
Los purretes trajeron la madera,
tablones, sillas rotas, un catre y un cajón.
La montaña se hará pronto una hoguera,
las viejas tendrán brasas, no gastarán carbón.
Y las casas serán rojos fantoches,
millares de fogatas habrá por la ciudad,
surgirá la mañana en plena noche,
paloma y papa asada los pibes comerán.

II

Fantasmas de aserrín,
y a aquel viejo violín
las cuerdas le sacaron
el alma en el Dzhin-Dzhin (Yin-Yin).
Cantando un "Capuchín"
pebetas de carmín,
un viejo distraído
chamusca su botín.

I (bis)

Se cortará el piolín,
la noche tendrá fin, y el viento hará milongas
de cenizas y de hollín.
Un incendio crepita en... cada esquina,
en medio del invierno todos tienen calor,
las muchachas de risa cantarina
los ojos se les queman: fogaratas de amor.
Yo quisiera poner algún muñeco
llenarlo con las penas, la angustia y el sufrir,
y tirarlo cual pobre palo seco
y que se vuelva humo por siempre en mi vivir.





La Gaviota

Letra Julio Huasi - Eduardo Carrasco

Con tu puñal desatado
Abriendo la inmensidad
Te pareces demasiado,'
Gaviota, a la libertad.

Quiero seguirle en el vuelo,
Gaviota, si me dejás;
Ya nos robaron el cielo
Será muy duro volar.

El gringo roba hasta el aire
Roba la tierra y el mar
Y una garúa de sangre
Nos moja sin acabar;
Hay que matar esa nube
Con una gran tempestad
Para romper la costumbre
Gaviota, de lagrimear.

En las orillas de américa
Eres la dueña del mar
Yo soy esclavo en mi tierra
Mi continente sin pan,
La sangre sigue cayendo,
Gaviota, sobre los dos,
El yankee ríe por dentro,
Gaviota, parémoslo.

Con tu armamento de espumas
Con mi puñal vengador
Con su balazo la luna
Con el gatillo del sol
Hay que matar esa historia
Con un disparo final
Para que lluevan auroras
Sobre mi tierra y tu mar.
 
Quilapayún - La Gaviota (Basta, 1969)



cosmópolis

conversó largamente con epicuro antes de saltar de su caballo
y ponerse en la boca aquel smith and wesson 44 imitación
con el que se trabucara los soles y estrellerías de chile
para beberse toda la muerte de un solo trago
y seguir rugiendo por sus cráteres, remezón de bardos cíclopes


increíble de los dulces nombres

digo todo tu olor lo llevo entre la noche
ser tu poeta tu voz tu aire en armas
sabés vos lo sabés bajo todos los disfraces
fui más que un cantor fui un cantamor
que desbuitren los accesos al amor a tu nombre
te haré reina de la tempestad y sus alondras
para que en tu cuello florezca la liberación
que sangre un nombre de mujer entre mis labios en guerra
para amar hay que jugarse hay que batirse amando
parirán los tambores la caricia más pura
guerra al mundo viejo guerra al contramor
por vos por el amor por lo que más quieran
poesía o muerte amor o muerte venceremos.


la sangrura nacional

... somos un pueblo, una patria, una nación, sí,
un pueblo carneado en cortes seriales
en procesión por los ganchos de esta factoría,
nos descuajan el ojo, la lonja fina del alma
en la banda de montaje del solar invadido,
enlatan nuestro aullido cual joya de exportación
y orean nuestras vísceras en vísperas de feria,
matria mía estaqueada en crucetas cardinales
abierta en canal te vas por mil sangreductos
a tus puertos funerarios donde aguardan los galeones
de tus siete añares de vacas crematorias
nuestros coágulos enredados en sus hélices,
oro de tigres prensados, lingote de amoríos en gajos
vendidos antes de nacer con su nana y su santita,
no es justo, matria, la muerte es de quien la trabaja.
Y somos una patria descalza y en andrajos sublimes
los pies lacerados pisan un absurdo de esmeraldas,
al trasluz de tus tobillos traspasados se estampan
los ojos de tus niños que devoran tus suspiros
en los tarros de basura junto al portón del matadero.
Y una nación, sí, con peluca frigia
remolina su cartera en las esquinas del mundo
y entrega su diezmo al cabrón del bajo fondo
en su atuendo magno de barras fosforescentes
y vende a sus hermanas prestando sus verdugos,
mueca pintarrajeada del contraser nacional,
matria mía crucificadita en treinta mil agonías.
Tus madres tocaron sus cabezas humeantes con pañales
de sus atrapados en esta fábrica de angustia
y escribieron con sangre sus nombres en sus dulces
tejeduras con balbuceos aún en sus hilos vagibundos
y dan vueltas por la tierra con sus fotos calcinadas,
calesita de alas ígneas y mamonas del telar lechoso,
carrusel de cirios con sonajas y gatillos de mechones
vas matria azul aspa clamorosa por el planeta oscuro
con tu plumaje de trinos raptados en el nido,
noria inexorable tus pañuelos terribles vuelan
en círculo fatal con un vampiro en el centro
como aquellas gaviotas bajo las lunas densas de octubre
tras los reflectores sutiles de sus ojos perdidos,
con pañuelos, matria, que limpiaron nuestros culos y sueñales
juntan la tropilla puma a puma, pastoras del infierno,
capitanas de la resurrección, los bellos renaceres
y nos sobraba donde morir mas no donde caernos vivos,
zurcidoras de agujeros de la noche letal cuando
los machos públicos ni pasaban el tacón de las hembras públicas,
guitarra, guitarra mía, pon a volar ese pañal en tu diapasón
de estrellerías hondas, vihuela máter, tango surensis
con tus madres en la jefatura de toda la armonía,
cuánta sangre aún bajo tus puentes sonoros,
estremecido de añoros y venires sólo te diré
que mi sonata se asomó con el ojo en la punta del mástil
al futural y vio que allí los besos eran muy fragantes,
los prójimos se acariciaban los unos a las otras
y ponían a bailar su humanía en una pista galaxial
bajo una música infinita jamás oída en era alguna
y yo pulsaba feliz tu guitarrura y bandonaires
y hubo una ovación a tus pies desde universos muy arcanos
y para mis cómplices voraces alrededor de tu pezón
cuando volvías futurosa y eras millones, somos
un pueblo, una patria, una nación, sí,
en un croquis de sangrones cruciales, mi azul?






Son sus conjuntos poéticos (publicados en 6 libros): sonata popular en buenos aires (1959), lírico hollín (1955-57), yanquería (1958-59), violento casorio o las bodas universales (1961-62), los increíbles (1965), bandolor (1965-66), sangral américa (1971), asesinaciones (1972-81), matria mía azul (1983) y comparancia (1982-84).




lunes, 31 de marzo de 2014

AMALIA JAMILIS: DETRÁS DE LAS COLUMNAS



Uno mira su rostro e intenta encontrarle un parecido con Oriana Fallaci o María Esther de Miguel. Puede que sea solo una impresión, tal vez no corresponda la comparación, pero es un buen ejemplo para recordar a estas dos mujeres que también marcaron una época. Amalia a Oriana Fallaci no la conoció, pero con María Esther de Miguel tuvo una excelente amistad. En rigor, Amalia no fue sólo un retrato, un rostro familiar, Jamilis nos dejó una infinita calidez emocional y una obra no lo suficientemente difundida y valorada. Su vocación primaria estuvo ligada a la plástica y con esa necesidad de plasmarlo todo en una tela, comenzó a trajinar sabiendo que el camino no estaba tan florecido. Es que le tocó transitar una carretera llena de piedras en un momento donde la cultura estallaba, donde la literatura cortazariana  coqueteaba y resultaba difícil ser distinto. Tomemos simplemente como ejemplo una anécdota que nos lleva hasta su preadolescencia y que bien marca su personalidad:



A los 12 o 13 años, estaba veraneando en las sierras de Córdoba y en esa hostería había un señor muy serio, no precisamente simpático; el Señor Ríos. Este hombre una noche nos propone al grupo de chicos que estábamos ahí que armemos una especie de verso que hiciera rima con la frase: "Café El Potosí". Bueno, los chicos nos dispersamos "para inspirarnos" y yo  hice un poema... (se ríe y rectifica) ...un "algo”, un engendro que decía: "Nunca en mi vida bebí, tan delicioso café como Café El Potosí"... Al hombre le gustó, lo eligió y me dio como premio un helado que para mí era una maravilla. Dos o tres años después en la radio Porteña escuché la publicidad que decía: "Nunca en mi vida bebí, tan delicioso café como Café El Potosí"... Lo que sentí en ese momento fue algo muy grande y difícil de explicar... a alguien le había interesado realmente lo que yo había hecho, a tal punto de ponerlo en la radio. Mis padres me dijeron que el hombre me había estafado pero a mi no me interesó nada, porque ese hombre valoró algo que había surgido de mí.

Maria Teresa Andruetto nos dice: En los primeros años de la década de 1970, leí Detrás de las columnas y Los trabajos nocturnos, y sus cuentos me gustaron tanto como los de Julio Cortázar, escritor con el que tiene muchos puntos de contacto. Apenas terminada la dictadura, en un congreso de educación en Tucumán al que ambas habíamos ido como oyentes, quedé al azar conversando con una profesora sobre sus experiencias en el aula. Al despedirnos e intercambiar nombres y direcciones supe que era Amalia Jamilis.

María Esther de Miguel no  ahorra en elogios: Elvio Gandolfo, Guillermo Saavedra y Enrique Butti (quien le rinde velado homenaje en su novela El novio), entre otros, la consideran uno de los puntos más altos de la narrativa de nuestro país, una cuentista tan extraordinaria como poco difundida hoy.... frente al sabor complaciente pero efímero de tantos relatos actuales, el pulso literario de Amalia Jamilis, en el cual magia y belleza se entremezclan, recuerda que la autora es una de las grandes escritoras argentinas.

Sus cuentos de atmósferas tenues, ámbitos privados, universos femeninos, exploran los espacios de confluencia entre lo real y lo fantástico, incorporan elementos trágicos de nuestra historia, y construyen mundos sutiles donde los desplazamientos entre los diversos planos de la experiencia se vuelven imperceptibles.

Cabe preguntarse qué nos pasa como lectores cuando después de tanta literatura impuesta y banalizada nos enfrentamos con una autora de estas características. Sería volver una y otra vez al gastado concepto sobre los escritores presagiados y los desheredados. No vamos a entrar en esa discusión. Preferimos que el autor hable a través de su propio texto.  




OTRO VERANO (del libro Detrás de las columnas)

A veces nos sucede en medio de un solo de guitarra de Grapelly, aunque también me acuerdo de una vez que pusieron "Cotton tail", con Ermelín, y debió tratarse sin duda de una asociación de ideas, porque en el "Cheyenne" nunca hubo nada de Ermelín, pero igual Bayón y yo nos miramos un rato en silencio, y era que yo me acordaba del snipe, de la mujer que vigilaba la máquina tragamonedas, de la casita de San Clemente, y antes que nada, de la línea horizontal de la playa, que Belén, enfundada en su malla verde, tan ceñida, no interrumpe como antes, no puede ahora interrumpir .
Yo me acuerdo Bayón, de tu casa de San Clemente, con aquel olor persistente a laurel, que tal vez venia de la ligustrina, y que combinado con las ráfagas saladas, inundaba las habitaciones. Me acuerdo del snipe -medio arruinado- que por aquel entonces tenías y que después tu viejo, que para eso es el dueño de la Herboquimica del Sud y puede -te lo cambió por un lightning, con el cual hicimos regatas y también, algo después, para olvidamos un poco- un viaje al Uruguay con Funes y Mazzini.
Me acuerdo sobre todo de tu prima Belén, que vino a Pinamar, ya bastante quemada queriendo que le enseñásemos el manejo del snipe, insistiendo en que debíamos mostrarle el sitio donde tomábamos sol: un foso detrás de unos pinos, junto a un sendero de despojos, que olía fuertemente a resina.
Fuimos nosotros quienes le enseñamos a armar sus primeros cigarrillos y a amar las grandes formaciones de nubes y las masas de eucaliptus que se funden con el cielo.
Fuiste vos Bayón, el que un día empezó a mirarla como a un juguete, como algo más que un juguete. Yo, al principio, también me creía que era un juguete, con esa mata de pelo rojo, como licor derramándose sobre sus hombros. Con su cara redonda e infantil, con un vago sabor a malicia ya juegos de chicos. Después el asunto se puso serio.
Navegábamos los tres en el snipe, manejando por turno, sintiendo a nuestras espaldas las luchas fraguadas, cortadas por risas, por bruscos silencios, viendo de soslayo el humo de tus eternos cigarrillos negros, Bayón, la malla verde cubriendo un cuerpo apenas ondulado.
Por las noches nos íbamos a vagabundear por ahí, sintiendo una ligera nostalgia por el snipe, amarrado junto al muelle, viendo emerger en las esquinas la sombra azul de prusia de un pino. Entonces nos metíamos en el primer café con máquina tragamonedas, preferíamos ostensiblemente el "Cheyenne". Había allí discos de la primera época de Coltrane, de Grapelly, de Chet Beker. La patrona; una mujer de ojos eternamente hipnotizados, seguía con pasión de entendida los ritmos, y nosotros la mirábamos con un ligero pudor.
Era como un juego, pero a esa altura ya sabíamos que no era un juego, y la quisimos a Belén. La quise sin habilidad, con torpeza de muchacho que tiene miedo. Vos también Bayón, extendido con nosotros en el foso, junto a los pinos, mientras el sol nos tostaba vuelta y vuelta, la quisiste, soñando con un estanque con hojas de ceibo y achiras, y ella y vos juntos. Sé que la quisiste y que soñabas con eso, sé que yo soñaba.
El foso era profundo, Un foso amarillo y profundo, de arenas doradas, que relucían con un extraño color ocre, cerca del mediodía. Entonces Belén se adormecía, cansada de navegar y de jugar con el perro del bañero.
Era preciso despertarla y sacudirla fuertemente y ver otra vez sus ojos selváticos, olvidados de la vida.
Decidimos que se lo dirías, que le hablarías de ese sentimiento doloroso de quererla. Para que ella, sin pensarlo, contestara luego lo único que no debió contestar, aquello que finalmente nos impulsaría a la acción.
Fue un día nublado, con corvinas que parecían talladas debajo del agua. Los pescadores nos saludaban desde lejos, desde las lanchas con grandes gritos, agitando las gorras.
Mucho después supe -me lo dijiste abruptamente Bayón, sabiendo que esos instantes algún día habrían de dolerme muy hondo- que ella se te rió en la cara. Que le hablaste de tu amor que era el mío y que se rió con largas carcajadas. Que dijo que no, que muchas gracias; que para eso todavía había mucho tiempo, muchos años. y esa risa se te clavaba, se me clavó como un gran alfiler rojo. Entonces fue que nos decidimos. Porque no tuvimos durante ese largo verano otra cosa que el doble dolor de amarla, y sabíamos que de alguna manera misteriosa ese sentimiento iba a marcarnos para toda la vida.
Aquella mañana fuimos como otras mañanas a ver subir las aguavivas, esos húmedos cuerpos sin forma. -Mejor vayamos a tomar sol -insistía Belén-. Vos, Bayón, me acuerdo, me miraste.
-Todavía no -le contesté-. Vale la pena mirar las aguavivas. Parecen cuarzo.
-Es por el sol -dijiste vos.
-Eso, sol -dijo Belén-. Quiero tostarme, tomar sol. Entonces fuimos al foso. A lo lejos se oían voces. Las de los pescadores que regresaban a la playa. La del bañero llamando al perro. Vos, fríamente, encendiste un cigarrillo. Belén estiró las piernas, esas piernas largas que nos hacían pensar en una bailarina o en una gimnasta. Yo miré hacia la playa, soñando con su quietud amodorrada, con nuestra espera.
Nos observamos, Bayón, y sé que pensaste como yo que éramos cobardes, que estábamos desesperados, que estábamos locos. Que después, para el otoño, cuando volviésemos a Buenos Aires, no podríamos recordar esa franja de playa sin un escalofrío. Igual agarramos las palas, que la noche anterior habíamos ocultado bajo los despojos del camino. Igual arrojamos sobre el cuerpo quieto, estirado perezosamente, los primeros grandes puñados de arena, y vimos como se agitaba primero, quería luego erguirse y caía abatido después. Cómo la arena seguía cubriendo la malla, las largas piernas, el pelo color caoba, hasta tapar el foso por completo.
No te miré Bayón. No pude mirarte. Estaba cansado y tenía los ojos cerrados; un silencio implacable empezaba a crecer dentro de mí.
El mismo silencio que, a veces, en medio de un solo de guitarra de Grapelly o de Reinhardt, nos reúne de nuevo con la línea horizontal de la playa, con el cuerpo adolescente, enfundado en una malla verde, unas largas piernas, un pelo rojo, como licor derramado sobre sus hombros. Otro verano.



La obra de Jamilis ronda los sesenta cuentos que, como dijo Gandolfo, la muestran como una escritora que "gatea en la rama", es decir -es un cita de Faulkner- que corre riesgos, utilizando la herrería técnica no como una cuadrícula sino como la brújula módica de una aventura que, lejos de proponer una solución, suele interrumpir la tranquilidad del lector. Escritora de climas, pariente de Cortázar en su universo de connotaciones cotidianas, puntea como él a través de marcas publicitarias, nombre de estrellas de cine, espacios urbanos, un realismo que transmite una versión compleja de lo que, en la época en  que Jamilis era visible en el campo intelectual inmediato, se llamaba "pueblo" y que uno de sus personajes define como "gente del país, la pobre gente".
Gente que en los cuentos de Jamilis jamás es estereotipada como bajo la idealización populista de los cronistas de aguafuertes del periodismo o de la fobia gorila del autor de Rayuela, en Las Puertas Del Cielo, sino capaz de audacias imaginativas resistentes a toda necesidad e inauditos tráficos sensuales capaces de atravesar la contingencia económica, burlona y combativa

Que Amalia no haya circulado por vernissages porteños; festejos de premios o presentaciones de libros no explica  esto del todo, ya que muchos autores han hecho de su lejanía de la Capital una marca de identidad o un nexo mas privilegiado con Latinoamérica sino un golpe de efecto -la ermita como gran salón-. Quizá una de las causas es que los textos de Jamilis no obedecen a los parámetros temáticos o estilísticos dictados por la crítica feminista, mucho menos entran en los del boom de las mujeres latinoamericanas escritoras. O quizás ella haya tenido una estrategia de largo alcance al sustraerse a los campos de lucha inmediatos de la política cultural, pero apostando a lectores independientes presentes o futuros.

Amalia Jamilis nació en La Plata el 30 de agosto de 1936. Estudió en las Escuelas de Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón. Su vida estaba orienta hacia el mundo de las imágenes pictóricas y en rigor ésa era su vocación. Después de un breve período de búsqueda creativa decide dejar la ciudad de las diagonales y se marcha a Bahía Blanca Allí  se dedica a la docencia y forma una familia.
Paralelamente comienza con la escritura de manera tímida porque del pincel al bolígrafo había un largo trecho. Sin embargo a lo largo de su carrera editó 6 libros: Detrás de las columnas (Losada, 1967), Los días de suerte (Emecé 1968), Los trabajos nocturnos (Centro Editor de América Latina, 1971), Madán ( Celtia 1984), Ciudad sobre el Támesis ( Legasa 1989) y Parque de animales (Catálogos, 1998).




Sus obras literarias también aparecen en varias antologías de nuestro país y el exterior como en: Antología consultada del cuento argentino (Cía. Gral. Fabril Editora, 1968), Los nuevos (Centro Editor de América Latina, 1971), Erkundungen.20 argentinische erzäler -20 argentinos cuentan- (Verlag Volk und Welt, Berlín, 1975), El cuento argentino (Centro editor de América Latina, 1981), The web -la telaraña- (Three Continents Press) (Washington, 1981), Frauen in Lateinamerika (Erzalungen und Berichte, Munich 1985 y 1991), Primera antología de cuentistas argentinos contemporáneos (Colección Biblioteca Nacional, 1990), The image of the prostitute in modern litarature (Pierre Horst and Mary Pringle-Frederick Ungar Publisching Co. (New York, 1992), La otra realidad (Instituto movilizador de Fondos Cooperativos, 1995), Cuento argentino contemporáneo (Dif. Cultural, Univ. Autónoma de México, 1997), Mujeres escriben (Ed. Santillana, 1998), Damas de letras (Ed. Perfil Libros, 1998), Cuentos de escritoras argentinas (Alfaguara 2001), El terror argentino (Alfaguara, 2002).

Entre los premios recibidos se cuenta: el Premio Nacional de las Artes de 1966 (por Detrás de las columnas), el Premio EMECE 1968 (por Los días de suerte), Premio Pen Club Internacional 1968) por Detrás de las columnas, Premio Fundación Salomón Wapnir 1974 ( por Aventuras en la Bahía de las luces), Premio de la Subsecretaría de Cultura de la Nación 1986 (por Madán), Premio del Fondo Nacional de las Artes 1989 (por Ciudad sobre el Támesis), Tercer Premio Nacional de Narrativa 1992 (por Ciudad sobre el Támesis), Premio Trayectoria 1996 del Honorable Concejo Deliberante de La Plata. Beca del Fondo Nacional de las Artes 1989/1990 (para estudios en España).

También tiene trabajos publicados en presa como en el diario La Voz del Interior (Córdoba 1966), Revista Femirama (Ed. Códex 1970), diario La Opinión (1975), diario Clarín (1976), diario La Nueva Provincia (1980) y diario La Nación (1982)

Amalia Jamilis falleció en Bahía Blanca tras una larga enfermedad el 30 de octubre de 1999.


LA NOCHE PERPETUA

 Primero fue la señal inequívoca, con el pulgar en la dirección que llevaba el automóvil. En seguida acomodó las correas de la mochila y corrió hasta la portezuela del Chevrolet azul, detenido en la desembocadura de la avenida costanera.

La madre Figueras, pensó, pensó Laprida y entrevió los cabellos cortos y oscuros, el rostro sin relieve, puerilmente rústico de la monja, la expresión empecinada de los ojos, intimándola: pero no es del pago de los bordados de lo que debemos hablar nosotras dos, no es cierto? Tuvo una visión fugaz y parcial de la ciudad: una plaza polvorienta, apenas con vegetación, un ómnibus hecho chatarra girando en torno a los baños públicos, camino a la avenida Colón y mirando al hombre que había vuelto hacia ella su cara cuadrada, pálida, pero que ahora estaba de perfil y manejaba con el busto erguido, la visera de la gorra sobre los anteojos negros, impenetrable, se prometió permanecer en Laprida el tiempo justo y desaparecer lo antes posible. Revolvió dentro del bolsillo de la mochila hasta dar con los cigarrillos y tanteó en busca del ordinario encendedor de plástico, pero con espanto recordó que lo había dejado en la mesa de noche de Teo y sintió al mismo tiempo el golpe de sangre en las mejillas y la sensación de que el cerebro se le vaciaba.

-¿Tendrá fuego? –le preguntó al hombre, atenazada por el pánico, tratando de que su mano dejara de temblar. El balbuceó algo incomprensible, palpó hasta encontrar en la guantera una caja de fósforos Ranchera y se la extendió con un ademán incierto.

-Voy a Buenos Aires –le dijo-. ¿Dónde querés que te deje?

La chica frotó el fósforo de costado y acercó la llama al cigarrillo. La cabeza del fósforo pareció estallar y ardió un instante antes de consumirse. La chica chupó el cigarrillo compulsivamente.

-En Laprida, si le viene bien –articuló, ahogándose.

Fumó en silencio, con el corazón palpitante, después bajó un poco  el vidrio y arrojó la colilla al exterior. Una fría ráfaga del sur la hizo tiritar. Se sintió exhausta, como si todavía estuviera descendiendo de dos en dos los escalones de la casa de Teo, ensombrecida a las tres de la tarde por la vegetación del jardín. De nuevo se vio corriendo por la calle, bordeando el cordón de la vereda con el cuello tenso y los brazos subrayando el esfuerzo del cuerpo, diciéndose que era una imbécil, que lo había sido siempre, que Teo no merecía siquiera el insulto de la escupida de hacía menos de una hora, pero sí la bala de su propio revólver, un Italo Gra mediano, de cachas de madera oscura que él guardaba en el primer cajón de la cómoda y le había mostrado en otra ocasión haciendo alarde de su poder letal. En cuanto a Teo, había cumplido treinta y cinco años y en esa oportunidad se había comprometido con su mujer, deshecha en lágrimas, a darle todos los bienes materiales a su familia, a tratar a sus hijos como un verdadero padre, a no contraer deudas, a no involucrarse nunca más con otra mujer. Ese fin de semana, confortada por aquellas promesas, ella se había marchado con los niños por unos días a la casa de una hermana, en General Alvear.

Ahora el coche rodaba con una desconcertante lentitud y el hombre maniobraba con una preocupación exagerada, como un principiante en una academia de conducción.

-Demasiado despacio, ¿no? –comentó él-. Es por la niebla. En este tramo siempre hay niebla y es preferible aminorar la marcha.

Con engañosa atención ella miró hacia el exterior, pero no vio niebla, solo el aire polvoriento que los autos, camiones y autobuses que pasaban hacían volar en torbellino. Más allá, sobre los montes de Villa Lía que rodeaban un estero pantanoso, los primeros vapores purpúreos del crepúsculo teñían el cielo vespertino, pero a aquello tampoco podía llamársele niebla.

Con cautelosa determinación el coche acababa de entrar a un pueblo de calles malamente asfaltadas, llenas de baches y agujeros con barro seco. El conductor manejaba con cuidadosos giros de volante, pero la cabeza inclinada hacia adelante se torcía en una actitud inexplicable, como si permanentemente estuviera controlando los sonidos del motor. Por un momento a ella le pareció que el hombre conducía con los ojos cerrados, pero luego comprendió que sólo se trataba de un efecto producido por un juego de reflejos en los vidrios oscuros de los anteojos.




TE INTERESA LA NOTICIA

¿Te hable alguna vez de la muerte de mi hermana, la Beba? -preguntó Lucía. Polo la miró. Miró sus dedos delgados que plegaban con bastante habilidad el mantel.

-No -dijo-. Me parece que no.

Alrededor se oía un ruido de cucharas, de sillas arrastradas, de conversaciones coincidentes. La Madelón, con la luz de los veladores encendida desde las tres de la tarde se resumía en esos sonidos, en el acordeonista escurriéndose entre las mesas, en el humo de los cigarrillos condensado arriba, junto al cielorraso.

-La Beba era horrible -empezó Lucía-. Nunca te imaginarás esa frente descomunal, las mejillas sombreadas por un vello duro, hacia abajo. No quedan fotos. Era maestra, y a los chicos no les importaban sus sufrimientos, sus desengaños seguidos. Confabulaban contra ella, y no sé de ningún caso en el que haya durado más de tres meses en el mismo colegio. Al final decidió irse a Pergamino con la tía Estela. ¿Te acordás de tía Estela?

Polo recordó una figura inexorablemente enlutada, un vago olor a benjuí y aprovechó que el mozo andaba cerca para pedirle dos Gancia con limón.

-En Pergamino la técnica consistía, por un lado en ignorar el asombro, los bruscos silencios que seguían a su aparición en las reuniones, y por el otro en huir de los empleados de banco, de los viajantes con ganas de diversión. Pero la Beba estaba ansiosa: soñaba con el esplendor o con la infamia. Quemó la fórmula y se enamoró.

Él se llamaba Canzani o Canzetti, no me acuerdo. Era un tipo grandote, un hombre de aire pesado.

-Me lo imagino muy bien, creéme -dijo Polo-. Canzani o Canzetti es la clase de apellido que le viene bien a un gordo.

-Bueno -continuó Lucía-. La llevó a su casa, le presentó a la madre.

Yo me la imagino a la Beba por las tardes, tomando mate en una sala oscura, con almanaques y cuadritos hogar dulce hogar. O tal vez en un patio embaldosado, lleno de macetas con geranios. Por fin un buen día se lo dijo, aunque seguro que era de noche. Sí, mejor de noche.

-Lucía -la interrumpió Polo irritado-. Tratá de ser coherente-. La irritación se debía no tanto a la incoherencia de Lucía como a la tardanza del mozo.

-Seguro que fue de noche cuando él le pidió casamiento -aclaró Lucía-. A lo mejor estaban en la plaza y era de noche. Quién te dice que la Beba hasta parecía linda, así con la oscuridad de la plaza. Bueno, se lo dijo. ¿Vos sabés lo que es un pueblo, Polo? Pergamino es una ciudad. Es más grande que Tres Arroyos, más que Dorrego, pero al mismo tiempo es un pueblo. En seguida se supo. Tía Estela nos escribió que la Beba se pasaba los días preparando su ajuar. Yo no lo podía creer. Te imaginás a un monstruo bordando una sábana de Grafa con hilo lucero. Daba risa, daba lástima. La Beba debía estar como loca por aquellos días, cosiendo y cosiendo su ajuar. Pasó el tiempo y cuando faltaba poco para el civil, Canzetti se mandó mudar de Pergamino y nadie le vio ni la sombra.

-Seguro que se impresionó -dijo Polo filosóficamente.

-Tuvo miedo -sentenció Lucía-. Eso tuvo. Me imagino muy bien ese miedo, con la Beba ahí, en la pieza, bordando enloquecida las sábanas del ajuar.

-Se impresionó -repitió Polo, vagamente sumergido en un sueño de Gancia con limón.

-Después de unos días también la Beba se hizo humo. Algo más tarde supimos que había vuelto a Buenos Aires. Tomó una pieza en la pensión Aguilera de la calle Tucumán, ¿te acordás? Una vez estuvimos. Esa misma noche la encontraron muerta. Se había tomado una caja de fósforos. En la mesa de luz había un montón de cosas tontas. Un paquete de cigarrillos, una servilleta de papel, un billete de diez pesos con una fecha. Recuerdos de él, seguro.

-Bueno -dijo Polo cínicamente-. Después de todo morirse en una pensión aunque sea la pensión Aguilera no es la peor de las muertes.

-Esperá, falta lo mejor -dijo Lucía graduando los efectos-. Al poco tiempo recibimos una carta de la tía Estela. Resulta que Canzetti le había escrito a la Beba. Aquella era una historia de cobardía, una historia de arrepentimiento. Le informaba que para el otoño regresaría y entonces sí, derecho al civil. Para esto a la Beba ya hacía rato que la teníamos en la Chacarita.

Polo iba a decir pobre, claro, me imagino, pero en ese momento llegó el mozo y dejó sobre la mesa la botella y los vasos, y la historia de Lucía se antojó absurda y Lucía misma se le antojó absurda. La miró y vio sus ojos que empezaban a navegar, quizá hacia una noche de Pergamino, hacia una plaza, hacia un sórdido interior con una figura grotesca, caída de lado sobre una colcha a cuadros, y vio también sus dedos delgados, que nerviosamente tamborileaban sobre el mantel a un ritmo de baguala.

No puede quedar solo el simple recuerdo de una escritora de este talento. La nuevas generaciones agotadas de tanto nombre repetido deberán recurrir a ese diccionario donde en letra de molde pequeña aparece este tipo de presencias que cayeron en el anonimato. Mientras el boom literario latinoamericano se empeñaba en mostrar el retrato de algunos autores, las portadas de libros de otros escritores se tapaban con un lienzo oscuro.El tiempo traería la suerte del recuerdo y entonces la tardía revisión pondría al descubierto que la literatura no solo estaba hecha por héroes. 


viernes, 28 de febrero de 2014

TULIO CARELLA:¿MARGINAL O MARGINALIZADO?







“Debo dejar mi país, mi familia, mi casa, mi trabajo, mi perro, para pasar un año en una ciudad que no conozco y que, por esta razón, a mí me llama."

                                                                           Orgía (extracto)


En ese desplazamiento monótono que el péndulo de la vida va dando como si nada sucediese  y que sólo el fino zumbido aterrador del deslizamiento dejará sin efecto la dimensión del trayecto, así irán apareciendo las huellas, las heridas, los sinsabores y el deterioro de una forma de sentir y amar que se oculta y limita, porque son pocos los que entienden a los que a veces sufren.

La metáfora del péndulo también vale para unir a otros seres que en igualdad de condiciones sobrellevaron la carga de un silencio patológico que parecía ser como una daga clavada en el corazón. En medio de esta angustia, solo alivianada con la escritura, las voces partidas actúan como un eco atormentado, sin dejar de ser un nudo en la garganta, un espasmo visceral. En este calidoscopio en el que cuesta encontrar los colores y los paisajes, hallamos a  Tulio Carella (1912-1979), periodista cultural, crítico de cine, dramaturgo, publicista y novelista, quien transitó un sendero paralelo a Manuel Puig, a Oscar Hermes Villordo, a Néstor Perlongher. Vidas ensombrecidas que cargaron el peso de una sociedad que miraba de soslayo, que observaba al “diferente” como si se tratara de una especie animal peligrosa guiada al encierro, a una dependencia de exclusión permanente. Ante esta desazón que emocionalmente partía al medio cualquier proyecto, la obra de estos autores se desplazaba de manera abyecta, se la escondía al público porque no era buena literatura, porque esa cosa formaba parte de un circuito marginal propio de los desviados.

Daniel Link toma este concepto cuando expresa: Ahora entiendo mejor la diferencia entre Manuel Puig y Tulio Carella (más allá de los veinte años que los separan en el tiempo y más allá del parecido de sus retratos): el primero estuvo destinado desde el primer momento a convertirse en el novelista más importante de la literatura argentina; el segundo se condenó a la desaparición. O, mejor dicho: en una época de dialécticas entre centros y periferias, fue colocado al margen, en un umbral de indescernibilidad que necesitaba de otro horizonte epistemológico (el horizonte de lo “panamericano”) para poder ser recuperado.

A Puig se le tolera la algarabía de la loca porque, después de todo, viene a decir que hay un centro (el centro del universo novelesco, es decir Hollywood o Broadway) y que cualquiera puede ocupar. A Carella se prefirió olvidarlo porque nos recuerda que el centro es un agujero vacío imposible de ser llenado.

Uno es ese centro y ese agujero, el espacio vacante y desocupado en el cual se leen todos los anonadamientos, el fin (propiamente) de lo humano. “Estoy derrotado de antemano. El corazón vacío, un cerebro hueco, un orgullo inconcebible, y esta entrega a lo carnal (entrega absoluta, como si lo carnal fuese un dios) adelgazan mis resistencias y la barbarie me ocupa totalmente” (Orgia).

Tulio Carella fue, como se dice, un “porteño de ley”. Tanguero (Tango, mito y esencia), apasionado por Buenos Aires, frecuentador de piringundines del Bajo (Picaresca porteña es el título de su breve historia de la prostitución en Buenos Aires). Había estudiado Química cuando, a los 22 años, caminó casi cien kilómetros (así lo contó) para saludar a García Lorca a su paso por Buenos Aires. El andaluz le dio “valiosos consejos” que el incipiente dramaturgo puso en práctica ese mismo año de 1933 en una obrita teatral que consiguió que le representaran en un circo de Barracas.


Todos estos aspectos sobre la carne apergaminada de un Tulio Carella que decidió tardíamente encontrarse con su propia voluntad, lo transformaron en una especie de serpiente venenosa que podía aparecerse sobre el escritorio de un editor y que ante el miedo aterrador que simbolizaba ese vipérido  todo se detenía.

Desde hace mucho tiempo la producción de Carella es inhallable, sus libros  sólo están en manos de coleccionistas y el mercado únicamente ofrece Picaresca Porteña y El Tango Mito y Esencia. Por ahí, en una librería de viejos, se pueda encontrar alguna que otra edición, pero de lo que sí estamos convencidos que ese libro maléfico y degenerado titulado Orgía no está ni el sótano de estas casas de culto.




Osvaldo Bazán asegura en su libro Historia de la homosexualidad en Argentina que Orgía es  su novela autobiográfica donde Tulio Carella deja constancia de sus más profundas inquietudes, empezando por su huida de Argentina para sentirse liberado de las ataduras sexuales. “Yo parecía un hombre creado para encender conchas, pero hago arder las pijas como antorchas”, escribió, entre brutal y poético, al comienzo de su obra.

Como puede comprobarse, en Orgía hay un fuerte componente homoerótico, a veces pornográfico, fruto de la atracción que Carella sintió por los jóvenes cariocas, como el caso del muchacho a quien llamaba ‘King Kong’, de quien llegó a escribir: “El violentísimo deseo de King Kong me contagia plenamente. Olvido el pudor, las precauciones de la prudencia y las restricciones de la moral”.

A causa de las revueltas políticas en Recife, el lugar donde residía en Brasil, Tulio regresa a la Argentina, desarmado, destruido, desalojado, a comienzos de los sesenta. Allí escribe su obra Picaresca Porteña y se separa de su mujer.

El libro Orgía de Carella no es un texto cuajado por un heterosexual arrepentido. Todavía para la época que fue escrito la caricatura del homosexual era un argumento despectivo que formaba parte de una sociedad hipócrita y santulona. Carella advierte un despertar, una sensación que lo invade, un deseo restringido y tiene la hombría de declararlo abiertamente. Al lector le puede gustar o no la forma de decir las cosas, pero convengamos que este diario hoy a nadie le causaría urticaria.

Néstor Perlongher en su libro El fantasma del SIDA, hace una referencia significativa que es oportuno acompañar  a esta crónica. Dice el autor que el término "homosexualidad" fue acuñado en 1869 por Benkert, médico húngaro, en sustitución del más poético "uranismo"; estas denominaciones cubrían, a su vez, el antiguo dominio teológico de la sodomía.



El cambio de nombres forma parte de una operación que no es sólo retórica. Siguiendo la obra de Michel Foucault (paradójicamente víctima del SIDA) puede situarse, ya a partir del siglo XVIII, un desplazamiento progresivo desde la problemática de la carne (que respondía a la jerarquía celestial de los pecados) hacia la axiomática de la sexualidad, que va a hacer proliferar una vasta tipología de especies perversas donde antes reinaba la amenaza, menos diferenciada, de las llamas infernales.

Daniel Molina se refiere a Carella y a su libro de este modo: De sus amores gay no queda registro oficial. Orgía da cuenta -con lenguaje  tan brutal como poético- del intenso deseo homosexual que arrebató a Carella a comienzos de los ´60, apenas llegó a Brasil para dictar un curso. A ese instante intenso, el de su transformación, lo contó asi; "Me siento liberado. Me desprendo de mi país, de mis costumbres, como una cáscara de un fruto que acaba de madurar". Desde entonces Carella fue otro.

Orgía,  tuvo su primera edición en Brasil en 1968. La traducción de Hermilo Borba Filho, habla de un personaje - Lucius Ginarte, poeta y dramaturgo – residente en Buenos Aires, la ciudad más importante de América Latina.




En 1960 Carella recibe una invitación de la Universidad Federal de Pernambuco firmada por el tutor de la cátedra de Arte Dramático, para ser profesor en la Escuela de Bellas Artes de la UFPE. Tiene 48 años y en Buenos Aires es un pasajero más, un transeúnte poco decidido a cobijarse en la estrechez de una sala de redacción. Aparece esta carta y se despierta el desafío. Viaja solo porque a su esposa no le gustan los “negros”. Ese distanciamiento con la mujer que llevaba treinta años de convivencia terminaría al regreso de su viaje erótico en separación definitiva.

En el paso entre una ciudad y otra, el personaje se encuentra con un nuevo panorama económico, social y cultural. No sólo eso, descubre los placeres sexuales distantes de su orientación tradicional. Entre el desplazamiento geográfico- cultural y el descubrimiento de la nueva orientación sexual, el pasado pesa y aparece en su memoria la Buenos Aires que quedó atrás con sus calles, sus monumentos, sus amigos, la familia y la vida cultural.  La memoria acorrala al presente. Todo el relato es un intento de hacer presente los hechos retenidos por la memoria, una forma de dar sentido a lo que vio y almacenó. No narra el momento, describe lo que ha sucedido.




Orgía es una novela que se estructura entre dos tipos de registros: la memoria y el acontecer de todos los días. El primer relato - la memoria - tiene el foco narrativo en tercera persona, el segundo relato - el diario - es en primera persona, y se congratula de lo que Lucius Ginarte va haciendo en el día a día.

La novela de Tulio Carella se inicia con un modo de narración en tercera persona. En esa instancia conocemos a Lucius Ginarte quien duda en aceptar la invitación para enseñar en Recife y casi sin una pausa nos lleva a su primer contacto con la ciudad (la gente, el clima, sus olores, sus miradas) y su la vida intelectual. El enfoque narrativo cambia cuando el narrador se pone la ropa  Lucius Ginarte. De este modo, la novela se construye mediante la interpolación de miradas: el narrador trata de ver los hechos con la vista distante y crítica y registra sus impresiones de la ciudad. La narración en tercera persona es todo en cursiva, lo que refuerza la idea de la separación y se nos revela en diario, en misiva actual.


Siempre es interesante comparar los pasajes del diario de Lucius Ginarte que están en Orgía y, posteriormente, también fueron citados por Hermilo Borba Filho en su novela Dios en el pasto (1972).

La orgía diaria se convierte en una especie de memoria de la memoria. La primera memoria es el registro de Lucius Ginarte, la segunda una memoria que puede insertarse en una narración paralela. Por lo tanto, todos los días se amplía el aspecto propio del narrador omnisciente. Es como el diario de un mundo que Ginarte cierra y mira al  propio narrador que relata.

Carella era en realidad un dramaturgo, poeta y crítico literario muy porteño que se escapó de su propio relato; sabía que había llegado a Recife para enseñar el curso de teatro y en esa ciudad vivió una experiencia rica y única, al igual que sabemos que él estaba señalado por la policía como un agente cubano, que después fue encarcelado, golpeado y privado de su libertad, de su trabajo en la Universidad y expulsado de Brasil.

En verdad su condición de homosexual pesaba en todo este drama. Orgía podría ser simplemente el registro de estos acontecimientos precipitados en su vida, o más bien, podría ser sólo la publicación de su diario personal, escrito durante su estancia en Recife, entre 1960 y 1962.

El 8 de enero de 1961, Estados Unidos rompió relaciones con Cuba. Recife era por entonces escenario de las demandas de los campesinos, organizados por la Liga Camponesas de Pernambuco. Los militares brasileños supusieron una conspiración entre el Estado cubano y las ligas campesinas y decidieron rastrillar Recife para desentrañar cómo los revolucionarios de Cuba hacían llegar armas a los “Sin Tierra” pernambucanos.




Fatalmente, Tulio Carella, cuya inclinación sexual lo había hecho frecuentar los ambientes más alejados de su entorno profesional y de clase, fue detenido y torturado para que confesara que entregaba furtivamente, en los puertos y en los baños públicos, mensajes de revolucionarios cubanos para receptores de armas. Fue transferido a la celda de una fortaleza, en una isla. Finalmente, el secuestro de su diario le valió la libertad, el chantaje y la deportación (“cualquiera puede cometer un error”, le dijeron para justificar la tortura).

Desde 1968 hasta mediados de la dictadura es comprensible que no se haya publicado nada de su obra debido al clima político que se vivía en el país. . Después de que él murió en 1979, nunca fue reimpreso.

El editor brasilero Álvaro Machado quien se interesó por la obra de Carella, concluyó que el autor tiene hijos y  al menos un hermano y una sobrino nieto que ahora pretenden los derechos de autor. “Hice una búsqueda en Argentina (entre 2006 y 2008), y publiqué en el diario La Nación anuncios pidiendo contactos con parientes para fines comerciales. Pero no tuve éxito Viajé tres veces a Argentina, utilicé la guía telefónica de Buenos Aires, hablé con dos escritores y me contacté con la SADE, pero nada dio resultado, salvo una pesquisa que me llevaba a un  sobrino en Mercedes, en la provincia de Buenos Aires". 

De Orgía (extracto)

Usted necesitará para entrar en este cuerpo pálido, ajeno a su tierra, para comunicarse con los dioses blancos que habitan en ella, incluso si usted tiene que rasgar y hacerla sangrar. (...)

El violador empieza a moverse, lentamente al principio, luego con más fuerza y ​​velocidad, para lograr un ritmo igual, regulares inquisitiva. En el espejo, reproducir cuerpos acoplados, moviéndose en la cadencia, y la larga salir y entrar, en la forma de un pistón, el enorme miembro que se rompe pero sí que experimentar sensaciones jamás experimentadas. El silencio se acentúa (la respiración jadeante de los dos participantes de este silencio) y se convierte en algo alegre en aumento, creciendo parecer una esquina. Lucius se puso las manos detrás de él, para acariciar este maravilloso cuerpo, sentirlo más y mejor. En este momento, King Kong emite un gemido dulce y alcanza el orgasmo, inmovilizándolo.

De Picaresca Porteña (extracto)

Así como la esclavitud se toleró en los estados democráticos, la prostitución se toleró en los estados cristianos. Hay muchas voces para designar el sitio en que se la practicaba: prostíbulo(de prostituta: pro, delante; statuere, exponer),lenocinio (de lenón, alcahuete), lupanar (de loba, como se llamó en Roma a las yirantas), burdel (del bajo latín bordellum, burdellum: cabana, tugurio, lugar de asilo y hospedaje), mancebía (manicipium: esclavo vinculado a las faenas) del campo y luego, sirviente; deriva de manus y capere, mano y co ger). El argentino contribuyó con algunos sinónimos: queco (o queko, o keko: no hay acuerdo ortográfico), quilombo, golombo, quibebe, quibe, bebe, quilo, tambo, pesebre, Entre vocablos africanos que usan los brasileños con toda naturalidad, están quibebe, quilombo, tambo y tango, afirma Gilberto Freyre. Quilombo significa lugar o edificio donde se refugiaban los esclavos fugitivos; éstos eran designados con la palabra quilómbola. Golombo es defirmación local de quilombo. Otro tanto se percibe en quibe, bebe: se originan en quibebe. Quibebe es un alimento que se usa para mitigar el ayuno en Semana Santa en Brasil. Se trata de un puré de zapallo que sirve para acompañar ciertos platos de pescado o de porotos. Sin duda escribe Hermilo Borba Filho, llaman quibebe al prostíbulo por la semejanza entre las mujeres y la masa, pues tanto las mujeres como el zapallo se ven reducidas a una pasta informe. Abundan también las perífrasis: casa pública, de tolerancia, de perdición, de locas, de chinas, de mujeres, non sancta, o sencillamente casa, o en plural, casas. Decir que se iba a las casas, era un sobreentendido de dominio público. También se los llamaba café.



Carella se dedicó a la dramaturgia y al periodismo cultural. A partir de 1934 fue cronista y comentarista cinematográfico del diario Crítica. Publicó poemas (Ceniza heroica, 1937; Los mendigos, 1953; Intermedio, 1955). En 1940, dedicó a Federico García Lorca su primera y premiada comedia, Don Basilio mal casado (1940), y en 1942 hizo el guión para El gran secreto, un dramón sobre maternidades cambiadas protagonizado por Mecha Ortiz.

En 1959 ganó la Faja de Honor de la SADE por su Cuadernos del delirio y sus piezas comenzaron a ser reconocidas como parte de la nueva dramaturgia argentina (Juan Basura, de 1965, se toca con el “Juanito Laguna” de Antonio Berni).







Entrevista: Leda Alves
Tulio Carella murió en 1979 de un paro cardíaco, postergado por la crítica complaciente y silenciado, tristemente maltratado y oculto, bien oculto, para que nadie sepa que fue un soñador clandestino.